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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

HEREJE, APÓSTATA, RELAPSO... (II Y ÚLTIMA)

Como dije en la columna anterior, el joven Ignacio Ramírez, requerido por don Andrés Quintana Roo, repitió el título de su escrito: “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos.” El enunciado hizo que el silencio escandaloso se convirtiera en una batahola escandalosa, en la que menudeaban gritos airados, acusaciones de hereje, apóstata, relapso, comunista, ateo, anticristo, blasfemo... Recordemos que aquella tertulia estaba integrada por liberales, moderados y conservadores o no tanto, mas no había ateos.

Guillermo Prieto y algunos amigos de Ramírez intentaron tranquilizar a los exaltados, argumentando que la Academia no debía convertirse en una oficina encargada de prohibir a ninguna persona la exposición de sus ideas y pensamientos. Don Andrés, con ademanes tranquilos, solicitó que se calmaran los ánimos y luego, con voz enérgica dijo: “No presidiré en ningún sitio en el que se pongan mordaza a las ideas ajenas” y terminó diciendo: “Triste Dios y triste religión de los que tiemblan delante de ese montón de papeles bien o mal escritos.”

Inició su lectura y cuando acabó fue ¿ovacionado?, la verdad ignoro si tal sería la palabra adecuada, el caso es que lo felicitaron hasta aquellos que se habían indignado al principio; elogiaron la brillantez de su prosa, la solidez de sus argumentos, la firmeza de la estructura del discurso... en fin, fue aceptado como miembro de la Academia, el único, por cierto, que se declaró ateo, pues todos los otros, incluyendo a los liberales furibundos, como Prieto, eran creyentes (enemigos de la clerecía y sus excesos, mas no de la religión).

La primera vez que escuché del escandaloso ingreso de Ignacio Ramírez a la Academia, fue cuando estaba en la secundaria. Mi maestro de Historia de México lo dijo, como intentando provocar alguna reacción en los alumnos, pero como en Tampico no somos muy mochos que digamos y era una secundaria oficial, a los alumnos ni nos fue ni nos vino. Pregunté de qué se trataba el discurso y me respondió ¿No te basta con el título?... Aah, respondí y pasaron los años. En mis andanzas por los autores del XIX surgía, en ocasiones, la anécdota del que más tarde sería llamado El Nigromante. Incluso adquirí, en alguna librería de viejo una edición de sus Obras, facsimilar y con prólogo espléndido de Altamirano (2 vols., EDINAL, 1966); había poemas (excelentes, y algunos inéditos), discursos, artículos históricos y literarios, algunas cartas y ensayos o estudios sobre economía política, cuestiones políticas y sociales y los “diálogos” publicados en El Mensajero. Por ninguna parte aparecía el mentado texto de “No hay Dios...” Llegué a pensar que tal anécdota había sido una más de las muchas atribuidas a Guillermo Prieto, o invención de masones o algo por el estilo, aunque tenía la referencia de que había sido publicado en El Año Nuevo, gacetilla que editaba la Academia de Letrán.

Hace unos cuantos días, husmeando en las mesas de novedades de algunas librerías a las que frecuento poco porque el dinero es poco y los precios muy altos, encontré un Guillermo Prieto, crónicas tardías del siglo XIX en México, de Emilio Arellano, y lo traje a casa. Al desempacarlo y hojearlo por curiosidad, para ver si traía algo nuevo para mí, me encontré, ¡oh maravilla!, fragmentos del tan mentado discurso de ingreso a la Academia, que según Arellano está en poder de los descendientes de Ignacio Ramírez. Finalmente tuve una respuesta a mis inquietudes juveniles. ¿Por qué ha sido casi proscrito Ramírez del parnaso de patricios y hecho a un lado ese discurso? Creo que por la vigencia de muchas de sus observaciones. Para no dejarlos con la curiosidad, transcribiré a continuación algunas líneas de los fragmentos que tuve oportunidad de leer en la obra mencionada:

Cómo podemos creer en algo sobrenatural cuando se nos mueren más de dos millones de connacionales de hambre, rodeados de miseria y enfermedad...? [...] La materia siempre es indestructible y eterna, por ende, presumimos que nunca existió un Dios creador [...] Toda verdad es relativa, ya que son muchas las verdades y nada es absoluto [...] Llegará el día en que los fenómenos naturales tengan una explicación científica, los males orgánicos sean curables y los derechos ciudadanos, algo común. ¿En qué vamos a emplear la divinidad entonces? Si sólo nos acordamos de ella en la enfermedad o en la adversidad…

Ahora, algunas de esa ideas podrán verse como nada nuevas, pero en su momento se anticiparon a algunos de los grandes filósofos y pensadores universales. Vale la pena ver en El Nigromante no sólo al inmenso poeta que es, sino también al gran pensador.

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