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De la fiesta y sus significados
Tiempo, transgresión y ruptura. El carnaval indígena, Miguel Ángel Rubio Jiménez y Johannes Neurath (coordinadores), UNAM, México, 2017.
Por Ricardo Guzmán Wolffer

Pocas expresiones populares tan útiles como el carnaval indígena para evidenciar los muchos Méxicos encerrados en un territorio cada vez más deteriorado, en parte por la codicia, en parte por la ineficacia administrativa; pero también para evidenciar que los estudios existentes apenas dan una idea de la diversidad, en número y significado, de las expresiones autóctonas.

La obra coordinada por Rubio y Neurath aporta en tal sentido y sitúa el carnaval en lo antropológico, incluso con un texto sobre las brujas en Alemania para recordarnos cómo reprimimos lo que tememos, pero también para establecer que el carnaval es un referente, entre muchos, para comprender el cambio del orden religioso al secular, el paso a un nuevo estado social y conceptual; asimismo, sirve también para el reacomodo entre las poblaciones urbanas y rurales.

Aun cuando puede hablarse de aspectos generales del carnaval, la fiesta social lúdica por excelencia, donde hay transgresión y así un reordenamiento metafórico de las jerarquías sociales (generalmente para preservarlas), lo cierto es que también incluye otros aspectos indígenas: fiestas patronales, celebraciones religiosas, rituales agrícolas, escenificaciones purificatorias y más. Sobre todo, ante la diversidad étnica en México, cada carnaval es único: el de los tzeltzales apenas se parece al de los huicholes, por citar sólo un ejemplo. Los diecinueve investigadores antologados recorren buena parte de la República. Qué bueno: la idea de no dejar de atender a todas las etnias suele llevar a la generalización, cuando precisamente cada expresión carnavalesca es impar. Y, dependiendo del lugar, puede influenciarse de sucesos contemporáneos o de modas asentadas en la región. Esta riqueza llega a lugares insospechados: Leopoldo Trejo, en “Ancestros y diablos”, cuestiona cómo nombrar a los ancestros, dato nada menor si se considera que los totonacos de la Huasteca tienen una fiesta y danza para los muertos “en gracia” y otra para quienes fallecen “en desgracia”: las danzas difieren en aspectos esenciales: uno es de día, otro de noche; en uno entran en las casas locales, en el otro no; y así, hasta plantearse la dificultad en diferenciar a los muertos, “a menos que homologuemos a los Diablos”. Muchos preferiremos morir “en gracia”, pero el carnaval nos recuerda que toda acción tiene consecuencias, inclusive después de morir.

La concepción indígena pervive en estas fiestas, como en el ritual otomí estudiado por Israel Lazcarro, donde los participantes se disfrazan de monstruos y diablos para ser agasajados y luego sometidos para recordarnos que los muertos antiguos pierden importancia ante los muertos recientes, aquellos se funden con la tierra vueltos criaturas prehumanas y regresan al polvo del que salieron, como diría la Biblia.

Una disfrutable recopilación de textos para vivir el carnaval no sólo como expresión cultural indígena, sino como una representación del mandato de existir con alegría, especialmente ante la adversidad, incluida la climatológica.

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