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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

La 57 Bienal de Venecia

 

Reseñar una bienal de arte como la veneciana –la más antigua y extensa del orbe– es siempre una misión complicada. Algo así como tratar de sintetizar los 7 tomos de la obra proustiana en una cuartilla. El propio recorrido de los pabellones oficiales en I Giardini y en el Arsenale –y allende en los museos y palazzi de la ciudad– es todo un viaje transdisciplinario prácticamente inabarcable, pero los kilómetros caminados son bien remunerados con la aventura que involucra el gozo estético, la reflexión intelectual y la exaltación de emociones y percepciones antagónicas en un evento que conjunta las más diversas expresiones artísticas. En mi experiencia personal, esta Bienal ha resultado la más disfrutable en muchos años, por tratarse de una curaduría que ha conseguido incorporar una pléyade de artistas provenientes de parajes remotos que nunca habían participado en este evento y que han sorprendido por sus propuestas frescas y novedosas, tratadas con honestidad desde la calidez del alma y no desde la frialdad de los valores que regula y exige el dictatorial mercado del arte.

La directora artística de la Bienal –Christine Macel (jefa de conservación del Centro Pompidou de París)– congregó a 120 artistas de más de cincuenta países, de los cuales 103 participan en este evento por vez primera y, entre ellos, destaca una mayoría de mujeres. “Viva arte viva” es el lema de la muestra que privilegia a artistas que hablan de las utopías, de la defensa de las identidades y de la memoria en el mundo globalizado, de la importancia de volver la mirada al pasado y reconstruirlo para recuperar las tradiciones. El punto de equilibrio entre tradición y vanguardia permea en muchos de los artistas aquí reunidos. “El criterio para hablar de un artista no debería ser sólo su éxito o su valor mercantil”, expresa Macel en entrevista para el diario El País. Este criterio, con el cual coincido plenamente, la llevó a invitar a un buen número de artistas desconocidos provenientes de los cinco continentes –además de muchas figuras de gran prestigio internacional– integrados en un guión curatorial que, más allá de seguir un hilo conductor preciso, da lugar a la libre expresión de los temas convocados. Su guión curatorial consiste en nueve núcleos temáticos distribuidos entre el Pabellón Central y el Arsenale: el pabellón de los artistas y los libros, de las alegrías y los miedos, del espacio común, de la tierra, de las tradiciones, de los chamanes, el dionisíaco, de los colores, del tiempo y del infinito. Tópicos que se entrecruzan y se complementan creando un vasto diálogo de expresiones que tienen mucho que ver con la relación del ser humano con su entorno y con su idiosincrasia. El discurso crítico de la mayoría de los participantes va más allá de la expresión literal de la barbarie que azota a nuestro mundo actual, a diferencia de lo que se vio en la edición anterior curada por el nigeriano Okwui Enwezor. Se percibe aquí una insistencia en retomar la poética del arte en sus más diversas acepciones, apelando a la belleza de la sencillez y a los lenguajes diáfanos que se contraponen a los discursos almidonados, pretenciosos y frívolos de muchas de las grandes estrellas del arte contemporáneo que lo que buscan es sobresalir a partir del escándalo. A diferencia de algunas críticas que han tachado esta Bienal de light y condescendiente, mi percepción se inclina a avizorar un evento que derrama vitalidad, como lo anuncia su lema, un arte vivo que busca recuperar el alma que se ha extraviado en los vericuetos crípticos del mundo de las tecnologías. En este sentido, llama la atención la predominancia de obras realizadas con técnicas artesanales: textiles bordados, tejidos y pintados a mano, piezas exquisitas modeladas en cerámica y arcilla o esculturas orgánicas son la expresión de artistas como Achraf Toulub (Marruecos, 1986), Petrit Halilaj (Kosovo, 1986), David Medalla (Filipinas, 1942), Francis Upritchard (Nueva Zelanda, 1976), Cynthia Gutiérrez (México, 1978), Heidi Bucher (1926-1993), Abdoulye Konaté (Mali, 1953), Sheila Wicks (Estados Unidos, 1934) por mencionar sólo algunos. Maria Lai (Italia, 1919-2013) se aventuró aún más lejos en la exploración de los materiales y creó unos preciosos libros modelados con masa de pan y horneados a la manera tradicional. La Bienal de Venecia es una invitación a expandir los sentidos hacia el terreno de lo cotidiano, ese ámbito de intimidad que resulta cercano y lejano en nuestro tergiversado mundo actual. Hay de todo en la viña de la Bienal.

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