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El terremoto y el espíritu de la ciudad

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro mismo valle desaparece.

Alfonso Reyes

 

El primer día

El 19 de septiembre de 2017 el ego de todos se fracturó como la tierra y nuestras cimentaciones. Como nunca, lo más esencial de nosotros se vio amenazado –por ejemplo, el espíritu de la jovencita que me encajó las uñas en el brazo y luego se desmayó con la lengua de fuera y los ojos en blanco. Nuestro instinto de supervivencia se puso en alerta máxima. “Eso” que nos despierta, que nos duerme o que nos hace cantar, se conmocionó ante la posibilidad de perecer bajo toneladas de escombros.

Dice el Tao Te King que la naturaleza trata a los seres humanos como si fueran “perros de paja”: así de frágiles fuimos aquella tarde, cuando trastabillábamos por las calles ante los descomunales latigazos telúricos. Poco después vi y escuché cómo, asombrados y conmovidos, poderosos comunicadores e intelectuales, promotores de la egolatría posmoderna, de pronto se daban cuenta de que era urgente salir de esos pequeños mundos calculadores para abandonar lo más rápido posible el lenguaje con el que durante años se encargaron de echar a rodar un modelo cultural basado en un pen-samiento socialmente insensible. A pesar de eso, el elemental lenguaje de los comunicadores pronto se vio rebasado por los mensajes que en sí mismos transmitían imágenes inauditas, escenas irrefutables de la destrucción de una ciudad ambivalentemente temida y amada, pero también de una solidaridad nueva, masiva, real y espontánea. Sin embargo, acostumbrados a emplear una retórica plagada de lugares comunes, desesperaba ver cómo transcurría un tiempo precioso –literalmente un tiempo que debió ser destinado a salvar vidas– desperdiciado en porras, banalidades y consejos inútiles de todo tipo. Afortunadamente, más allá de las pantallas de la tele abierta y cerrada, en las calles de la ciudad surgía, inesperada, como el terremoto, una juventud decidida a salvar a sus familiares, vecinos, amigos y, de forma increíble, a miríadas de gente desconocida.

Después de tres décadas volvimos a saber que ciertas imágenes valían mucho más que miles y miles de palabras cargadas de la babosa emoción que tanto detestaba el poeta Ezra Pound, particularmente cuando esa babosa emoción podría ser empleada para referirse a la poesía; tal era el caso que sugerían algunas escenas de la tragedia, pero también de una épica mexicana generalizada en la ciudad y en otras ciudades y pueblos de provincia vapuleados por los bruscos movimientos de la madre tierra. Después de ver la decisión de aquellos mag-níficos jóvenes, a pesar de todo el desencanto y la desconfianza producidos por la violencia social, volvíamos a creer en México. Pasara lo que pasara, ahí estaría algún mexicano o mexicana dispuesto a ayudar (poco después aparecieron los equipos de salvamento extranjeros) que al lado de nuestra juventud (ahora es que me atrevo a nombrar a esta generación de manera casi ridícula) estarían dispuestos, como lo hicieron desde el primer momento, a buscar sobrevivientes entre las ruinas.

 

Crear: una nueva forma de con-vivir

 

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ice Melanie Klein que “crear es reparar el objeto amado, destruido o perdido”, cita que viene a la perfección para explicar cómo la mejor forma de abordar el trauma social –e incluso de elaborar el duelo personal y colectivo– es creando. Seguramente esa fue la razón por la que, al ver a un par de chicos extenuados –no sé si llamarlos millenials o seres de la ansiada res-titución– que caminaban abriéndose paso en la oscuridad de esa primera noche sin luz que parecía eterna, con sus cascos, guantes y lamparitas, con sus sacos em-polvados y sus bufandas de la unam, además de darles las gracias lo único que se me ocurrió fue decirles que la ciudad estaba en sus manos. Estaba seguro de que ellos eran los verdaderos artistas, que con su actitud soli-daria y valiente inauguraban y proponían una nueva forma de vida para los habitantes de una ciudad tan maltratada por la naturaleza y por algunos de sus gobernantes de ayer y de hoy, porque desde el primer momento supimos que, además del movimiento geológico, había culpables y responsables de una tragedia cuyas dimensiones se iban haciendo evidentes.

 

Historia de una niña inexistente, contada con todos los lugares comunes posibles, música de fondo cursi y sin final feliz

Esa misma noche comenzó el show de la niña “Frida Sofía”, que durante un lapso precioso (casi sagrado) nos regaló un canal de tv, hasta que muchas horas después, cuando el melodrama ya era insostenible, al fin tuvieron la gentileza de “liberarnos” de la audiencia cautiva en la que millones de televidentes “proyectábamos” nuestras más hondas culpas y vocaciones humanitarias, intentando “liberar” a una pequeña niña atrapada en los escombros que había dado muestras de sus deseos de vivir, ya sea haciendo señales con la manita, bebiendo agua de un popote o diciendo que junto a ella se encontraban otros pequeños del desafortunado colegio. Mientras, antes de que se hicieran virales los memes y las mentadas de madre en las redes sociales, todos seguíamos sin respirar esperando el final feliz de una historia donde una niña (que debió llamarse Kore o Perséfone) al fin era rescatada del Hades por un grupo (en el que todos participábamos en primera fila) pero que, a la mañana siguiente, adoloridos y desvelados, nos enteramos de que en el inframundo del desafortunado colegio al parecer “sólo” se encontraba el cuerpo de una trabajadora de intendencia. Por supuesto, en ese momento se vino abajo la telenovela que no tuvo su final feliz, final que hubiera hecho las delicias de un público educado durante décadas en el arte del melodrama vulgar.

 

Víctimas domésticas

Cuando vimos la “jaula” para tender ropa que colgaba en la azotea del edificio caído en la esquina de Escocia y Gabriel Mancera, intuimos que seguramente habría perecido un gran número de trabajadoras domésticas (criadas, sirvientas, camareras, cocineras, servidoras, niñeras, ayudantes y caseras, dice la barra de sinónimos de Word); extraña forma de referirse a un grupo de niñas, mujeres y ancianas de origen indígena. Por desgracia confirmamos esa intuición días más tarde, cuando nos enteramos de la historia de Candy, la indígena trabajadora doméstica que apareció muerta por culpa de la “consistente” actitud de una “mujer absolutamente celosa de su deber”, asignada por el gobierno de la ciudad, quien impidió que se llevaran a tiempo las labores de rescate en el edificio Saratoga de la colonia Portales.

19 de septiembre: fecha de calendario que parece embrujado

La catástrofe sucedió como un déjà vu, como si se tratara del extraño fenómeno de un almanaque em-brujado, justo cuando una vez más éramos testigos de la manera en que languidecía el espíritu nacionalista durante el mes de las fiestas patrias, celebraciones que desde hace años se han deslustrado ante la falta de razones y deseos para festejar. Nadie sospechaba que debajo de la aburrición septembrina latía, con fuerza desconocida, el corazón de una juventud que nos hizo volver a creer en el auténtico espíritu de la patria.

 

Los millenials

Hace treinta y dos años, al reflexionar sobre el despertar de la sociedad civil, Octavio Paz dijo que había redescubierto: “un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio”, conceptos puntuales que podrían aplicarse a la juventud que este septiembre volvió a volcarse en las calles. Se trata de la generación millenial, que, dicen los especialistas, surgió en 1985. ¡Vaya coincidencia de días, de meses y años! En las redes sociales los millenials o nativos digitales se han integrado a movimientos como el 15-m de España, Occupy Wall Street en Estados Unidos y el #YoSoy132 de México. Es posible que estos “nietos” del movimiento estudiantil del ‘68, hayan fortalecido una especie de conciencia crítica colectiva, estimulada además por su gran activismo digital. El periodista Jorge Ramos comentó que nunca había visto un pueblo “más solidario, más arriesgado, con mejor iniciativa. Los millennials que tanto critican de México han dado una muestra de capacidad y de entrega extraordinarias”.

 

El pronóstico de Cinna Lomnitz

Hace unos años, el investigador alemán Cinna Lomnitz dijo que, durante tres siglos de “dominio es-pañol y otro siglo de vida independiente”, los habitantes de la ciudad drenaron la laguna donde se asienta la ciudad y su zona conurbada. El especialista en me-cá-nica de suelos y sismología dio a conocer que “los edificios que tienen mayor riesgo de caer están en la llamada zona tres asentada sobre el antiguo lago, territorio que va desde la colonia Condesa hasta Texcoco, y de la Villa de Guadalupe a Xochimilco.” Por otra parte, destacados sismólogos de la unam explicaron que es muy probable que ocurra un sismo de magnitud superior a los 8 grados.

 

Antiguas historias de una ciudad para ponernos las pilas

Al parecer, la escasa habilidad que tuvieron los españoles para adaptarse a la región lacustre de México-Tenochtitlan tuvo que ver con la poca semejanza que existía entre la orografía donde se asientan las ciudades de España y los enormes cuerpos de agua donde se edificaron las ciudades-isla de Tenochtitlan y Tlatelolco. Los pueblos de Mesoamérica habían realizado una serie de obras hidráulicas que les permitían manejar el nivel de las aguas; por ejemplo, una de las obras de ingeniería más importantes fue el albarradón de Nezahualcóyotl, construido en 1449. Aunque las ciudades del México antiguo sufrieron inundaciones, ninguna de ellas fue comparable con los desastres de la época colonial ocurridos en 1555 y en 1604. La verdad es que después de la destrucción de las ciudades-isla los españoles no consideraron la experiencia y avances de ingeniería (albarradones, calzadas y diques construidos por mexicanos), empeñándose en construir una ciudad a imagen y semejanza de las ciudades españolas, “llaneras” y áridas.

 

Poesía para una ciudad herida muchas veces

Dice José Emilio Pacheco en “Las ruinas de México”, poema elegíaco incluido en el libro Miro la tierra, de 1987:

 

…creímos/ que las grandes catástrofes sólo ocurren de noche.

 

Tal como el terremoto de 1985, el 19 de septiembre de 2017 el movimiento mortal volvió a suceder a plena luz del día.

 

Los animales avisaron, intentaron hablar/ y no

entendimos las señales.

 

El 18 de septiembre de este año vimos cómo una pareja de águilas se estrellaba una y otra vez contra las ventanas de unos edificios en la colonia Narvarte.

 

No: las fotos más atroces de la catástrofe/ son esos cuadros en color donde aparecen muñecas/ indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha…

 

El 20 de septiembre de 2017, algunos canales de televisión transmitieron imágenes de mochilas colgadas adornadas con muñequitos de todo tipo en una escuela derribada.

Secamos toda el agua de la ciudad, destruimos,/ por usura, los campos y los árboles.

En vez de tierra a nuestras plantas quedó/ un sepulcro de fango árido/ y rencoroso, malignamente incapaz/ de amparar lo que sostenía./ La ciudad ya estaba herida
de muerte. / El terremoto vino a consumar/ cuatro siglos de eternas destrucciones.

 

Versos que deberían operar como avisos del próximo déjà vu que alcanzaría tintes apocalípticos después de las evidencias expuestas en 1985 y 2017. También, por supuesto, los versos de José Emilio Pacheco deberían hacernos reflexionar en los estudios de los geólogos de la unam y en las predicciones científicas del doctor Cinna Lomnitz.

Finalmente, citando Palinodia del polvo, de Alfonso Reyes: “Pasen y compren: todo está cuidadosamente envuelto en polvo. La catástrofe geológica se espera jugando: origen del arte, que es un hacer burlas con la muerte.” En una carta escrita en 1922 a Antonio Mediz Bolio, Alfonso Reyes soñaba con escribir algunos ensayos bajo el emblema “En busca del alma nacional”; en ellos reclamaría “a la brutalidad de los hechos un sentido espiritual: descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos.”

Tal vez don Alfonso, al ver las polvaredas que le-vantaron los edificios caídos durante el sismo del 19 de septiembre de 2017, y ante el derrumbe del “circo que nos guarece y ampara”, hubiese vuelto a escribir: “En el polvo se nace, en él se muere. El polvo es el alfa y el omega. ¿Y si fuera el verdadero dios?”

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