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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

En Aguascalientes rugió Guillermo Velázquez

 

Después de tanto ver sus videos, luego de topárnoslo en la radio, finalmente vimos sus solfeos, en Aguascalientes sobre tinglado. Hablamos de ese tal don Guillermo, Velázquez al frente de los Leones, leyenda encarnada en buenos versos, rockero sobre potentes sones. Es el mayor trovador de Xichú, antiguo y por las palabras nuevo. Escucharlo nos hizo felices, luego de temblores agrietados; nos levantó su huapango arribeño, pues andábamos un tanto tristes.” Y aquí paramos estas décimas, pues como verán nuestros lectores, nos falta gracia y las eficacias, virtudes que regalan los dones, son de las cosas raras que existen.

Semejante arte exige una vida dedicada a su aprendizaje y no sólo al rasgueo de una guitarra. Hablamos de un espectacular malabarismo de palabras, oficio en que Guillermo Velázquez triunfa naturalmente, queriendo sin quererlo. Invitados como él a festejar los 442 años de Aguascalientes, hace una semana sobrevivimos a veinticuatro horas de andanzas que terminaron –como siempre– en el bar del Perro Negro, bastión de buena música que por las noches reina al final de la avenida Carranza. Más que nuestra propia presentación en el bello Patio de las Jacarandas, arrinconado en la plaza central, fue la voz de Guillermo en el Jardín Guadalupe la que nos quedó resonando.

Como pasa siempre en aquella ciudad, la experiencia fue excepcional por varias razones, pero sobre todo por coincidir con los Leones de la Sierra de Xichú, grupo al que Velázquez –exseminarista y otrora estudiante de filosofía– comanda desde hace más de treinta años. Conjunto con el que ha grabado veinticinco discos y ha viajado por el mundo tendiendo lazos con sus pares, bardos comprometidos con la improvisación poética (repentistas, payadores, topadores) con quienes comparte los más variados temas y –justo en este momento de la historia– recobra impulso de juglar, voz de pueblo, expresión colectiva e irrefrenable.

Si bien las llamadas Peleas de Gallos entre raperos han cobrado enorme relevancia en foros urbanos e internet (una de las más importantes es auspiciada por Red Bull), hay grandes diferencias entre la manera en que unos y otros artistas improvisan. La rima prima en ambos géneros, cierto, pero en el caso de Guillermo Velázquez y tantos más que “luchan” en topadas y fandangos de son (sobre todo arribeño), las métricas juegan un papel preponderante. Eso, unido a pies forzados que deben respetarse, establece un parámetro de mayor tradición y genio.

No menospreciamos el arte de quienes se montan sobre ritmos de baterías y programaciones, pero su libertad retórica sumada a una tendencia a la grosería, la vulgaridad y lo ordinario es un mal heredado de ciertas gangs estadunidenses que, venidas o no de barrios underground, siguen sin evolucionar (claro, no podemos generalizar). Ello, empero, no ocurre en la música tradicional, allí donde los “ataques” se mantienen alejados de la violencia gratuita. Del mismo mal verbal adolecen, verbigracia, quienes en México hacen comedia de pie (stand up comedy), pues se rebajan a una bufonería que parece no funcionar sin ramplonerías escatológicas y elucubraciones soeces. ¿Sonamos conservadores? Todo lo contrario. Creemos en la vivacidad del lenguaje mordaz que, por mantenerse en el poder de los límites, se hace mucho más virtuoso y explosivo.

Es allí donde Guillermo Velázquez y los Leones de la Sierra de Xichú triunfan. La riqueza de su léxico se expande atendiendo a provocaciones del campo pero también tecnológicas, coyunturales, políticas y sociales que nos competen a todos, sin anclajes ni atavismos de comodidad. Sea con el azar de las cartas de la lotería, con las noticias del periódico del día o con los elementos que los rodean mientras tocan y zapatean –otra cosa de la que carecen muchos raperos y hiphoperos–, el talento se catapulta arrebatando sonrisas y fortaleciendo ideologías comunes.

Dicho esto, el día que vimos a Guillermo Velázquez y sus Leones –entre los que bien baila, toca e improvisa su hijo Vincent–, las décimas volaron enalteciendo la fundación de Aguascalientes, su pasado precolombino, el jardín que nos albergaba, la campana sonando en la iglesia, los niños jugando en trampolines y los muchos celulares que encendidos capturaban el momento. Tañendo las cuerdas como si se tratara de una banda de punk, el trovador inundó la tarde cruzando tiempos y generaciones, brincando en terrenos paralelos de una misma historia: “Y si a una reunión concertada –o donde quiera que estemos– ya a los ojos no nos vemos ni platicamos ni nada, todos la vista clavada y los dedos en acción, consumiendo información o mensajeando al segundo, como ajenos a este mundo… y esta es una simple razón: se convirtió el celular en compulsión y en manía, y en el push y en whatsapear se nos pasa todo el día.” Qué felicidad que pudimos verlos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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