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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

El Cervantino, medio siglo de desafíos culturales

A casi medio siglo de la fundación, de la institucionalización de la fiesta cervantina que se gestó en Guanajuato con la voluntad de llevar la palabra a todas partes y convertirla en una aventura escénica, el Festival Internacional Cervantino tiene logros significativos y desafíos que son el síntoma del estado de cosas que imperan en la entidad y que ha sido muy difícil conjurar.

La entrega pasada comenté el Proyecto Ruelas, liderado por cuatro directores de enorme solvencia, aunque Raquel Araujo ha tenido la experiencia más cercana de convertir a la comunidad en hacedores de teatro y partícipes muy activos como espectadores comprometidos con el proceso mismo de gestación de las obras. Mérida ha sido su laboratorio y la suya es una experiencia cuyo proceso es aleccionador.

Sara Pinedo, Juan Martín Solís y Juliana Faesler también son directores solventes y con una trayectoria que hace viable la digestión de los problemas que enfrentan y enfrentarán en las comunidades donde trabajan no sólo con el compromiso de sus actores, sino también con el de una comunidad que los respalda y empodera a mujeres, jóvenes y niños/púberes, que el teatro visibiliza.

Cuando concluya este sexenio y los equipos de trabajo se diluyan, volverá la incertidumbre sobre las posibilidades de autogestión y la continuidad fuera de los cobijos institucionales.

Ahí están los ejemplos valiosos y al mismo tiempo tristes de El Teatro Campesino e Indígena de Oxolotán, en Tabasco, y la experiencia con las comunidades mayas en Yucatán, ambas con el liderazgo de María Alicia Martínez Medrano, una especie de coronel Kurtz benigno e inteligente (como la bautizó con tino Jaime Casillas Ugarte) que logró crear toda una escuela para el teatro grupal, campesino, indígena y obrero que hace mucha falta no sólo en Guanajuato. Aunque hay que decir también que al romanticismo de estas empresas culturales se suma el realismo que enfrentan sus posibilidades de autonomía y autogestión, cuestionables dado su estado de vulnerabilidad y el inevitable mecenazgo, además del aporte gubernamental que termina viendo con codicia política el reconocimiento social de sus logros artísticos. Empero, el beneficio de la conciencia social que se genera es una vía al mejoramiento de sus condiciones de existencia.

El Cervantino ha contribuido también al desarrollo del periodismo cultural, a la presencia de la cultura en los medios, mucho más que los propios medios de comunicación que han descubierto que las artes escénicas no son un decorado obligatorio en muchas planas provincianas (muchas de ellas en periódicos de circulación nacional) dedicadas a publicar la cartelera local, pero que poco a poco han abierto sus puertas a los egresados de las carreras de Comunicación, Periodismo, Letras y Teatro. Con el Festival han descubierto que el cine, la ópera, la danza y el teatro no son materia exclusiva de las secciones de espectáculos. Aunque forman parte de las páginas de cultura, todavía no cuentan con el ejercicio crítico suficiente como para provocar lecturas originales e inéditas en los públicos que, a duras penas, se forman y sostienen exclusivamente como espectadores que consumen la cultura patrocinada institucionalmente.

Los consumidores cautivos son los propios hacedores (que en ocasiones tampoco asisten a los trabajos de sus colegas), pero aunque forman parte de las estadísticas no son el público que se proponen crear ni conquistar las instituciones que tienen el cometido de fomentar, difundir y hacer una cultura para todos.

Lo que se premia y se reconoce hoy como periodismo, al menos así fue este año, son los esfuerzos más modestos de participación periodística. Periodistas locales que han crecido con la voluntad del autodidactismo, lejos de la herramienta académica y de ese mundo profesoral que abomina la talacha de las redacciones: la siempre insuficiente nota informativa, en un despliegue que posee el mínimo ejercicio de géneros como la crónica, el reportaje, la entrevista, el ensayo, porque están muy lejos de esos diaristas que sólo responden a preguntas del orden del quién, cómo, cuándo y dónde. Los porqués, los sentidos interpretativos, comparativos y de contextos estéticos y sociales, si llegan, será a posteriori, cuando el festival sea historia y nadie sea capaz de recordar de qué hablan los académicos. La crítica todavía es un erial.

El otro desafío para las artes escénicas será conquistar, con producciones y procesos de participación, al público infantil y a esos jóvenes que ven al Festival y a la ciudad de Guanajuato como un paraíso iniciático de lo amoroso, lo sexual y lo festivo.

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