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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Pensar en el sexo: un poema de César Vallejo

A un lustro de que se cumplan cien años de su publicación, Trilce, de César Vallejo, se sigue leyendo como un libro de inusitada libertad artística. Mientras muchos poemas vanguardistas caducaron al expirar su contexto histórico, Trilce permanece vivo entre sus sucesivas generaciones de lectores porque su origen está en una radical experiencia vital vertida en el lenguaje. Compuesto por setenta y siete fragmentos, puede leerse como un extenso poema o como un conjunto de poemas que soportan todo tipo de lecturas, desde la lineal hasta la fragmentada, y de todas ellas emergen renovadas interpretaciones. Extraigo un poema en el que el poeta peruano aborda el tema del sexo y la conciencia, el poema XIII: “Pienso en tu sexo./ Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,/ ante el hijar maduro del día./ Palpo el botón de dicha, está en sazón./ Y muere un sentimiento antiguo degenerado en seso./ Pienso en tu sexo, surco más prolífico/ y armonioso que el vientre de la Sombra,/ aunque la Muerte concibe y pare/ de Dios mismo./ Oh Conciencia,/ pienso, sí, en el bruto libre/ que goza donde quiere/ donde puede./ Oh, escándalo de miel de los crepúsculos./ Oh estruendo mudo./ ¡Odumodneurtse!”

Un tono de angustia permea todo el texto, una angustia que proviene no sólo de la imposibilidad de satisfacer el deseo sexual sino de racionalizarlo a través del pensamiento a pesar de la excitación (evidente en el “botón de dicha” que “está en sazón”). El instinto se ve sometido por la conciencia: la parte animal del hombre degenera en ideas, en conceptos. César Vallejo estuvo recluido en la cárcel más de cien días, quizá de ahí provenga la insinuación al cautiverio cuando menciona, con un manifiesto acento nostálgico, al “bruto libre que goza donde quiere, donde puede”. Por eso “Sombra”, “Muerte”, “Dios” y “Conciencia” son conceptos que aparecen en mayúsculas remarcando la tensión entre Eros y Tánatos; el sexo de la mujer se presenta como el “surco más prolífico y armonioso que el vientre de la Sombra”, “prolífico” porque engendra la vida y da a luz, “armonioso” porque complementa el sexo del hombre y ofrece equilibrio al ser.

Leído con atención, el poema describe al hombre que, contra su voluntad, se refrena a pesar del desbordado deseo, experimentando una terrible angustia. Si el grito es expresión de lo instintivo y, por lo tanto, de la absoluta libertad, el poema es un anticlímax, un antiorgasmo (para ser consecuente con los neologismos en Trilce) que llega a su punto máximo al no poder estallar a través de los sentidos, convirtiéndose en una tortura al querer alcanzar (sin poder) el éxtasis. El “Odumodneurtse” (el “estruendo mudo” leído al revés) es entonces la expresión de un idioma callado, grito convertido en lenguaje que se contiene en su fuente de imposibilidad, presentándose como un canto silencioso sobre el deseo sexual reprimido. El poema XIII de Trilce es una tristísima experiencia: la racionalización del sexo, la negación de ese Paraíso al que todo hombre aspira.

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