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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Otto Minera y Amos Oz: la estética del derrumbe

 

Hasta la china fueron a dar mis mechas con el ventarrón (basado en el cuento My curls have Blown all the way to China, 2015), de Amos Oz (Jerusalén, 1939), traducido al mexicano universal por la poderosa voz de dramaturgo de Otto Minera (Monterrey, NL, 1948), quien también lo dirige y lo conduce en la anatomía emocional de esa actriz polifónica, dúctil, creativa, incansable llamada Zaide Silvia Gutiérrez (DF, 1959), quien monologa con su pasado, con sus objetos, con su credulidad, con la feminidad que le ha sido construida y que se agita en el interior de esa especie de útero estéril que es la casa que fue de la pareja y que hoy es del abandono y la ruptura.

Quien conoce la obra de Amos Oz y sus dolorosas convicciones, sabe que la estética de la comedia, el humor, la poesía, la melodía de la soledad atraviesa geografías y no parece hoy ser una cuestión de latitud sino que está personalizada en los hábitos de una globalización añeja, de valores y formas que también han modelado una pareja de barro que tarde o temprano se hará añicos o terminará devorada por sus ambiciones y promesas incumplidas.

La pareja cerrada, bifóbica, homofóbica, misógina y heteronormada, modelada en la sagrada familia, termina por mostrar sus fracturas de origen y tarde o temprano aparecen las sospechas retrospectivas que son resultado de un fatal descubrimiento persecutor, o casual, o emanado de una confesión de un valiente que concluye su prisión conyugal con un ya no te quiero, creo que nunca te quise.

Lo digo en femenino porque en este constructo la crédula, la abandonada y fiel es la esposa que se la pasó cambiando pañales y atendiendo el guardarropa y el estómago del marido, hasta que se envalentonó y le declaró el desamor anunciado en este monólogo preciso, luminoso y altamente expresivo que pronuncia con ironía, sarcasmo y mucho dolor Zaide Silvia Gutiérrez, en intensos recorridos en ese espacio vacío que la luz amuebla y que dibuja corredores, espacios domésticos deshabitados que sólo guardan el eco de una voz que rememora.

Otto Minera se deja guiar por dos epígrafes que muestran que todo es cambio, que nada permanece ni dura. Uno de James Baldwin (“el mar no cesa de desgastar las rocas” y otro por supuesto del amo de la movilidad discursiva, Heráclito, quien sostuvo en sus aforismos (eternos, ésos sí) que todo fluye y nada permanece, que nada queda ni se mantiene fijo ni inmóvil.

Señala el programa que “a Toña la vida se la ha puesto difícil… ¿Por qué pasó?, ¿Fue culpa suya?, Qué hizo mal? Anonadada, brota de ella un borbotón de palabras: recuento, dudas, sospechas, confesiones, atrevimientos… En un torbellino de inquietudes, entra y sale de su casa, se pierde en un centro comercial, pierde el tiempo en la banca de un parque… casi lo que sea con tal de no resignarse y con tal de seguir ¿cuerda?, ¿viva?”

Esta es la idea de una mujer que de pronto se da cuenta de que lo ha perdido todo, o que lo fue perdiendo, o que en realidad nunca tuvo todo lo que pensó que tenía, o que sólo tenía una ilusión y un ideal de que podía poseer eso que deseaba y aquello que alguien un día, su marido, le dijo que era de ambos, hasta que se encontró con otra, tomó sus cosas y se fue desatando el mundo de sospechas y develando la cadena de mentiras que el marido sostuvo antes de atreverse a su brutal adiós.

El escenario de La Gruta (habitado con la imaginación escenográfica y lumínica de Jorge Kuri) es un espacio prácticamente desnudo, tan despojado como la casa de Toña, donde los objetos han cobrado una materialidad inestable porque están como suspendidos (aunque están sobre el piso) en un círculo alrededor del personaje que tiene como centro de su espacio y de su memoria una silla que le regaló su esposo como un recuerdo de Acapulco. Gran parte de las evocaciones amorosas de la segunda parte del siglo XX empiezan en Acapulco, sin importar si fueron Richard Burton y Liz Taylor o el señor Gutierritos y la señora Godínez.

En ese centro hay lámparas, abrigos, revistas, en fin, todos los pretextos que detonan una historia, un recuerdo de su vida como el ama de casa feliz que está ensimismada en su espera y credulidad en un hombre que trabaja, que tiene horas extras que se extienden hasta el fin de semana y que ella acepta porque aprendió a ponerse al margen de la vida profesional y laboral de su esposo.

Es una historia de todos los días, pero que en estos tiempos nos violenta aún más por todas las incertidumbres que propone, porque las promesas de amor eterno nadie las puede cumplir.

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