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Un recuento sonoro indispensable
Mamá duerme sola esta noche, Agustín Monsreal, jus, México, 2016.
Por Antonio Soria

Traducido por Miquel Izquierdo, este libro responde bien al adjetivo clásico –y muchas veces usado impropiamente– de “monumental”, no sólo por su volumen, que por muy poco no alcanza los mil folios, sino sobre todo por sus ambiciones y los alcances efectivamente logrados: imagine usted acometer lo que dice el subtítulo, una historia de la canción de protesta. Para empezar, y valga el juego de palabras, ¿por dónde comenzar? ¿Basta con observar un orden cronológico tan a pie juntillas como sea practicable? Más allá de los protagonistas de inclusión obvia –y anote usted aquí, sin ningún orden particular, a Bob Dylan, Joan Baez, Víctor Jara, Nina Simone…–, ¿quiénes deben, quiénes pueden figurar en la lista? ¿Bastaría, también, con la consignación de los autores e intérpretes claramente identificados con el género, o habría que atender más a la producción musical en sí, en virtud de lo cual un compositor, un músico, un cantante o una banda a los que nadie incluiría en una hipotética lista de cantantes “de protesta”, en algún momento compusieron una o más piezas que no podrían faltar en un igualmente hipotético canon?

Para Lynskey, la solución al problema arriba planteado es la inclusión, pero razonada, y como consecuencia es posible constatar que, sobre todo en los dos últimos capítulos –la cuarta y la quinta partes, correspondientes a los períodos 1977-1987 y 1989-2008, respectivamente–, incluye a bandas claramente mainstream como sin duda son U2 y la extinta R.E.M., pero lo hace justificado por piezas específicas: la bien conocida “Pride (In the Name of Love)”, en el primer caso, así como “Exhuming McCarthy” en el segundo. El mismo criterio es empleado en la mencionada quinta parte, donde figuran “Sleep Now in the Fire”, de Rage Against the Machine y la igualmente famosa “American Idiot", de Green Day; bandas, estas dos últimas, en activo hasta el día de hoy y que, supone uno, difícilmente sus seguidores de hueso colorado –eso que los medios farandulescos inevitablemente llaman fans– considerarían como grupos “de protesta”.

En lo anterior radica una de las principales cualidades de este libro monumental de Lynskey, columnista habitual en The Guardian que también ha ejercido labores periodísticas de crítica musical en varios medios electrónicos e impresos. No es exhaustivo –y en su descargo es fuerza decir que para serlo habría requerido indudablemente la ayuda de todo un equipo de trabajo–, pero digamos que estas 33 revoluciones por minuto incluyen lo infaltable, lo imperdonable y lo previsible, pero también lo imprevisible, lo sorpresivo y lo susceptible de polémica y desacuerdo.

Otra de las virtudes del grueso volumen no tiene que ver con cantidades, inclusiones y posibles exclusiones, sino con puntos de vista y propósitos: Lynskey no es un mero recopilador ni tampoco solamente alguien interesado en hacer la crónica histórica de quién/quiénes, dónde y cuándo, y lo pone de manifiesto desde el arranque mismo de la obra, al abordar el contexto en el que este o aquel autor o grupo comenzó su trayectoria; un contexto lo mismo político –por supuesto inevitable e insoslayable, tratándose de lo que se trata–, que sociológico y cultural, en virtud de los cuales dicha obra se explica, se entiende y es posible aprehenderla en su dimensión completa.

Desde una perspectiva como la antedicha, es perfectamente comprensible que “Strange Fruit”, en la voz incomparable de Billy Holliday, pueda ser considerada por el autor como una auténtica canción de protesta o, si se quiere, como un germen inesperado pero inocultable para el ulterior desarrollo de aquélla; o qué decir de la claramente germinal, al respecto, de otro inmortal como Woody Guthrie, titulada “This Land is Your Land”.

El panorama musical retratado por la pluma de Lynskey, de suyo inabarcable, va de finales de la década de los años treinta del pasado siglo, hasta finales de la primera década del siglo que vivimos. Más de siete décadas, casi todas ellas a 33 revoluciones por minuto –obviamente, por el formato en el que tanto tiempo se distribuía para su venta la música; formato que, por cierto y no sin ironía, vuelve en la época actual–, para una revisión que no puede pasar por alto ningún melómano que se respete, pero tampoco ningún sociólogo serio ni un analista cultural verdaderamente preocupado por entender a cabalidad los tiempos que se viven.

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