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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Reiterada defensa de la memoria

 

Es verdad que cuando éramos chicos los maestros nos obligaban a aprender las cosas de memoria. Y también es verdad que esas recitaciones no siempre eran comprendidas, ni útiles. Ya he contado aquí cómo todos los niños de la escuela primaria a la que acudí gritábamos “el acero apestad y el bidón”, sin la menor intención de burlarnos cuando cantábamos el Himno Nacional. Que yo rezaba unas plegarias incomprensibles, en las que pedía perdón por pecar mucho de “pensamiento, obra (que suponía con albañiles, revolvedoras y sacos de cemento) palabras o misión”.

Lo rezaba con tranquilidad, aunque ignoraba absolutamente cuál era esa misión en la que había fallado. Supongo que la niña que fui pensaba que un ángel le revelaría, tarde o temprano, de qué se trataba la cosa. Puros malentendidos. Pero nada de eso, que permanece en mi memoria, fue obstáculo para que aprendiera. Al contrario. Más tarde, al darme cuenta de que estaba repitiendo como perico, quise corregir mi error y abrí el diccionario. Punto.

Esa es una de mis objeciones a la reforma educativa, objeto de disputas horrorosas y a la que le encuentro poco de didáctico. En estos últimos tiempos no sólo nos hemos enterado –sin sorpresa– de que somos un país corrupto donde se cometen todos los crímenes imaginables sin que se castigue a nadie. También supimos que, según la prueba pisa no sabemos sumar, dividir, conjugar, mirar un mapa, interpretar los signos ortográficos y, aunque de esto no son responsables los niños, vivir en sociedad.

La educación, y esto lo saben hasta aquellos a los que no les interesa, es la solución más urgente y segura para los problemas que nos aquejan. Un joven sin educación es una persona que anda a tientas por el mundo, con pocos letreros que señalen por dónde anda y menos oportunidades para llegar a puerto seguro. Es una desventaja que expone al individuo a la confusión, la vulnerabilidad, la depresión. No me refiero a abstracciones, sino a hechos evidentes: una persona que no está educada no puede expresar bien lo que siente, ni en el ánimo, ni en el cuerpo. Imagine el lector ir al médico y no poder expresar los síntomas. Buscar trabajo sin saber escribir. Escuchar la radio y no poder separar la verdad o partes de la verdad, de la pura mentira.

Necesitamos educar. Ejercitar la memoria es parte de esta educación. La tabla periódica de los elementos; los hechos que, como dicen los políticos, “nos dieron patria”; las capitales de los estados; las reglas ortográficas, todo eso es asunto de la memoria.

Yo tengo buena memoria. La tuve magnífica, casi circense. Los años y los medicamentos han hecho su labor y la han allanado y despojado. Ahora tengo una memoria promedio que me impacienta. Es como si mi mente hubiera sido un espléndido zoco marroquí atestado de especias raras, historias, joyas, manjares, magia, personas de todo el mundo y se hubiera convertido en un Waldo’s lleno de champú caduco, dulces pegajosos y encendedores chinos. Se han ido libros, escenas, música, paisajes, diálogos, saberes: el primer beso, el primer baile, yo que sé. Pero persisto y leo y releo y memorizo y siento un placer físico cada vez que atrapo al pecesito plateado del recuerdo.

En Cien años de soledad recordará el lector la plaga del olvido que cae sobre Macondo y lleva a los habitantes a un estado de vulnerabilidad absoluta. Nadie se acordaba de nada y dice García Márquez que “… continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”.

Cada vez que releo este hermoso párrafo, siento que esa realidad elusiva es la que me rodea. Ya la letra escrita se ha convertido en una jerigonza de emoticones y signos ortográficos usados como quien echa sal a la sopa; los lectores quieren libros que sean como espejos donde se vean reflejados –incapaces de sentir curiosidad por el otro–, que “se vayan rapidito” y no tengan palabras domingueras; los verbos mal conjugados llenan la radio, la tele, los espectaculares de las calles. La labor de deseducar ha sido muy eficaz: la tele y sus contenidos reinan en este país. Es una reina muy deslucida: tarada, vulgar y cruel.

Ejercita la memoria, lector. No se nos vaya a olvidar quiénes, además de los perpetradores, de la mano armada y bruta, son responsables de lo que pasa en el país.

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