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Rayas de la cebra

Mi tempestuoso romance con Ciudad de México comenzó el 20 de septiembre de 1985. Nací en ella, pero pasé la infancia en Ciudad Satélite, que en el nombre lleva la fama porque es como la Luna. O al menos lo era cuando viví allí. Los parques eran tan apacibles que se podía leer sentada en un columpio. Cuando mis padres se mudaron a la parte más alta de Las Águilas me pareció un decisión cruel: las calles me apabullaban por su anchura, no teníamos teléfono y la escuela que yo adoraba está en Lago de Guadalupe, por Cuautitlán. Que me cambiaran a la secundaria Presidente Masaryk en la San Pedro de los Pinos me hizo aullar de tristeza.

En los rumbos donde mis padres establecieron el cuartel general, los camiones llegaban hasta un lugar llamado Puente Colorado. Para llegar a mi casa tenía que tomar el pesero que en esos tiempos solía ser un Impala donde nos apretujábamos seis desconocidos y el chofer. Me disgustaba muchísimo porque, además, yo usaba un aparato ortopédico que me dificultaba subir al coche.

Esas lejanías me convirtieron en una persona sumamente aficionada a caminar por colonias que no eran la mía. Por un enamoramiento adolescente frecuenté muchísimo la Condesa cuando era una colonia clasemediera sin más chiste que el Sep’s y la casa del sujeto en cuestión, que era indolente y no quería ir a mis lares porque le daba flojera.

Así, mi vida amorosa, mis amigos y mis aficiones me hicieron caminar y querer esta ciudad. Pero como dicen los refranes y los boleros, no me di cuenta de cuánto la quiero hasta que creí que la había perdido, el 20 de septiembre de 1985, después de la réplica y cuando, desde la glorieta del Metro Insurgentes, miré la longitud de la avenida y no distinguí –no había luz– más que destrozos. Creí que la ciudad se había terminado y experimenté un dolor agudísimo que era tan intenso y localizado, que en ese momento supe que no era el miedo lo que me sacudía, aunque estaba empavorecida.

Desde entonces rara vez pienso en irme, aunque comparto con todos los chilangos que conozco una profunda ambivalencia hacia la vida aquí. El tráfico, el hacinamiento, los modales de muchos conciudadanos, la corrupción voraz de miles de funcionarios, la gravísima ofensiva de las inmobiliarias que, de la manita de las autoridades, han construido donde ya no se puede, nos llenan de deseos de huir. Pero, sin ánimo de ofender a nadie, viví un año en provincia y cuando volví me tiré al piso de Buenavista para darle besos como hacía Juan Pablo II en sus visitas. Asumí, entonces, que era chilanga y que ese gentilicio definiría muchas cosas de mi actitud ante la vida. Ciudad de México es mi país. Tiene el tamaño, la población y las manías de un país. Pero nadie pide visa y eso es, quizás, lo mejor. Su desordenada hospitalidad.

No la celebro incondicionalmente: soy más crítica porque me he obligado a mirarla con atención. En este espacio es el tema principal, así como en un programa de radio que conduje varios años bajo la dirección de Arturo Ortega en Radio Educación. He hablado y escrito sobre lo que descubro en sus habitantes, no todo bueno y mucho desconcertante, como la insistencia de tener récords Guinness (entre los que ha de estar el del mayor número de botellas de refresco rellenas de pis en las banquetas o el de tener baches mágicos que se tapan un día y al siguiente se abren), el de ser un lugar ruidosísimo en el que el pesero y la pipa de Pemex gobiernan las calles. Faltan modales, sobra machismo y escasea la urbanidad.

Pero es solidaria. Ahora me invade una tristeza punzante ante la destrucción y la rabia por cuanto se ha repetido, como lo de las costureras. También he visto, de nuevo, a miles de personas arriesgar la vida por ayudar a otros. Eso me ha dejado con la boca abierta, sobre todo porque parecía que estábamos hundidos en el marasmo pesimista de quien se enfrenta a la impunidad como asunto cotidiano. Que algo terrorífico como un temblor nos una, y que una turba de políticos corruptos y de sicarios nos paralice, es un misterio que, ojalá, se resolviera en favor de la sociedad civil. Eso deseo al ver a los miles de jóvenes que tomaron la calle para ayudar.

¿Cómo es posible que se desplieguen así, nacidas de la tragedia, esa generosidad entrañable, ese valor?

Si se mantuviera este talante, esta solidaridad, no habría lugar para los corruptos. Seríamos ciudadanos cabales. Los obligaríamos a trabajar.

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