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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La casita en el zapato

Existe una canción infantil inglesa del siglo XVIII que habla de una anciana señora que tenía muchos hijos y vivía con ellos dentro de un zapato. Era paupérrima. Antes de acostar a los niños les daba nalgadas y caldo sin pan. Lo de las nalgadas me lo explico como parte de una estrategia para obligarlos a aguantar el dormir en bola, lo del caldo sin pan a la pobreza. A esta canción y a sus versiones más escabrosas les corresponde el número 19132 de un índice de temas populares anglosajones que se llama el Índice Froud.

Desde el día del temblor no he podido dejar de pensar en ella. Quizás porque, como era de esperarse, han salido a la luz un montón de irregularidades en los permisos de construcción y los materiales usados para éstas en muchas colonias afectadas. Porque los precios en las rentas se han disparado y aquello que resultaba evidente para los ciudadanos comunes y corrientes, es decir, la voracidad de los delegados que permiten, moche de por medio, que se construyan edificios que albergan a varias familias donde antes vivía un sola, se ha convertido en un tema que ocupa las primeras planas de los diarios.

La brecha entre los sueldos y las rentas en Ciudad de México es una de las aristas más afiladas de la guerra de clases, pero en una ciudad con las características de ésta, el asunto toma visos de crisis cuando tiembla, se inunda o el aire pierde calidad. Es decir, a diario. No es lo mismo no tener para rentar cerca del centro en Oslo, donde la lista de espera tiene años de duración, que no poder pagar una renta cerca del lugar donde se trabaja en México. ¿Por qué? Porque nuestro transporte público está rebasado, mientras que en Noruega es de primera. Si uno vive en Chalco y trabaja en la Juárez son más de dos horas de ida y más de dos de vuelta. ¿Y la vida?

Se podría argumentar que los edificios que brotan como hongos son la solución, ya que albergarían a muchas familias donde antes había una. Pues no. En primer lugar, en su mayoría son carísimos y buscan reemplazar la vida clasemediera con el lujo. En segundo, encarecen los servicios y los recursos. Es la gentrificación, que en Madrid, por ejemplo, este mismo año levantó olas por convertir el famoso barrio popular Lavapiés, en un enclave hipster.

Es imposible ignorar las lecciones del pasado. La noticia de la entrega de casas a familias que perdieron todo en 1985 se difundió el 6 de septiembre de este año, un día antes del sismo que tiró tantas casas en Chiapas y trece días antes del sismo que cimbró Morelos y esta ciudad. ¿Qué va a suceder con quienes ahora perdieron todo? ¿Cómo compaginar la nueva Ley de Vivienda de la Ciudad de México, promulgada el 23 de marzo de este año, con esta emergencia?

Las novelas ofrecen vislumbres. Hace un año me obsesioné con un detective turco, el inspector Çetin Ikmen, una creación de la novelista inglesa Barbara Nadel. En una de las novelas, la acción corre paralela a las reflexiones de los personajes acerca del fenómeno de la gentrificación. En Estambul los barrios tradicionales han sido remozados, renovados y convertidos en zonas caras. El barrio gitano, uno de los más antiguos en esa ciudad venerable, es ahora una moderna zona de cafés, airbnb, restoranes y centros comerciales. ¿A dónde fueron a parar los gitanos? Eso no lo dice la novela, como tampoco sabemos a dónde fueron a parar los habitantes de Shanghai, una ciudad que se gentrificó velozmente y que se ha convertido en una metrópoli impagable para la mayoría de los chinos.

En Estados Unidos es un asunto controversial . Hay una novela de Marge Piercy que me reveló hasta qué punto es esencial en el entramado de la vida citadina. El libro se titula Fly Away Home y cuenta las peripecias de una mujer que descubre que su marido está aliado con una banda de contratistas que quieren comprar edificios viejos y renovarlos. Cuando los dueños se niegan a vender, los villanos queman los edificios, a veces con los inquilinos adentro. Fue la primera vez que leí la palabra gentrificación.

Los cambios son inevitables, se entiende. Pero, ¿por qué en lugar de construir sin ton ni son no se mejora lo que hay? No sólo en las zonas céntricas; en todas. Se deben subir los sueldos bajos y controlar las rentas altas.

Habría que completar los servicios en la ciudad entera, para que no parezca que los chilangos vivimos en varios planetas distintos: el pobre, el mediano y el impagable.

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