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Un milagro cotidiano

Daniel Tammet, autor de La conquista del cerebro, no es neurólogo, ni neuropatólogo, ni siquiera psicólogo; es algo mucho más interesante que eso: autista. A los veinticinco años fue diagnosticado con síndrome de Asperger, pero además se trata de un savant, como el protagonista de la película de Barry Levinson, Rain Man, interpretado por Dustin Hoffman, inspirado en un personaje real de nombre Kim Peek, buen amigo de Tammet. En un libro previo a éste, Nacido en un día azul (2006), Tammet intenta explicar su fascinación, estética más que científica, por los números, que producen en él un sentimiento idéntico al que se experimenta ante una obra de arte. Para él, los números brillan, tienen color, textura, música. Es la razón por la que elaborar complicadas operaciones matemáticas no representa para él una dificultad sino un placer… y para explicar semejante prodigio es necesario exponer el más fascinante misterio de la naturaleza: el cerebro humano.

Si bien el caso de Tammet es extraordinario, no es poco común que los autistas de alto rendimiento, así como los Aspergers y más aún los savants se vuelvan expertos en explicar su propia afección, para lo cual hay que familiarizarse con ciertas funciones cerebrales que en el común de los humanos pasa por completo inadvertida. Ese es el principal objetivo de La conquista del cerebro: revelarles a los “neurotípicos” cómo funciona su cerebro; por qué se reacciona de tal o cual manera ante determinados estímulos y en qué región del mismo se localizan los, por así llamarlos, “resortes” que producen tales reacciones. Pero, contrario a uno de los tantos mitos en torno a los Asperger, y que este libro echa por tierra, el interés de Tammet no se enfoca en los números, sino también en la escritura y en la literatura, por lo que este ensayo no sólo es claro y amigable, sino un genuino manjar literario. Por lo que a Tammet respecta, las matemáticas y la poesía son algo así como primas hermanas, por lo que no debe sorprendernos que su talento literario sea equiparable a su dominio de los números. El libro que nos ocupa está inspirado en un poema de Emily Dickinson titulado "El cerebro tiene el mismo peso que Dios"

 

Nacido en Londres, en 1979, Daniel Tammet proviene de una familia clasemediera, “normal”, cuyas anomalías representan un magnífico ejemplo de lo vacuo que resulta el término “normal”. El padre de Daniel era esquizofrénico –es común localizar esquizofrénicos entre los familiares de los chicos autistas, y muchos autistas son equívocamente diagnosticados como esquizofrénicos, pero hasta el momento se desconoce el vínculo entre una y otro– ; Daniel era “un chico epiléptico”, rasgo que comparte con muchos autistas, y un hermano menor recibió también un diagnóstico como Asperger a una edad más temprana, y se dedica a la música. Tras descubrir su propia singularidad, pues no todos los Aspergers son savants, y viceversa (de hecho su amigo Kim Peek es un autista típico que además es savant), Tammet empezó por poner en tela de juicio la efectividad de los test que “miden” el Coeficiente intelectual (o IQ), por considerarlos mañosos y discriminatorios. Tammet, que se ha vuelto referencia para los estudiosos del cerebro, parece divertirse subrayando lo que tiene en común con las personas promedio y desdeñando sus habilidades extraordinarias. ¿Cómo? Explicando cómo funciona su cerebro e invitando al lector a realizar una serie de experimentos que lo llevarán a descubrir su propio potencial. Él habla once lenguas y se ha permitido inventar un idioma propio llamado mänti, y afirma que, instintivamente, el cerebro es capaz de reconocer palabras extranjeras que se parecen a las del idioma nativo o emiten algún sonido que remite al término en cuestión. Este “operativo” tiene origen en sus sistema de vínculos (links) que conectan palabras, sonidos y experiencias, y Tammet ha desarrollado este mecanismo lo suficiente para permitirse comprender y aprender lenguas nuevas en tiempo récord. Está convencido de que ninguna máquina logrará igualarse al cerebro humano. Es posible programar una computadora para que simule mantener una conversación contigo, pero se verá notoriamente mermada ante el avasallamiento de alguien con la inteligencia de Tammet, por ejemplo. Existe la posibilidad de que una máquina derrote a un campeón de ajedrez…pero el campeón de ajedrez, casi seguro, derrotará a la máquina en una segunda vuelta. Tammet lanza una audaz apuesta a los científicos: diseñen una máquina que piense como un autista, y entonces alcanzarán un cierto nivel de excelencia… pero, por fortuna para la humanidad, compuesta en su mayoría por neurotípicos, los únicos capaces de entender un cerebro autista son los propios autistas. Ni siquiera el maravilloso Oliver Sacks, que se aproximó bastante, nos dice Tammet, fue capaz de comprenderlos… y a pesar de sus críticas contra el muy querido científico, la humildad de Sacks lo lleva a referirse al autor de este libro que le corrige la plana como “fenómeno extraordinario.”

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