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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Voces de la memoria

Palabras como memoria, solidaridad, equidad, independencia y soberanía se utilizan hasta quedar como receta de médico particular en manos de gente pobre. Y la buena conciencia de los prósperos pretenciosos postmodernos las repite como lemas de campaña. Memoria por acá, solidaridad por aquí, equidad de género acullá, independencia electoral, soberanía algebraica. Entonces esas palabras ya no enuncian acciones y sólo ambientan con acordes armónicos el hundimiento del buque capitalista. ¿Hay alternativa? Empecemos por la memoria. Hayden White afirma que el factor subjetivo imposibilita una elaboración veraz de la historia y, en consecuencia, es la eficacia narrativa la que da o resta validez histórica a una obra. Carlo Ginzburg contrapone a esta argumentación del relativismo postmoderno el peso de las pruebas objetivas en la recuperación cabal de la realidad pasada. Asimismo, en su estudio sobre la cosmogonía de un molinero del siglo XVI, Ginzburg avizora que las relaciones de la cultura llamada “popular” con la cultura dominante, no son sólo de sometimiento pasivo sino que presentan una dinámica circular pues, aunque en forma asimétrica, unas y otras se alimentan. ¿Cómo, si no, se explicarían los conocimientos con que un molinero concibe una visión distinta del universo, no solamente con elementos propios de los dominadores sino con ideas ajenas y aun contrarias a estos últimos? Al referirse al supuesto “monopolio del saber” Ginzburg señala que los dominados poseen “una cultura oral en su mayor parte”. Para que esta “cultura distinta” pudiera salir a la luz fueron necesarias la Reforma y la imprenta. “Gracias a la primera, un sencillo molinero había podido pensar en tomar la palabra”. Y con la imprenta éste articuló en conceptos su visión del mundo.

En La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich reflexiona: “Al recordar, la gente crea, redacta su vida. A veces añaden algunas líneas o reescriben… Y al mismo tiempo, el dolor derrite cualquier nota de falsedad, la aniquila. ¡La temperatura es demasiado alta! He comprobado que las gentes sencillas […] son las que se comportan con más sinceridad. Ellas –¿cómo puedo explicarlo bien?– extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas.” En el conjunto de su obra novelística “coral”, esta autora tiende dos rieles, el de la linealidad cronológica y el de la espeleología temática, para que sobre ellos avance el ferrocarril de la historia no oficial de las guerras soviéticas. Y con la metáfora de mecanismos de hierro describo la fuerza que ocupó la autora al seleccionar las voces testimoniantes, al sintetizar cientos y cientos de horas de grabación tomadas con el propósito de llegar a la verdad de las mujeres, a su silencio y a sus almas y, en fin, al trabajar con el alud de acontecimientos y sentimientos que gravitan en la frágil memoria individual y en la equívoca memoria colectiva.

Otro de los materiales de Svetlana Alexiévich, de peso similar a los recién mencionados, ayuda a que su beatificación nobelística le quede chica e impide que las corruptas repúblicas literarias puedan asimilarla a la narrativa contemporánea predominante. Me refiero a la herencia literaria e historiográfica que significan novelas como Boris Godunov, La guerra y la paz, Archipiélago Gulag, Los revolucionarios (trilogía de Víctor Serge) e Historia de un hombre real (de Boris Polevói, mencionada en Los muchachos de zinc). Al igual que obras menos renombradas pero no menos grandes de estos autores rusos; obras basadas, como las de ella, en las voces vivas de la gente común, así como en la robusta saga testimonial soviética de –otra vez– Víctor Serge y de León Trotski, así como en las obras de Larisa Reisner, escritora contemporánea de sus colegas mujeres agrupadas en el Muckraking Journalism de eu, país de donde provenían el John Reed de Diez días que conmovieron al mundo y el Truman Capote de Se oyen las musas. Revalidando las palabras en su oralidad, disponiéndolas en el tejido de las letras, elevando el lenguaje hasta sublimar su calidad comunicativa, Svetlana Alexiévich ofrece un arte que visibiliza la lucha protagonizada por las mujeres en pos de la dignidad, el amor, la paz y la justicia. En esa clase de arte, en el arte de esa clase, convergen elementos hoy inseparables: la literatura y la vida.

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