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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del niño de la deuda

A fuerza la espalda. La curva de mis vértebras de leche sometida a la cosecha. A fuerza el silencio y las fresas, la tos y el jitomate, la papa y la fiebre, a ras de suelo siempre la mirada y el cielo arriba ciego hasta la tarde que desborda sus orillas. A fuerza las horas, a punta de palos y gritos cada una, hundidas las agujas del polvo y el vapor insecticida en los pulmones, su sabor calado en el aliento, su sed prendida a la garganta y a la lengua. A fuerza las rodillas en la grava indiferente de la mina, abriendo piedras con las piedras para hurgarles el secreto, la pepita desprendida de la vena grande del metal, dispersa por el marro, el pico o el taladro, el trascabo o la pólvora nerviosa, ahí de lado y al fondo de las grietas y fisuras donde nadie cabe más que yo en solitario, metido desnudo y sin cordón en la tripa de la tierra a romper su cascarón de roca y sacarle los oritos olvidados, las verdes lagrimitas de berilo, los quilates de la luz en esa inmensa oscuridad a mi medida. También a fuerza las manos, los nudillos hechos nudo con los hilos de la alfombra, el rebozo, el sari o el tapete, uno tras otro y otro más y otro en la punta de los dedos, la cuchilla, el gancho y las tijeras oxidadas en esta habitación perenne, su foco macilento, su propio día sin horarios y su noche con cerrojo, prohibido por el fuete el más suave cabeceo a mitad de una faena interminable apenas pausada en un camastro de trapos sudorosos. A fuerza la edad torcida de su tiempo, apartada de los años que serían de la infancia de haber nacido otro en otra parte sin los dados cargados que le llaman del azar, los pesados y eficientes engranajes que lo mueven, que me muerden, me procesan, me negocian. A fuerza los cortes de machete en los tobillos, los codos y los hombros que acumulan las jornadas, los amplios moretones de patadas en el vientre y los costados; a fuerza el uso del cuerpo que me queda en sótanos, pasillos y banquetas, y el chancro en las ingles, la sarna en la cintura, el sarpullido en las plantas de los pies y las axilas, la ponzoña de los surcos industriales en la sangre, la fractura de los huesos en el alma, mondas las encías, rota la estatura y magullado el pensamiento y tartamuda la esperanza si la hubiera. Todo gratis, sin costo ni cargo ni carga ni acuerdo ni recibo ni remedio; sin carta de derechos o reclamos, sin nombre, domicilio o paradero, aturdida la memoria del origen y sin rastro posible de destino, sólo casta de basura, niña o niño de la deuda que me dicen, sin más historia que mi compra, mi venta o mi secuestro. Y entonces te digo mira ahí donde no miras. A fuerza la fuerza de mis manos está en la seda, el algodón o el lino que te viste, camisas, corbatas, calzones y calcetas; en los zapatos que caminas, en los fuegos y estallidos de tus fiestas, en el arroz que te salva y en el jade y los diamante que te alumbran; en el té que te sosiega y en las sales que te curan; en los ladrillos de tu casa, en los clavos de tus muebles; en la alegría renovada que te baja por la boca a las entrañas el poder del chocolate, en los juguetes de tus hijos, en la losa blanca que será de tu sepulcro… Mira te digo, de mi deuda y los oficios que me fuerza no hay escapatoria. Tampoco de la tuya conmigo aun si no te atreves, no me miras y me niegas.

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