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Bitácora bifronte
Por Ricardo Venegas

Por Ferdinand de Saussure sabemos de la arbitrariedad de signo lingüístico. Lo que nombramos, o casi todo –tal vez las onomatopeyas son la excepción a la regla–, carece de un vínculo real con la voz que lo enuncia, es pura convención; en esta época de temblores y de necesaria comunicación, ahondar en el tema es también concluir que cada lengua es una historia de la civilización. Si los hablantes desaparecen, la lengua también. Configurar una lengua es tarea de siglos y de muchas generaciones. Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre, por ejemplo, ofrece un mapa que explica las raíces de los vocablos del español, y su evolución en distintos períodos por los que hubo de transitar nuestro actual castellano.

Sabemos por la lingüística que en algún momento hubo una lengua madre de todas las lenguas, algunos le llamaron protoindoeuropeo. De este modelo se derivan algunas preguntas: ¿Cómo sería la lengua primigenia del hombre si olvidara la que sabe? Si la lengua es identidad, ¿qué tanto le debe a las emociones humanas cada palabra del idioma?

A un libro que ha agotado los ejemplares de su primera edición no le hace falta otra reseña. Pero es justo abundar el porqué un neurólogo describe el fenómeno de la afasia, definida por el diccionario como “trastorno del lenguaje que se caracteriza por la incapacidad o la dificultad de comunicarse mediante el habla, la escritura o la mímica y se debe a lesiones cerebrales”. Este es el tema de Un diccionario sin palabras (Almadía, 2017), de Jesús Ramírez Bermúdez. Desde el título se advierte un desafío que invita al lector a leer desde otro código, el del plano sensorial, el de la sensibilidad. Curiosamente un médico escribe un libro infinitamente humano, sin perder el interés científico que lo acompaña. ¿Cómo regenerar una capacidad de lenguaje para habilitarlo en el sistema de signos que usamos?

En esta empresa sobresale un presupuesto: hay una educación muy racional que se antepone a la educación emocional. Quizá esto vulnera en gran parte nuestra capacidad cognitiva del lenguaje, incluso del conocimiento. Es una apuesta por explorar la condición humana, está el ojo agudo que todo lo ve y examina cómo se articula el lenguaje de alguien que ha perdido, ya sea temporal o de forma permanente, la posibilidad de usarlo.

El autor ha encontrado varios temas a los que da tratamiento y con ello desdobla un volumen polisémico. Por una parte la aparente bitácora que registra tres casos de mujeres que han perdido su capacidad de usar el lenguaje. Por otra, una narrativa impecable que nos envuelve en el interés impostergable por saber más del tema. Se trata de una bitácora en la que el médico nos acerca a los pacientes que han perdido la capacidad de articular el lenguaje. El respeto del galeno y su capacidad de asombro y de investigación conforman este itinerario, lejos de la frivolidad de la medicina que diagnostica una cifra y no un nombre.

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