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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Hace no mucho, a propósito de 7:19. La hora del temblor (2016), de Jorge Michel Grau, en este espacio se dijo entre otras cosas lo siguiente: “En el caso particular del terremoto del ’85, las aproximaciones han sido casi siempre tangenciales o meramente alusivas, y desde luego se habla aquí del cine de ficción, pues en el género documental el asunto es muy distinto. Al respecto cabe recordar la máxima según la cual un hito colectivo no puede darse por bien asimilado si los miembros de la colectividad no han sido todavía capaces de reflejar en la ficción todo aquello que dicho hito les provocó y sigue provocando, en términos individuales pero sobre todo sociales. [Hay] quienes han visto en 7:19 una síntesis apretadísima de mucho de cuanto se puede y es necesario contar al respecto, y quienes protestan porque les parece que falta demasiado, e incluso que la tragedia fue ‘tomada a la ligera’. No hay tal: es claro que la cinta busca resumir, espaciotemporalmente, diversos elementos: sorpresa, miedo, instinto de supervivencia, conciencia de la muerte, sentimiento de culpa, condición de clase, denuncia de corrupción institucional y de inacción oficial…”

Es obvio que esa tarea pendiente del cine mexicano, de contar en clave de ficción –y de manera suficiente– las decenas o cientos de historias alusivas o relativas al terremoto del ’85, todavía enterradas bajo el peso de una desmemoria que no hace sino aumentar conforme los años pasan, se ha multiplicado con el sismo recientemente padecido.

Es verdad que las afectaciones materiales no han sido tan devastadoras como las de hace treinta y dos años, pero las que tocan al espíritu colectivo son de dimensión idéntica y, en ciertos aspectos, incluso mayores, pues forzosamente debe añadírsele la noción tremendamente incómoda y desasosegante de que poco más de tres décadas no nos alcanzaron, como sociedad, para suprimir las taras colectivas, estrictamente humanas –políticas, culturales– que magnificaron ambas tragedias.

Precisamente por lo antedicho, y pensando en el cine que necesariamente habrá de hacerse a raíz de esta muy indeseada reedición de pánico, horror y muerte a causa de un fenómeno natural, adosarle misticismos o causas pseudocientíficas al azar sería, redondamente, una puerilidad cuando no una franca estupidez. Siendo claro hasta la platitud que la naturaleza no se rige por el calendario gregoriano, es forzoso concluir que el azar y nada más fue lo que hizo coincidir al terremoto de 1985 con el que acaba de tener lugar, una vez más, el 19 de septiembre. Dígase lo anterior en abono anticipado de la sensatez: no vayan a llegar guionistas y argumentistas a intentar despropósitos de ese tipo.

 

REGISTRO Y ASIMILACIÓN

Quienes con seguridad están –o deberían estar– trabajando ya en lo que podrá verse más adelante, son los documentalistas. Este juntapalabras sabe de cierto que al menos Rafael Rangel (Preludios, Un día en ayotzinapa 43, El grito de los coyotes) pospuso para un mejor momento la película de ficción en la que se afanaba, para salir a las calles y documentar esta realidad presente que, por fuerza, debe quedar registrada con mayor amplitud y muchos más puntos de vista de lo que fue testimoniada hace treinta y dos años. Las condiciones son otras, otros también los recursos técnicos y las posibilidades colectivas al respecto –basta un celular para un registro visual mínimamente articulado–, y el mismo pero a la vez otro debería ser el ánimo colectivo que mueva a ese registro puntual: el mismo en cuanto a la comprensión de lo indispensable que para esta sociedad resulta llevar a cabo el apunte oral, escrito y fílmico de un acontecimiento de esta relevancia, pero otro por lo que toca a los propósitos y los alcances que ese apunte colectivo puede tener.

En otras palabras, si al cine de ficción le corresponde, como se menciona líneas arriba, ensayar formas de asimilación de un evento social traumático, tanto a nivel individual como colectivo, al cine documental toca –y nada más obvio, pero es necesario recalcarlo– estructurar una visión de conjunto, primero, y después al menos intentar la exhaustividad por medio de la casuística: exactamente lo que hizo, de manera tan inmediata como el mismo 1985, Maricarmen de Lara con su documental No les pedimos un viaje a la luna, acerca de las costureras que vieron desplomarse sus sitios de trabajo en aquel entonces, donde quedaron sepultadas muchas de sus compañeras.

Que la memoria, pues, no quede medio sepultada una vez más bajo los escombros.

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