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Otro hombre muerto

Vivió casi una década en Estados Unidos. Aurelio, oriundo del centro de México, erró por varios trabajos en restaurantes; pronto se dio cuenta de que lo suyo no era la cocina ni nada que tuviera que ver con la preparación de alimentos.

Un conocido lo recomendó para trabajar como yardero, es decir, para mantener limpios y bien cuidados los jardines de las casas de gringos pudientes. Le gustaban las labores al aire libre, bajo los rayos del sol que tostaban su piel; el trabajo pesado hizo a su cuerpo robusto y resistente.

Aurelio era una buena persona. Una mujer se fijó en él y decidieron vivir juntos. Alquilaron una casa de extensos patios frontal y trasero, los cuales Aurelio se encargaba de acicalar. El dueño del inmueble estaba contento porque, además de que la casa siempre lucía bien, los inquilinos nunca se atrasaban con los pagos de la renta.

Al poco tiempo llegó un hijo y, con él, la razón más importante en la vida de la pareja. Una mascota, Turbo, un pastor belga fiel y aguzado, completó el círculo familiar.

Aurelio era reconocido como un excelente trabajador; sus clientes cotidianamente lo recomendaban con otros propietarios. Económicamente le iba bien. El vástago crecía sano e inteligente; su mujer se encargaba de todo lo que tenía que ver con la organización de la casa.

La vida fue por ese camino hasta que llegó el amargo invierno de los años 2016-2017, cuando la derecha se apoderó del gobierno. Entonces comenzó la persecución. No había día en que Aurelio y su familia vieran el noticiario y no se enteraran de alguna nueva medida en contra de los inmigrantes, como ellos, trabajadores honestos que tenían la mala fortuna de no contar con papeles legales para ocupar algún puesto de trabajo.

Una mañana, al dirigirse a una de las casas a su cargo, recibió el primer aviso: una patrulla se situó detrás de su vehículo y encendió la torreta, indicándole que se detuviera. Era un agente que se notaba de ascendencia hispana. Aurelio respiró al verlo, pensó que el origen común haría más fácil la comunicación entre ellos. Se equivocó. El uniformado se negó a hablar en español. Lo multó por manejar sin licencia y le advirtió que esa era su zona de vigilancia; si lo volvía a pescar, le requisaría el auto y lo llevaría preso.

El jardinero se asustó. A como estaban las cosas, si caía en la cárcel lo pondrían a disposición de las autoridades de migración y lo deportarían sin permitirle defensa alguna.

Le comentó su tribulación a un amigo, quien le recomendó manejar lo menos posible y, generoso, hasta donde se lo permitieran sus actividades, se ofreció a servirle de chofer y trasladarlo cuando fuera necesario.

La vida de Aurelio se tornó complicada. Tuvo que dejar las labores en zonas retiradas para no alterar las rutas de su camarada. Además, así, en carro ajeno, era muy complicado acarrear sus materiales de operación. El ingreso comenzó a disminuir, las cuentas por pagar eran las mismas.

El día de los acontecimientos, Aurelio dejó la cama bien temprano con la esperanza de conseguir “aventón”. No: el vecino tenía un trayecto contrario al suyo; no obstante, su esposa, con gusto, llevaría a la de Aurelio a la tienda para comprar algunas cosas de primera necesidad.

Aurelio vio que en las orillas del patio trasero había comenzado a descollar yerba mala; era necesario podarla para que no se extendiera dando mal aspecto. Se dio cuenta de que sus árboles y plantas de frutas y verduras requerían ser abonados y desbrozados para que siguieran produciendo. Había mucho que hacer. Por lo menos no tendría una mañana inactiva.

Revisó que su máquina de podar estuviera lista. Combustible tenía suficiente, la bujía recién la había reemplazado. Las cuchillas estaban bien afiladas. Atacó de inmediato al zacate, que cedía a cada uno de sus pasos. Había ya casi terminado cuando, en un rincón formado por un arriate, contempló unos cogollos indeseables que pretendían ocultar su presencia tras un crisantemo. Ajustó el nivel de las navajas para que alcanzaran su punto más bajo.

Empujó la podadora; casi al mismo tiempo escuchó un sonido hueco, vio una chispa y sintió un golpe en la cabeza, exactamente entre el ojo y la oreja izquierdos. La aguda hoja había topado con una piedra llegada ahí sabe dios de dónde. El impacto con el metal le había arrancado una pequeña astilla que salió volando y se incrustó en la sien de Aurelio.

Fue tal la fuerza, que cayó de rodillas. Su diestra seguía sobre la empuñadura de la máquina, la siniestra fue a la cabeza. Sintió su sangre manar. Quiso erguirse pero le faltó vigor, su cuerpo se negó a hacer ningún movimiento, como no fuera sumirse más en sí mismo. Un geranio, notó, tenía tres orugas que ya habían devorado algunas hojas y se dirigían, impunes, hacia las flores. Era mejor que se deshiciera de ellas. El tomate y el durazno lucían tristes. Les aplicaría el fertilizante que los pondría frondosos nuevamente.

El sol estaba bien alto pero no era momento de postergar esas tareas: había que finiquitarlas. Se pondría ya en pie, pero cada momento sus músculos se aletargaban más. Sentía que, de a poco pero constante, algo lo abandonaba. Una mariposa aleteó cerca de él.

Turbo, que siempre estaba a su lado, trató de jugar; le llevó la pelota para que se la lanzara. No hubo respuesta. El animal se tiró sin hacer más nada que mirarlo con ojos sombríos.

La mujer del vecino ya traería a su esposa de regreso; habían tardado un buen rato. Casi veía a su hijo con alguna golosina. La mamá prometía no darle más dulces, pero en esa batalla el infante siempre triunfaba. En cuanto llegaran, ella le serviría un vaso de agua, lo ayudaría a levantarse y él podría terminar sus labores.

¿A qué hora había comenzado a hacer frío? No lo pudo decir con certeza porque cada vez su cuerpo estaba más lejano, e instante tras instante, la sangre se extendía más sobre la tierra.

Cuando, gritando y exaltado su hijo entró para mostrarle y compartirle sus caramelos, él ya no sentía absolutamente nada.

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