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Una página de Mark Twain

Allá por 1993, cuando aún estaba en la vida laboral activa y me desempeñaba como redactor cultural en el servicio latinoamericano de la Radio Deutsche Welle, se me ocurrió proponer una serie dedicada a siete escritores indiscutibles que no ganaron los que hubieran debido ser los siete primeros Premios Nobel. En lugar de Sully Prudhomme, Mommsen, Bjørnson, Echegaray ex aequo con Frédéric Mistral, Sienkiewicz y Carducci, que ya me dirán ustedes si los leyeron o si recuerdan algo de alguno de ellos, en lugar de ellos, digo, considerar que debieron ganarlo Zola, Rilke, Ibsen, Galdós, Tolstoi y Machado de Assis ex aequo con Mark Twain, y ya me dirán ustedes si no va una cierta diferencia cualitativa de lista a lista.

Hoy recupero aquella idea de mis viejos archivos y la traigo a la luz pública como homenaje a un maestro de la ironía y de la prosa narrativa. Un maestro en el sentido más pedagógico de la palabra. Porque leyendo a Mark Twain, se aprende, y se aprende mucho.

De mí puedo decir que mi acceso a la gran literatura universal, sin yo saberlo, fue a través de sus novelas y las de Robert Louis Stevenson, en particular La isla del tesoro. Y en el caso de Mark Twain, en particular, Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo. También las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn hicieron mis delicias, y asimismo ese casi cuento de Las mil y una noches que es Un billete de un millón de libras esterlinas, donde Twain rindió un homenaje sutil a la extravagancia doblada de un profundo sentido moral del pueblo británico. Y por supuesto me divertí como un enano con el relato de sus viajes por la vieja Europa, en especial los capítulos dedicados a la observación de las costumbres alemanas.

Mark Twain era una inteligencia poderosa, y como tal, desmitificadora, y acaso ello no se vea de manera más palpable que en sus Cartas desde la Tierra, que recién pudieron publicarse en 1962, más de medio siglo después de haber muerto el autor: tan tenaz fue la resistencia de su familia a que llegaran al público unas reflexiones “tan deliciosamente escépticas, heréticas, blasfemas”, como las califica el autor colombiano Héctor Abad Faciolince. Descubro que están libres a disposición del lector en internet, pero no resisto la tentación de copiar este fragmento de la Carta VIII, para abrirles el apetito:

 

“No cometerás adulterio” es un mandamiento que no establece distingos entre las siguientes personas, a todas se les ordena obedecerlo:

Los niños recién nacidos

Los niños de pecho

Los escolares

Los jóvenes y doncellas

Los jóvenes adultos

Los mayores

Los hombres y mujeres de 40 años

De 50

De 60

De 70

De 80

De 90

De 100

 

El mandamiento no distribuye su carga adecuadamente, ni puede hacerlo. No es difícil acatarlo para los tres grupos de niños. Es progresivamente difícil para los tres grupos siguientes, rayando en la crueldad. Felizmente se suaviza para los tres grupos posteriores. Al alcanzar esta etapa, ha hecho todo el daño que podía hacer, y podría suprimirse. Pero con una imbecilidad cómica se extiende su aplastante prohibición a las cuatro edades siguientes. Pobres viejos desgastados, aunque trataran no podrían desobedecerlo. ¡Y piensen ustedes, reciben loas porque se abstienen santamente de cometer adulterio entre ellos!

Esto es absurdo, porque la Biblia sabe que si se le diera la oportunidad al más anciano de recuperar la plenitud perdida durante una hora, arrojaría el mandato al viento y arruinaría a la primera mujer con quien se cruzara, aunque se tratara de una perfecta desconocida. Es como yo digo: tanto los estatutos de la Biblia como los libros de derecho son un intento de revocar una Ley de Dios, que en otras palabras expresa la inalterable e indestructible ley natural. El Dios de esta gente les ha demostrado con un millón de actos que Él no respeta ninguno de los estatutos de la Biblia. Él mismo rompe cada una de Sus leyes, aún la del adulterio. La Ley de Dios, al ser creada la mujer, fue la siguiente: No habrá límite impuesto sobre tu capacidad de copular con el sexo opuesto en ninguna etapa de tu vida. La Ley de Dios, al ser creado el hombre, fue la siguiente: durante tu vida entera estarás sometido sexualmente a restricciones y límites inflexibles.

Durante veintitrés días de cada mes (no habiendo embarazo), desde el momento en que la mujer cumple siete años hasta que muere de vieja, está lista para la acción, y es competente. Tan competente como el candelero para recibir la vela. Competente todos los días, competente todas las noches. Además, quiere la vela, la desea, la ansía, suspira por ella, como lo ordena la Ley de Dios en su corazón. Pero la competencia del hombre es breve; y mientras dura es sólo en la medida moderada establecida para su sexo. Es competente desde la edad de dieciséis o diecisiete años y durante un plazo de treinta y cinco años. Después de los cincuenta su acción es de baja calidad, los intervalos son amplios y la satisfacción no tiene gran valor para ninguna de las partes; mientras que su bisabuela está como nueva. Nada le pasa a ella. El candelero está tan firme como siempre, mientras que la vela se va ablandando y debilitando a medida que pasan los años por las tormentas de la edad, hasta que por fin no puede erguirse y debe pasar a reposo con la esperanza de una feliz resurrección que no ha de llegar jamás.

Por constitución, la mujer debe dejar descansar su fábrica tres días por mes y durante un período del embarazo. Son etapas de incomodidad, a veces de sufrimiento. Como justa compensación, tiene el alto privilegio del adulterio, ilimitado todos los demás días de su vida.

¡Y pensar que hubo que esperar a 1930 para que Sinclair Lewis, bastante marktwainiano en buena parte de su obra, fuese el primer escritor USA no en alzarse con el Premio Nobel! Por cierto que en su discurso de Estocolmo mencionó que incluso Mark Twain había sido domesticado por la genteel tradition de la literatura nacional. Pero hay que disculparlo: en 1930, las Cartas desde la Tierra aún seguían inéditas.

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