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Cinexcusas
Por Luis Tovar

El afuera como amenaza

Hay muchos, pero el primero de los referentes que viene a la memoria cuando se ha visto Las tinieblas (2016), segundo largometraje de ficción del mexicano Daniel Castro Zimbrón, es inevitablemente El castillo de la pureza (1972), de Arturo Ripstein: ambos filmes consisten esencialmente en el confinamiento al que una familia es obligada por parte del padre, bajo el argumento de que “dentro” es sinónimo de seguridad y “afuera” lo es de peligro inminente.

A partir de esa primera semejanza entre una y otra cintas, es posible establecer lo mismo antinomias que paralelismos. Por ejemplo, lo que en Ripstein es una trama enfocada en el entorno urbano mexicano contemporáneo –es decir, a la época en que El castillo… fue filmada–, así como un asunto de moralidades en entredicho, en Las tinieblas la historia que se cuenta sucede en mitad de un bosque genérico y por lo tanto inidentificable, carece de una temporalidad precisa y es, más bien, estricta materia de sobrevivencia. Si en El castillo… el hecho de salir de casa significa la pérdida segura de lo que el paterfamilias considera “decencia”, en Las tinieblas el abandono del hogar significa, nuevamente desde la perspectiva paterna, una pérdida también segura, pero de la vida misma.

 

Normalidad y subversión

Como resulta obvio, en ambos casos la tensión dramática se concentra en una dinámica interpersonal que, dada su condición forzada intramuros, ha creado unas reglas de convivencia propias que no necesariamente coinciden con las que dictaría la convención de aquello que se considera “normal”. Más precisamente, dichas reglas, exclusivas para ese núcleo familiar aislado, necesariamente van en contra o hasta subvierten a la llamada normalidad.

Aunque con motivaciones disímbolas, en ambos casos el propósito es evitar una normalidad que se rechaza: en Ripstein la inmoralidad, en Castro Zimbrón la amenaza de muerte. Empero, y en aparente contradicción de sus diferencias tanto de momento histórico como de trama, de hechos concretos a los que deben enfrentarse, e inclusive perfiles de personalidad de los personajes, en el fondo de ambas situaciones subyace un elemento común: de lo que se trata es de sustraerse a la posibilidad de ser víctimas de la criminalidad.

Es en este último punto donde con mayor fuerza se tocan las fibras de uno y otro filme: cuatro décadas y media más tarde, el hecho de aislarse y aislar del mundo exterior a quienes están bajo ese dominio disfrazado de protección en el que muchas veces llega a consistir el liderazgo familiar, sigue siendo visto como la mejor forma de preservar/se de todo aquello que amenace la estabilidad y la integridad del grupo.

Otro elemento común entre las dos cintas es que, en ambas, el patriarca es en efecto el principal defensor de la familia contra el peligro pero, al mismo tiempo, es el vicario de éste. Así estructurados los vínculos intra y extramuros, es del peligro mismo de donde el padre obtiene la legitimación del poder ejercido sobre los demás, convirtiéndose así, lo quiera o no, sea consciente o no, él mismo en la amenaza más inmediata y potencialmente más peligrosa.

Por su parte, claramente y muy desde el principio, en El castillo… se sabe que el riesgo externo es falso por vía de la superlativización –“afuera todo es inmoral”–, mientras que en Las tinieblas, si bien la amenaza llega a cumplirse y cobra víctimas, tampoco se escapa a una magnificación que, desde la perspectiva argumental, es atinadamente justificada con la bruma referida en el título: no se sabe quién o por qué, pero afuera reside la letalidad, lo mismo bajo figuras humanas que en forma de la propia tiniebla que lo rodea todo y que se supone tóxica.

Si bien alude a La carretera, estupenda y desasosegante novela de Cormac McCarthy, como una de sus principales fuentes de inspiración para Las tinieblas, el propio Castro Zimbrón ha declarado la afinidad entre su filme y el de Ripstein. Donde la historia del también director de Tau (2012) –de cuyo espíritu felizmente se alejó el cineasta– empata más con McCarthy que con el autor de Profundo carmesí, es en el tratamiento que da a la relación padre-hijo. Las formas que puede adoptar este vínculo se muestran en Las tinieblas, como en La carretera, como de hecho se dan en muchos casos en el mundo real: densas unas veces, turbias otras, y regularmente orientadas al derrocamiento de la figura paterna.

Bastante bien para una película de aspecto engañosamente sencillo, genéricamente inserta en el terror de una distopía postapocalíptica.

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