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La expresión latinoamericana; una exhortación a la congruencia

Al principio fue una provocación. Hoy, casi una declaración de principios. América Latina ya no existe. O sólo existe en la medida en que se organizan congresos li-terarios, sociales, políticos y artísticos
–aunque, eso sí, nunca científicos [¡!]– sobre América Latina.” Nadie, en sus cabales, puede tomarse en serio una arbitrariedad como ésta, destinada tal vez a espantar a algún despistado, en la abigarrada y vacua noos-fera urdida por los medios, la industria cultural, las redes sociales y la mercadotecnia. La cosa cambia cuando se sabe que son las palabras con las que el escritor Jorge Volpi comienza la conferencia “Sin nostalgia de la utopía: la literatura en América Latina a principios del siglo xxi”, leída en Las Palmas de Gran Canaria, en marzo de 2011. Y todo toma otra coloratura cuando se tiene en cuenta que Volpi es, ahora, el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Como persona y como escritor, Volpi tiene todo el derecho a pensar lo que quiera y a expresarlo como le convenga. Por lo menos, desde 2002-2004, Volpi ha evidenciado una obsesión por leer el curso de la literatura posterior al boom, en América Latina, como una extinción de la literatura latinoamericana misma [pirueta (anti)lógica 1], premisa subsidiaria que –tras apelar acaso a un ignoto uso del verbo “existir” y poner en apuros al clásico principio de no contradicción– parece haberle dado el arrojo necesario para proclamar la inexistencia de la propia América Latina [pirueta (anti)lógica 2]. Cabría inferir que, en la curiosa ontología de Volpi, sólo existen los factores y productos hegemónicos en el mercado cultural global. Lo demás ni siquiera es literatura, sino pura nada.

No es éste el lugar para un desmontaje puntual de la andanada dóxica de Volpi sobre el asunto en diversos artículos, entrevistas, conferencias y, sobre todo, en el libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo xxi. Tampoco para ofrecer una evaluación general a ese respecto. Para decirlo pronto, lo que me interesa aquí y ahora es tratar de entender cómo la mente que habrá de manejar el aparato cultural del más relevante centro educativo del país y, según algunos informes, también –vaya, qué sorpresa– de América Latina, es la misma que poco tiempo atrás fue capaz de engendrar “tesis” como que “la Operación Cóndor es una idea auténticamente latinoamericana” (j. Volpi, “Sin nostalgia de la utopía: la literatura en América Latina a principios del siglo xxi”, en Latinoamérica, laboratorio mundial) o que el escudo que la originaria Universidad Nacional de México aceptó como su representación icónica oficial, en 1921, resultó de una “bravata” de su “atrabiliario” rector, José Vasconcelos (j. Volpi, El insomnio de Bolívar...) Y, claro, me hago la pregunta desde mi sencilla condición de universitario, poeta y filósofo que lo que tiene de universal le viene del suelo cultural compartido con sor Juana Inés de la Cruz, Simón Rodríguez, Andrés Bello, José Martí, José Lezama Lima, José Carlos Mariátegui, Octavio Paz, Luis Villoro y tantos otros grandes latinoamericanos universales, ante los que guardo la debida distancia respetuosa.

No parece creíble que a alguien con la perspicacia de Volpi se le escape la evidencia de que la labor educativa fundacional de Justo Sierra –que incluye la constitución y puesta en marcha de lo que hoy es la unam– se guió por un genuino universal-nacionalismo, que tomó a la cultura latinoamericana como referencia de base ante la constante y agresiva presión imperial estadunidense. Para poder vertebrarse como Estado-Nación, México se las tuvo que ver siempre con un vecino expansionista insaciable, después de haberse liberado del dominio y el asedio de los imperios europeos. La “América mexicana”, como Morelos y los demás insurgentes que fraguaron la Constitución de Apat-zingán llamaban a nuestro país, se forjó en el enfren-tamiento permanente contra una potencia no sólo económica y militar, sino también “espiritual” y cultural. Después de haber perdido medio país ante ésta, tras evitar a muy duras penas que se hiciera con la otra mitad, es comprensible que para buena parte de la intelectualidad liberal-positivista y de la que, en su momento, anima el Ateneo de la Juventud y a la Revo-lu-ción mexicana, los referentes ideológicos preponderantes se hallaran en lo más granado de la producción cultural europea y latinoamericana. Las ideas de Vasconcelos sobre la “raza cósmica” y sobre una noción tan problemática como “espíritu” son pasibles de examen crítico –como cualquier otra teoría– y se parecen poco a las que predominan en la atmósfera intelectual del presente, pero resulta obvio que tenían la anuencia de los sectores más influyentes de la intelectualidad mexicana y latinoamericana de su tiempo, sobre todo, después de la larga y opresiva hegemonía del positivismo. El escudo de la unam pretende ser la síntesis simbólica de todo eso.

 

Afrontar el marasmo neoliberal

El reciente artículo de Juan Villoro, “Se hace camino al hablar” (El País, 10/ii/2017), escrito al socaire de un libro de Pablo Yankelevich, le refresca a uno la memoria del sesgo latinoamericano de la diplomacia mexicana, cuando menos desde los tiempos de Carranza, con su innegable repercusión en la mayoría de los países al sur del Suchiate. Acaso los momentos más brillantes de la geopolítica mexicana se deben a la presencia, en la región, de intelectuales vinculados de muchos modos con la unam: Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Gilberto Owen, Jaime Torres Bodet... lista a la que cabría agregar los nombres del propio Vasconcelos, José Gorostiza, Octavio Paz, Carlos Fuentes... impli-cados, desde otros destinos, con esa idea de la proyección del país en América Latina.

Desde sus inicios, la unam ha mostrado un claro compromiso con los referentes universales, latinoamericanos y mexicanos de su actividad científica, humanística y creativa. En esto, la unam viene a sintetizar el modo de ser en el mundo de aquellos a quienes nos ha tocado en suerte existir en el ancho solar cultural y el bullente melting pot, que se proyecta incluso en Estados Unidos, desde las naciones sitas al sur del Río Bravo, incluyendo Brasil y el Caribe. Los argumentos esgri-midos por Volpi para cuestionar esta singular unidad-de-lo-diverso en el plano geopolítico y cultural, me parecen en extremo endebles, pero no viene al caso discutirlos aquí.

Por ley –y por tratarse, así, de un ideal universitario reflejado en la norma–, nuestra universidad asume entre sus tres cometidos esenciales el de la difusión de la cultura. Es de esperarse que quien dirija las estructuras e instancias concernientes a esa función concuerde sin ambages con el sentido general de la institución y subordine sus inclinaciones y opiniones personales a los intereses inherentes a su alta misión. Si la unam ha demostrado siempre ser universalista, es porque una comunidad universitaria inevitablemente mexicana y latinoamericana da continuidad, resignifica y enriquece con su labor creativa y pedagógica los más eminentes procesos de generación de los valores humanos más relevantes. Sería inconcebible que cualquier funcionario universitario del nivel que fuere se sintiera ajeno a esa dinámica que concreta, con pequeños y grandes logros cotidianos, el sentido general de la unam.

Si Volpi cree de veras en sus aserciones sobre la inexistencia de América Latina –no he tenido noticias de autocrítica alguna–, no puede pretender dirigir la principal instancia cultural de una universidad lati-noamericana, que se caracteriza por ser más universal a fuer de generar e impulsar valores culturales universal-latinoamericanos (por lo demás, concordantes con los producidos en los órdenes culturales más importantes de todo el mundo). Ahora bien, si todo se reduce a una cadena de boutades y liviandades al son de ur-gencias y estratagemas mercadotécnicas o a simples cálculos de figuración tremendista en medios nacionales y extranjeros o a inercias ideológicas a tono con la fatua perspectiva del “perfecto idiota latinoamericano” –tan cara a cierta pseudoaristocracia del intelecto, a la postre, tan “latinoamericana”– o a cualquier otra deriva de un ánima y un ánimo sin rumbo claro, se diría que le ha llegado a Volpi la hora de la revisión interior que, con los correctivos y virajes del caso, sustente su alta responsabilidad universitaria.

Ahora que el sector más cerril, miserable y decadente de la élite estadunidense, encabezado por el inefable Donald Trump –junto con sus aliados canadienses–, ha “puesto” a México en su lugar, es decir: fuera de Norteamérica, en Centroamérica y, así, en Latinoamérica, salta a la vista, con nitidez fulgurante, la enorme responsabilidad de la unam en una perentoria redefinición del proyecto mexicano de nación. Esa labor tendrá que efectuarse a contracorriente de las expectativas de la aturdida y vacua oligarquía mexicana –empeñada en entregar el país a sus abusivos socios del norte, con tal de ser admitidos como miembros de segunda en el club donde aquéllos mandan–, con base en una reconsideración del sentido de las humanidades y las ciencias del presente, con la mira puesta en los avances posibles en una integración latinoamericana –Brasil y el Caribe incluidos– conforme con una nueva globalización de los valores humanos más relevantes (más allá del puro despliegue internacional de los negocios), sin hacer concesiones a provincianismos identitarios ni a populismos culturales, pero tampoco a los factores hegemónicos que sostienen y promueven lo que se pretende una “cultura realmente existente”, de acuerdo con las reglas del mercado absoluto y la manipulación mediática de un sujeto cultural reducido a la condición de ignaro consumidor potencial.

En el encuadre trazado por las líneas precedentes, es justo y necesario que la comunidad universitaria demande congruencia ideológica a los funcionarios elevados a los más altos cargos. En lo personal, me repugna la idea de exigir la destitución de nadie, por confusiones como las aquí impugnadas. No deseo la dimisión de Volpi ni, menos aún, aspiro a que eso suceda. Me limito a reclamar, tanto a él como al rector Enrique Graue, quien le asignó la encomienda de encabezar la principal instancia cultural de la unam, la amplitud de miras y el coraje universitario indispensables para afrontar el ma-rasmo ideológico, cultural y educativo que sucede al fracaso de la globalización financiera neoliberal. Acaso sea el momento de ir articulando, en nuestra univer-sidad, un movimiento amplio y plural en pro de la reconcepción y el redimensionamiento de su misión en el plano epistémico, pedagógico y cultural y, con ello, en el de sus compromisos con su comunidad y con su entorno social, político y económico de referencia, dentro y fuera del país. Urge activar nuevos flujos de relación político-cultural con el extenso ámbito de la educación superior mexicano, latinoamericano y mundial. No me parece descabellado instar al doctor Graue y a su coordinador de Difusión Cultural, Jorge Volpi –entre otras autoridades y funcionarios– a que generen las condiciones de un proceso así, que a lo mejor habría de desembocar en un fecundo y decisivo congreso universi-tario. El trauma de México, al encarar los peligros y potencialidades que le depara la “era Trump”, exige esa altura de miras, de forma que seamos capaces de dar cauce a una nueva paideia y de activar una nueva conciencia crítica universitaria y nacional, al tiempo que, más allá de Lezama Lima, fijemos los cimientos de un nuevo avatar de “la expresión latinoamericana”

 

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