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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

Kafka, el profeta

La imaginería popular ha querido ver en el profeta a un adivinador del futuro. Una idea falsa. Para que hubiese podido concebirse en la época de su surgimiento (finales del siglo XI ac al siglo VI AC) habría sido necesario que la noción del futuro existiera ya en el lenguaje, cosa que, según lingüistas y filólogos, no era aún clara en las lenguas antiguas. El profeta (el nabí es su nombre en hebreo) es –como su etimología lo revela– alguien que “habla en nombre de”, en este caso de Dios. De allí que el profeta inicie su discurso diciendo: “Escucha, Israel; esto dice el Señor.” El profeta aparece así para restablecer, al traducir las inefables palabras de Dios, el sentido que se perdió y señalar que, de no reestablecerse, pueden suceder cosas tan terribles que sólo un lenguaje metafórico y fantástico en su terribilidad es capaz de expresar. Las expresiones apocalípticas de todo el profetismo hebreo son de esa naturaleza.

Aunque el profeta moderno –al que una analogía de Platón relaciona con el fabricante, es decir, con el poeta– no pretenda ya hablar en nombre de Dios, procede, cuando es tomado como mediador del sentido, de la misma manera. Uno de ellos es Kafka. El hecho clave de su decir es, como lo señala Georges Steiner, que en el mundo roto de su época, sometido a una burocratización sin sentido o, en otras palabras, en un mundo donde el sentido se malversó, se le reveló una premonición espantosa que sólo pudo decir mediante sus fantásticas y aterradoras parábolas. No había otra forma de describir aquella revelación. En este sentido, El proceso no sólo “prefigura el sadismo furtivo y la histeria que el totalitarismo desliza en la vida privada y sexual, el hastío sin rostro de los asesinos”, prefigura también esa misma tragedia en el caos del mundo criminal que se ha apoderado de México, el oscuro deslizamiento de un colapso ético en el esqueleto y el cuerpo de cualquier sociedad que extravió el sentido de la vida política y social. Desde que Kafka se puso a escribir, el número de los que, como Joseph k, son arrastrados para morir “¡como un perro!” ha crecido y se ha diversificado por el mundo entero.

A Kafka, para su desgracia, no sólo se le concedió escuchar en el lenguaje oscuro de Dios o de lo puramente Oscuro, lo que del nazismo se ocultaba en el sinsentido de una época perdida, como han querido ver sus analistas más finos. Escuchó algo más espantoso, el colapso de toda la tradición humanista que fundó a Occidente sobre el judeocristianismo y el mundo griego, su corrupción más brutal y espantosa: el desfondamiento que Gandhi denunció en el maquinismo y los Estados de Occidente y que Iván Illich definió como la “corrupción de lo mejor”: la reducción del ser humano a una “sabandija”, a un número, a una cosa, a una función, a una estadística, a un objeto administrable o utilizable para cualquier tipo de fines.

Esta experiencia de la malignidad de la máquina burocrática e industrial, está expresada en La colonia penitenciaria. En ella, el condenado es sentenciado a padecer bajo una máquina infernal que, mediante una rastra, escribe sobre su piel su sentencia para luego dejarlo morir. Esa máquina, en la que la escritura ha sido reducida al galimatías de una culpabilidad absurda, termina por ser usada sobre el propio verdugo.

Como sucede en nuestra época, en donde estamos sometidos a todo tipo de máquinas –desde la del Estado hasta la del celular, pasando por la de las armas–, el verdadero héroe de La colonia penitenciaria, dice Politzer, “el ‘aparato singular’ sobrevive a pesar su destrucción, incoquistado e inconquistable. Kafka no encontró un final para las visiones de horror que lo perseguían”, y no lo encontró, quizás, porque realmente ya no hay un final: tal vez el sinsentido hasta el cual el ser humano ha caminado no tenga ya otra historia que el orden penitencial del infierno.

Visto desde allí, podría decirse que Kafka es el último de los profetas. Después de la destrucción del sentido que revelaron los profetas y que, para Occidente, culmina en el Evangelio, lo único que le queda a la palabra ante el horror sin fin es el balbuceo terrible de Beckett y de Paul Celan y, más allá, el fracaso de la palabra como la poseedora del sentido.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE .

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