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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Memoria y presencia de la imaginación

Escribo esto el día que se cumplen tres años de la desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas, un crimen de Estado cuyo objetivo fue y es encubrir la participación de las tres esferas de gobierno en el delito organizado para trasladar heroína de Iguala a Chicago. ¿Qué espécimen, de qué institución y nivel, dio la orden de desaparecer a los jóvenes de Ayotzinapa? Si Iguala no fuera el Estado, ¿tampoco lo serían hoy Morelos, Oaxaca, Chiapas, Guerrero y varias colonias de Ciudad de México?, ¿y tampoco es crimen de Estado desaparecer la mayor cantidad posible de cadáveres dejados por los sismos del 19 de septiembre de 1985 y 2017? Eso sí, para la desaparición de las pilas de cuerpos humanos calcinados que causó la explosión de San Juan Ixhuatepec en 1984 tenemos un nombre: Alfredo del Mazo, el abuelo del usurpador actual del Estado de México. La memoria nunca es pura y deja más preguntas que respuestas… Estas líneas las podrán leer un día antes de otro aniversario de una masacre decidida, planeada, ejecutada y hasta filmada por funcionarios del Poder Ejecutivo del gobierno federal. Al respecto, los sobrevivientes más veraces dieron con la cadena de mando de esta matanza, desde el presidente de la República hasta el comandante directo de la operación; en ella también, por cierto, desaparecieron cadáveres y se inhumó a gente aún viva. ¿De qué boca salieron las disposiciones específicas de que el batallón Olimpia comenzara el tiroteo desde el edificio Chihuahua y de que la soldadesca atacara indiscriminadamente con helicópteros, tanquetas y bayonetas, no sólo a quienes participaban en el mitin de la Plaza de las Tres Culturas sino a todo civil, de cualquier edad y condición, que se hallara en parques, andadores y edificios de la unidad habitacional comprendida entre Nonoalco, Reforma, Manuel González y Santa María la Redonda?

Cuando alguien aprovecha la fragilidad de la atención y pervierte las funciones de ésta como instrumento de la inteligencia para escamotear algo en las narices de uno, uno actúa –¿por qué no decirlo en buen mexicano?– a lo pendejo, andando como ido, estando ausente. Una sustracción artística de la atención puede verse en un episodio del programa de Nat-Geo, Juegos Cerebrales, titulado El robacosas, donde un personaje maneja a su antojo la atención de un transeúnte, y mientras lo distrae le sustrae, incluso, prendas de vestir [https://www.youtube.com/watch?v=ht8BfSfVbG8]. Mucho antes de que este virtuosismo apareciera, se decía que en Tepito podían robarte los calcetines sin quitarte los zapatos. Quizá por eso la televisión oficial intentó robarle cámara y presencia al hedor inmobiliario y al heroísmo ciudadano. Así, mientras detrás de la pantalla se urdía el costumbrismo entre socios organizados y desorganizados –estafas maestras, inducción de antivalores y odios diversos–, se transmitía en directo y durante 48 horas algo que lleva décadas haciéndose pasar como noticiario, o sea un infomercial, en horario triple a, confeccionado exclusivamente con versiones oficiales y fórmulas manipuladoras y desinformadoras. Pero los prestidigitadores fallaron y los verdaderos periodistas les cayeron en la maroma. ¿Para qué perpetraron esta telenovela en Los Pinos y en su casa matriz, el Canal de las Estrellas?

La imaginación es una cobra que clava sus colmillos en el principio de la realidad. Imaginemos que, en el tránsito del siglo quinto al cuarto antes de nuestra era, un mal comediógrafo hubiera querido trasvestir en comedia una tragedia inspirada en los arrebatos del Toro de Minos. Para ello, este falso Aristófanes resumiría todo el horror y el dolor que la Polis padeciera –y no nada más la Polis sino toda la República–, en una representación sarcástica con apariencias de representatividad y simbolismo; sin embargo, la contundencia de los hechos y la respuesta de la gente destaparían la mentira. Entonces, ya descubierta la farsa de la niña entre los escombros del colegio Rébsamen, ¿quién y por qué decidió que fuera la Secretaría de Marina, y no las permanentemente emputecidas marionetas de la televisión, la que apareciera como responsable confesa de esa puesta en escena? ¿Quién manda en este país, quién sirve a quién? Una imaginación nueva se ha hecho presente en México, si recurre a la memoria y se organiza impedirá el retorno a esa normalidad edificada por los corruptos, genocidas y gesticuladores de siempre.

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