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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Ficción y no ficción (II y última)

Para los 43 y para las Estelas

Puede una obra de arte ser, al mismo tiempo, testimonio histórico? Según las concepciones hegemónicas de la literatura y la historia, no. La teoría literaria dominante encuentra intereses extraliterarios y la historiografía aplica criterios absolutos positivistas o relativismos postmodernos. Por ello es de destacar que, aun cuando el propósito de Vicente Leñero en Los periodistas consistía en dar testimonio de un hecho real mediante pruebas suficientes, comienza el primer capítulo con un monólogo interior.

Más todavía, además de inmiscuirse en la mente de los antagonistas, la novela se basa por completo en artificios considerados exclusivos de la narrativa de ficción que, por lo mismo, excluirían un discurso que aspira a la mayor objetividad. Las onomatopeyas son signos rítmicos de puntuación y confieren levedad a la gravedad de las situaciones (aplausos, sonido de parabrisas, órdenes marciales), las variaciones de la misma escena relatan diversos razonamientos/sentimientos, los formatos de interrogatorio judicial y de libreto cinematográfico derivan en crónicas en primera persona y en relatos detallados. Las diagonales // fragmentan el discurso farragoso y el chisme se corta con la acotación del interrogador: –Abrevie por favor. El libreto desliza, entre paréntesis, conjeturas y pensamientos sueltos que agilizan y aportan gracia y equilibrio a momentos densos y tensos como las juntas, los trámites burocráticos y las asambleas. Merced a uno de esos paréntesis adivinatorios, se infiere que el monólogo interno del arranque de la novela proviene de un personaje-real, Bernardino Betanzos, uno de los principales cómplices de Regino Díaz Redondo en el golpe, lo que justifica el recurso novelístico inicial, pues la obra completa se ocupa de testificar las ambiciones y los caracteres de los golpistas. Sin embargo, la prueba más contundente de que la preocupación literaria de Leñero corría a la par con la de contribuir al esclarecimiento histórico del golpe a Excélsior, se halla a partir de la novena edición, cuando en aras de una “mayor sobriedad”, sustituye “Los Inos, farsa en un acto” por un documento de carácter colectivo.

Tanta audacia formal no obedeció, en Los periodistas, a las pulsiones experimentales tan propias de este creativo autor, sino que resultaba imprescindible ante su toma personal de posición frente al “golpe a Excélsior”, hecho central de la novela. Y es que sólo con esa audacia podía superar los problemas atribuibles a la literatura testimonial: la ineludible subjetividad de todo autor y la imposibilidad ontológica de dar con la verdad última y total de un acontecimiento. Afrontando este riesgo con armas literarias, Vicente Leñero logró un modelo de imaginación y un documento insoslayable para el conocimiento común y para la consulta de los historiadores. Dicho de otra forma, en Los periodistas, su creador conjuntó, en una versión verídica y a la vez artística, la información emanada de un proceso histórico aún vigente: el despliegue del autoritarismo mexicano contra el periodismo profesional, despliegue que cuarenta años después de 1976 ha pasado de la conjura contra organizaciones periodísticas a las amenazas cumplidas contra los genuinos comunicadores.

El eje dramático de Los periodistas denuncia una conjura gubernamental contra la libertad de expresión en México, a la vez que desnuda las personalidades de Julio Scherer García, de Regino Díaz Redondo y de los más cercanos partidarios de ambos. Pero lejos de reducirse a la literaturización del “golpe a Excélsior”, esta novela, en su calidad de documento histórico fidedigno y pertinente en nuestra actualidad, ilustra la pugna trágica entre la aspiración a ejercer un periodismo cabal, crítico, plural, ético, y la respuesta propia de un régimen simulador, autoritario y ya inocultablemente corrupto. Leyendo al historiador Arno Burkholder reconocemos que la obra no abunda suficientemente en las rivalidades internas ni en otros nudos irresueltos que sirvieron a Luis Echeverría para golpear a un interlocutor leal, por lo que esta forma de describir la confrontación margina al conjunto de cooperativistas de Excélsior, reduciéndolos a coro trágico, a telón de fondo de un escenario donde los protagonistas son tanto quienes conducían editorialmente el periódico como quienes anhelaban el poder y conspiraban contra esos conductores. Por su lado, el escritor Jorge Ibargüengoitia estimó que el peso documental de la obra terminaba por sobreponerse a la “novela”. Bien mirado, resulta paradójico que un humorista haya sido incapaz de ver el peso específico (literario) de los recursos humorísticos de Leñero para hacer digerible el horror priista y que un historiador se haya basado en Los periodistas para sus observaciones más sagaces del “Olimpo fracturado” de Julio Scherer.

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