Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria en septiembre

El polvo. El golpe del polvo en el aire; el aire muerto de polvo. Se abrió desquiciada la puerta, se esfumó el pasillo en la sombra, se cortaron los vidrios. De lejos, a través de todos sus suelos, vino la tierra a quitarme los pies de todos los pisos, a ponerme en la frente los techos, a encajarme en los hombros los muros. El empellón de su hondura tajó los cimientos, quebró columnas de acero y de calcio, trozó el sosiego de sillas y mesas, el poder de rodillas y dedos, deshojó macetas y libros, dislocó cajones, familias y armarios, brazos y cuadros. El corazón me empuja la espalda. Los granos del polvo secreto armaron un mazo hacia abajo en un estruendo de cielos caídos. En la trampa de huecos y aristas que el desastre construye, arde el vacío de esta hendidura. Otro frío me empuja en el pecho su aguja hacia arriba. Abro los ojos a veces. O a veces los cierro. La misma oscuridad todavía. Un amasijo de arena, ladrillos y losas, de tubos, cornisas y trabes de hierro fundido me aprieta el aliento a pedazos. Poco sé de mi cuerpo y mi cuerpo todo me sabe. Suena una gotera distante y una cortina de grava que aún se desliza; las varillas, tabiques y clavos perdidos de casa labran y crujen el caos. Y el polvo no cesa, no acaba de erguir su violenta vigilia, de soplar su nube de espantos, sus girones de ropa y astillas de espejos. En este resquicio, a salvo sólo por una minucia, por una hebra de azar en las leyes del peso, los ejes y formas del espacio forzado, el tiempo se orilla y me orilla. Ya es otro. Yo soy otra. A veces me muevo, me palpo el doble dolor que me crece en la pelvis, la punzada en la nuca, la torsión de tobillos y codos y sólo de un pie me descubro descalza. Dónde quedó mi zapato. De dónde quedé desprendida. Si me olvido, si me suelto ahora de mí en esta rendija, si no me ciño amorosa a este nicho extraviado, a esta fisura en la nada, me muerde los dientes la vida y me muere. Quiero mi miedo, me digo, en mis riñones y miembros su savia incolora, su áspero olor ancestral a la vida conmigo. En su otra orilla pasan ligeras las horas si no fueran instantes o edades completas en un punto, una línea, un planeta en mi boca. Grito en medio de un grito un llanto un gemido un suspiro un estertor y luego el silencio –ese silencio– me tirita por dentro. Cerca a mi lado o encima o atrás en un recoveco sinuoso alguien me habla y regreso. En esta penumbra de cripta la voz nos destella y así nos rescata y alumbra su eco. El polvo se asienta, cubre las puntas y filos del caos que no cesa sus ruidos a punto de otro desplome de cielos, de otra coz de la tierra. En eso llaman afuera, oigo los pasos y picos y palas, los taladros y sierras, su múltiple afán cadencioso en cadena. Excavan canales, tienden puentes en vilo, apuntalan y ensanchan rincones. En la atroz desnudez de las ruinas, buscan a mano una mano, un nombre, el otro que somos aquí suspendidos. Con los labios hinchados de polvo entonces murmuro: que me alcancen sus ganchos, poleas y sogas; que mi voz diluida, mis nudillos gastados y uñas comidas en el gris del concreto resuenen y abran sus puños cerrados en alto; que el calor que me queda en el vientre y los ojos deje su mancha en el aire y la sigan; que el sudor de mi miedo trace una ruta y a este agujero salvaje llegue el tibio resuello de un hocico afelpado y huela en mi cuello el umbral de la vida…


comentarios de blog provistos por Disqus