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El cancionero Nobel
'Letras completas 1962-2012' Bob Dylan, Malpaso, España, 2017.
Por Antonio Soria

El cancionero Nobel

La cita es tan larga como esclarecedora:

Tan pronto como me fuera de casa me haría llamar Robert Allen. Por lo que a mí respectaba, ese era yo, así me habían puesto mis padres. Sonaba como el nombre de un rey escocés y me gustaba. Reflejaba bien mi identidad. Pero luego me desconcertó un artículo en la revista Downbeat que hablaba de un saxofonista de la Costa Oeste llamado David Allyn. Sospechaba que el músico había cambiado la grafía de Allen por Allyn. Ya veía por qué. Resultaba más exótico, inescrutable. Yo haría lo mismo. En lugar de Robert Allen, sería Robert Allyn. Pero poco tiempo después, inesperadamente, leí unos poemas de Dylan Thomas. La pronunciación de Dylan y Allyn era muy similar. Robert Dylan. Robert Allyn. No acababa de decidirme. La letra d tenía más fuerza. Sin embargo, el nombre Robert Dylan no era tan atractivo a la vista ni al oído como Robert Allyn. La gente siempre me había llamado Robert o Bobby, pero Bobby Dylan me parecía algo cursi y, además, ya estaban Bobby Darin, Bobby Vee, Bobby Rydell, Bobby Nelly y muchos otros Bobbys. Bob Dylan sonaba y era mejor que Bobby Allyn. La primera vez que me preguntaron mi nombre en Minneapolis, instintiva y automáticamente solté: “Bob Dylan”.

Naturalmente, el que cuenta lo anterior es quien fuera bautizado como Robert Allen Zimmerman, un estadunidense nacido en Duluth, Minnesota, el 24 de mayo de 1941, de origen judío, que a la fecha cuenta con setenta y seis años de edad y, entre una cantidad literalmente innumerable de reconocimientos de todo tipo, cuenta igualmente con el Premio Nobel de Literatura.

Deliberadamente no se indica, en esta ficha biográfica elementalísima, cuál es la profesión de Allen Zimmerman/Dylan, pues como bien sabe cualquier persona mínimamente interesada o atenta a los medios masivos de comunicación, una muy vieja polémica en torno al autor de “Blowin’ in the Wind” resurgió tan renovada y tan fuerte que acabó en una polarización aparentemente irreconciliable: dicho del modo más sintético posible, para unos Dylan sólo es un compositor y cantante con letras muy buenas la mayoría de las veces, y para otros más bien es un poeta hecho y derecho que siempre ha cantado lo que escribe.

Es precisamente en este aspecto, la definición misma de a quién está refiriéndose uno, donde la cita que abre las presentes líneas cobra total sentido: a Dylan le gustó desde el principio, desde siempre, jugar con su propia identidad y –agregaríamos– así fundirse mejor con su entorno cotidiano, es decir, con las personas, los lugares, los paisajes, las historias, las situaciones, las leyendas, los mitos y demás elementos que constituyen el día a día de cualquier persona. Así lo revela la letra de sus composiciones, como lo sabe cualquiera que, hablando inglés, las haya escuchado o quien, no hablándolo, haya tenido la acuciosidad de buscar alguna de las incontables traducciones que del opus dylanesco se han hecho desde principios de la década de los años sesenta del siglo pasado.

En tal sentido, y considerando la tremenda dispersión lo mismo que la mucho muy dispareja calidad de las traducciones al español disponibles, hay que dar por obvia la ventaja que para los interesados implica contar con esta edición, simplemente titulada bajo un elocuente Letras completas 1962-2012, así como la importancia intrínseca del volumen mismo: se trata nada menos que del corpus básico, virtualmente completo, de la obra de un Premio Nobel de Literatura, y eso de manera independiente a los gustos, los disgustos, las filias y las fobias de cada quien.

La traducción de estas Letras completas corrió a cargo de Miquel Izquierdo, José Moreno y Bernardo Domínguez Reyes, quienes tuvieron la elegancia de mencionar las dificultades, no escasas por cierto, a las que se enfrenta cualquiera que pretenda trasladar a otro idioma una obra que, como sin duda es la de Dylan, lleva de manera tan marcada el sello de “lo estadunidense” –y queda para una polémica todavía más amplia la definición precisa de ese concepto idiosincrásico. Así pues, Izquierdo, Moreno y Domínguez Reyes incluyen una ilustrativa Nota sobre la traducción que complementa lo que el prologuista Diego Manrique, así como Izquierdo, autor de la Introducción, exponen al arranque del libro: siendo Dylan, como es, un autor estadunidense de pura cepa, con un manejo de su propio idioma, el inglés, no sólo claramente por encima de la media sino en su caso profusamente cargado de referencias tanto a la alta cultura como a la popular, y siendo el suyo un universo creativo de amplísimo espectro, se imponía la búsqueda de ese equilibrio que ni los más eficaces traductores –que al mismo tiempo son los más humildes, claro está– se atreven a afirmar que alcanzan siempre: el equilibrio entre la forma y el fondo, el espíritu y el cuerpo léxicos.

Al respecto, y en honor a la verdad, la traducción de estas Letras completas peca, con bastante frecuencia, de españolista: hay a lo largo de los mil doscientos y pico de folios una elevada cantidad de modismos ibéricos –“apañárselas”, “habéis”, “queréis”, “leches”, etecé– que los hablantes del español mayoritario, es decir el que se habla fuera de España, tendrán que obviar en la lectura y cuya ausencia habría sido de agradecerse. Empero, dicha tara no alcanza a desmedrar un volumen que tiene la virtud de incluir los textos en el idioma original, de modo que quien lo desee puede cotejar la fuente de manera directa.

Y conviene insistir: con independencia de los gestos, ya de rechazo, ya de beneplácito, con los que cada uno haya reaccionado cuando la Academia Sueca decidió darle el Nobel de Literatura a quien, por cierto, llevaba años de ser uno de tantos eternos candidatos; con independencia, pues, de la postura personal de cada quien, ahí están las Letras completas con las que, en una de ésas, los poetas que quieren para sí mismos la exclusiva del oficio y el membrete, alcanzan a reconocer que no están solos en su Olimpo o, mejor aún, que no existe tal lugar.

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