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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Una carta

 

Travis:

Ese no es tu verdadero nombre, pero estoy seguro de que no ha de serte molesta la deliberada (con)fusión con el personaje al que le diste vida.

Estas líneas iban a ser muy distintas, querido Travis; de lo único que pretendían hablar es de la reciente partida física de Harry Dean Stanton, es decir de ti, o más precisamente del hombre de carne y hueso, el actor que te prestó su voz y su silueta, pero sobre todo su mirada de intensidad y largueza infinitas. Pero no puede ser, y también estoy seguro de que tú lo entenderías.

Las ves aquí hoy domingo 24 de septiembre pero estas líneas son garabateadas el miércoles 20, por lo cual no pueden sino contarte algo que quizá ya sepas, en esa dimensión aparte que sólo habitan los seres como tú. Si así fuera, perdona que no me circunscriba a hablar aquí de cine, como se supone que debe ser, pero lo otro, eso de lo que quiero hablarte, es tan importante y tan grave que no puedo simplemente tomar la pluma o el teclado como si no hubiese sucedido y estuviese sucediendo y ponerme a hablar alegremente de esta película o aquella o, en este caso, hablar de Harry y de ti con tristeza.

La clave es esa última palabra, Travis, y yo sé que tú sabes muy bien qué significa la tristeza. Trataré de explicarme: ayer, martes 19 de septiembre de 2017, conmemoramos en México el trigésimo segundo aniversario del terremoto que, en 1985, devastó gran parte de la ciudad capital. En aquel tiempo se habló, oficialmente, de diez mil personas muertas bajo los escombros de innumerables edificios que se vinieron abajo a partir de las 7 horas y 19 minutos de la mañana. Naturalmente, esa cifra no convenció ni convence a nadie y todos estamos seguros de que los fallecidos debieron ser muchos, muchísimos más.

A diferencia de aquel entonces, hoy contamos en Ciudad de México, antes llamada DF, con una alerta sísmica que, para decirte la verdad, a veces funciona y a veces no, y como nunca puede saberse si sonará a tiempo o a destiempo, para muchos es como si en realidad no existiera. El caso es que ayer esa alarma sonó a las 11 de la mañana, pero a manera de conmemoración por el terremoto del ‘85 y al mismo tiempo como simulacro. Fueron escasos quienes, ignorando que se trataba de algo programado, se asustaron o se apresuraron a ponerse a buen resguardo. Pasados unos minutos, todo mundo siguió en lo suyo y, también para decirte la verdad, estoy casi seguro de que a la mayoría el asunto se le borró de la cabeza de inmediato. Al respecto, muchos hablamos de inconsciencia, de indolencia y otros defectos, y por desgracia no nos falta razón (si bien, por otro lado, podría intentar explicarte que hasta cierto punto entiendo esa suerte de amnesia voluntaria: soy capitalino, viví la tragedia del ‘85, me tocó mover escombros a mano limpia y ser testigo de cómo la muerte se multiplicaba debajo de cada plancha de cemento venida abajo, fui testigo de muchos futuros cancelados y puedo asegurarte que, aun si no lo quiere uno, algo en la cabeza te obliga a no pensar de tiempo completo en aquello, te hace buscar pausas y respiros tan largos como sea posible, te propone islas mentales en las que el piso no se mueve nunca y los edificios están siempre de pie).

Te decía que no nos falta razón, Travis querido, y ayer mismo la Tierra nos puso una prueba que no deberíamos necesitar: pasadas poco más de dos horas tras el simulacro, exactamente treinta y dos años, cinco horas y cincuenta y cinco minutos después, un nuevo terremoto nos sacudió, literalmente, desde la raíz. Y volvió el pasado: gritos, llanto, rezos, edificios de cualquier tamaño que colapsaron en un segundo, nubes de polvo que vistas desde lo alto daban la impresión de una ciudad bombardeada… Y volvió la gente: volvimos, otra vez nosotros, los de a pie, los que no salimos en la tele ni en ninguna parte, a mover varillas retorcidas y plastas de concreto, a llevar y traer agua y alimento, a organizar refugios, a escarbar la tierra con los dientes si es preciso, para sacar al que quedó atrapado, aun si muerto ya, o si la fortuna es mucha todavía vivo.

Porque nos resistimos a morir, querido Travis. A nuestro entrañable Harry le cupo la fortuna de una muerte que podríamos llamar apacible comparada con el horror acá, en este México en el que te refugiaste durante años después de tu terremoto personal. Quién sabe si durante tu estancia habrá temblado pero, antes de que nos toque alcanzarte donde estés, sólo quería contarte todo esto y decirte que esta película ya la hemos visto y que sabemos cómo acaba.

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