Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

El autor traicionado

 

Aunque todos los escritores tienen en común experimentar el irrefrenable impulso de plasmar su visión del mundo por escrito, el origen de tal impulso puede ser múltiple. El escritor hispano-francés Michel del Castillo (Madrid, 1933) parte de la necesidad de ordenar una existencia fragmentada, llena de dudas, verdades a medias, recuerdos inciertos y bloqueos traumáticos. A los veinticuatro años, Del Castillo, que usa el apellido materno pero escribe en la lengua de su padre, redacta su primera novela, destinada a convertirse en éxito de crítica y ventas en Francia, el país donde elige vivir, titulada Tanguy, historia de un niño de hoy (1957), pero lo que lo lleva hasta la máquina de escribir y teclear sin tregua es el desesperado intento de juntar los pedazos de su vida rota por la guerra. Del Castillo logra una novela devastadora, cargada de emotividad y dolor… pero lo que en verdad persigue no es una obra artística sino recrear su verdad, cosa que no conseguirá realmente sino hasta muchos años y libros después, con su novela Calle de los archivos (1994).

Al leer Calle de los archivos, el genio del Michel del Castillo de sesenta y tres años nos hace experimentar ternura por el prometedor pero incipiente escritor de veinticuatro. Pero lo más asombroso es el contraste entre la versión algo idealizada de su periplo en Tanguy y “la versión definitiva” aquí expuesta. El niñito de Tanguy es separado de su madre casi a la fuerza; ella no quiere dejarlo ir, pero en medio de la ocupación nazi en Francia y una España que arde en conflictos armados, pareciera no existir otra alternativa para una madre involucrada en actividades subversivas a favor de los comunistas, con lo que condena a Tanguy, alter ego de Michel, a pasar su infancia entre campos de concentración e internados para delincuentes juveniles. En Tanguy se plantea que el padre es el culpable de la desgracia de madre e hijo; que es él quien los ha denunciado.

No sería descabellado suponer que con la escritura de su primera novela, Michel hubiera pretendido reconciliarse con la imagen materna. Es cierto que nunca tuvo una relación cordial con su padre, pero la realidad en cuanto a la madre es casi inenarrable: ella lo deja abandonado, literalmente, en la calle, cuando sólo cuenta nueve años y en el punto álgido de una guerra. En qué cabeza cabe la posibilidad de que una madre abandone a su suerte a un hijo pequeño, sin procurarle al menos un refugio neutral. Pues Cándida Victoria lo hizo, y no una, sino tres veces: Michel tenía tres medios hermanos varones abandonados en circunstancias similares –uno de ellos también escritor, de nombre Aldo Martínez, que termina suicidándose–, cosa que presumiblemente ignoraba al momento de escribir Tanguy. Cuando por casualidad se reencuentra con su madre en París, a los diecinueve años, la mujer no sólo no se alegra de verlo sino que “lo odió”, según cuenta Michel del Castillo en entrevista con Miguel Ángel Quemain: “No soportaba que no me hubiera muerto, le eché a perder su representación. Para que su novela hubiera sido buena, para lo que ella podía vivir, hubiera sido mejor que no hubiera vuelto” (Voces cruzadas, Editorial Resistencia, México, 2005). Y es que Cándida Victoria se había escrito su propia novela en la que se representa, aparte de como heroína patriota, algo así como un James Bond femenino más que una Mata Hari, como una madre desgarrada a la que sus hijos le han sido brutalmente arrebatados.

La temeraria heroína de Tanguy pasa a ser el personaje patético de Calle de los archivos, titulada así por el nombre de la calle donde Cándida compartía una vivienda con otro anciano, loco de amor por ella y casi su esclavo, Félix. Aunque no se advierte animosidad en el tono con que Michel recrea a una madre, la femme fatale convertida en un esperpento maloliente enredada en su propio discurso, que apenas puede levantarse de la cama a consecuencia de la obesidad y no experimenta remordimiento alguno por deshacerse de sus hijos, es un hecho que la madre real muy poco tiene de la de Tanguy. Del Castillo es reiterativo al afirmar que la máxima condena no fue pasar por toda clase de abusos físicos y sexuales durante su infancia y adolescencia –pese a los maravillosos personajes que encuentra en el camino, como Gunther y el Padre Pardo–, sino el que su madre lo haya convertido en un personaje que, como los de Pirandello, se ve obligado a buscar perpetuamente un autor… más aún: reafirmar la autoría sobre sí mismo.

comentarios de blog provistos por Disqus