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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

jugando a no irse

 

Me topé con un ejemplar de Poemas no mandados (Joaquín Mortiz, 1979), de Elena Jordana, en una librería de viejo. Apenas abrirlo me aguardaba el primer detalle revelador de su personalidad: una dedicatoria meticulosamente tachada con plumón negro, como quien no quiere que se sepa… o se arrepiente de haber escrito lo que escribió. El nombre negado de alguien de quien pudo expulsar su corazón de México… alguien que no quiso jugar con la niña aficionada a las cuerdas y al dulce amargo. Y aún en la negación se advierte la mano acuciosa, artesanal… amorosa que se solaza en la miniaturización de las inmensas penas.

Las múltiples dedicatorias… la rasposa ternura con que alude a sus amigos –Gelman, Arlt- hace pensar en una mujer que, necesitando el amor con desesperación, se ovilla en el orgullo. Necesita ser algo más para alguien. Pero sin atreverse a pedirlo. Sus poemas son hechos, no súplicas. Yo lo llamaría vocación de soledad, propia de los que han de resignarse a la no realización del amor para que la poesía fluya inagotable. Una amorosa en toda la extensión del término: Sabines pudo estar pensando en ella al momento de escribir su más célebre poema.

Nacida en Buenos Aires, Argentina, el 25 de septiembre de 1940, Elena Jordana contaba 32 años al momento de trasladarse a Ciudad de México, tras nueve de habitar –¿hibernar?– en Nueva York, en cuya universidad, Columbia, se graduó en literatura española y latinoamericana. No se atrevió a escribir poesía hasta entrados los 27… y no en Argentina, que por entonces padecía una de las más crueles dictaduras de las que se tenga memoria. Empezó en Nueva York, y el revelador título de aquel primer librito con el que llegó a México bajo el brazo, era S.O.S., Aquí Nueva York.

Pero pareciera que todo se le escatima a Jordana: desde su calidad indiscutible de precursora de las editoriales cartoneras… ¡hasta un premio que obtuvo en 1978! Nada menos que el Nacional de Poesía Aguascalientes con Poemas no mandados, siendo, por cierto, la primera mujer en ganarlo desde la institución del certamen, en 1968. En pleno 2007 se aludió a una posible componenda en aquel premio, debido a su gran amistad con Sabines, quien formaba parte del jurado… mientras Jordana agonizaba, ajena a todo este asunto, en algún rincón de su natal Buenos Aires, para partir el 22 de diciembre de 2008. Justo ese día terminó de imprimirse una edición muy limitada de un libro destinado a ser póstumo: Umbrales. Publicó un total de siete libros, prácticamente inconseguibles. Su currículo la señala como triunfadora de otro certamen no menos prestigiado, el Nacional de Teatro Ramón López Velarde con el monólogo Mujer al sol, en 1982.

La entrevista con ella que recoge Dionicio Morales en su libro Concierto para varias voces y un intérprete (UAM, 2009), nos deja entrever a una mujer con tendencia a la depresión, aunque él la califica, muy a la ligera, de “masoquista”.

“ La vida está formada por etapas; la de México ha sido maravillosa para Elena Jordana aunque se las arregla siempre para sentirse jodida de alguna manera –¿masoquismo?– Lamenta poner punto final a su etapa en México y siente que abre otra en Argentina. Toma la decisión por cosas más prácticas: tiene donde vivir, no paga alquiler, conserva algunos afectos, lo mismo que en México: por eso se siente dividida.”

Por desgracia, en esta entrevista, única disponible con la poeta hasta donde sé, su interlocutor no le brinda oportunidad para explayarse respecto a por qué el no tener que pagar alquiler no vuelve la vida maravillosa, ni basta para sentirse bien en un país. Es más factible escucharla a través de sus Poemas no mandados, donde la visualizo con su impeinable melena castaña mientras hurga entre desperdicios reciclables que albergarán poemas de Octavio Paz, Ernesto Sabato, Jaime Sabines: “Sabines dijo:/ A la chingada las lágrimas/ y se puso a llorar/ como se ponen a parir./ Yo le dije:/ al carajo la poesía/ y me puse a escribir/ como se ponen a vivir. "

La poesía de esta autora exalta a hombres y mujeres poco favorecidos. La voz poética de “Tango”, por ejemplo, se asume una poquita cosa, carne de hoteles de paso, pero igual valora a los descobijados que parecen formar parte de su vida cotidiana: la mujer del parque, abrazada a una botella como a su última esperanza; el flaco que acosa “rubias” solo por fastidiarlas; el poeta ambulante con la barriga vacía…los sin casa y los sin destino inflaman la vena poética de la Elena Midas que convierte, metafóricamente y no, en poesía todo lo que toca.

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