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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Sueños, último disco de la cantante y pintora Jaramar Soto –a presentarse el próximo sábado 4 de noviembre en el Teatro de la Ciudad–, propone un paso traslúcido sobre las carreteras del mundo onírico. Nacido el año pasado como parte de un espectáculo escénico, su naturaleza fue desarrollada con la complicidad de la poeta Carmen Villoro, la bailarina Karen de Luna, el creador multimedia Ricardo Arzola y la escenógrafa Paloma García. Pensando ello, la compositora decidió lanzarlo ahora en formato digital para después presentarlo –en 2018– como un libro que dé fe y registro de lo acontecido en su origen.

Aunque existe como disco en solitario, es muy valioso y disfrutable. Atípico para México (no así para Brasil o Argentina), atiende a una mezcla sofisticada de sonidos clásicos, folclor latinoamericano, influencias mediterráneas y vanguardia. Desde el principio es fruta sin prisa de maduración, dinámica y variada pero siempre comprometida con la duermevela teatral. Su condición es sabiamente indecisa. Oscila entre canciones formales y piezas breves de sustancia panorámica, pero en todas impera la buena letra, la solvencia de un grupo reducido de músicos que apuesta por elegancias tímbricas.

Dicho esto, y para seguir con metáforas surrealistas, que de eso se tratan los sueños, si el vehículo con que nos transporta este disco es todo terreno –se adapta sin exigencias a la forma del día– lo es por vulnerable, por aéreo, pues no se compromete con la dureza del hallazgo sino con la confianza de su dirección, de su estar volando. Digamos que conforme avanza cambia su densidad sin sobrecargarse nunca, sin dejar de creer en el aire. Ingreso, exploración y salida de la alucinación nocturna, su concepto no subyace sólo en la dotación instrumental, composición o arreglos que se integran al fino tratamiento de la voz, sino también en la mezcla y producción general. Eso es algo que le aplaudimos de siempre a Jaramar, pues no se conforma con la hechura de una buena canción; le importa su envoltura, la manera como cambia de nivel y calidad en el oído antes de prodigar sus emociones.

Destaca junto al de ella, hay que subrayarlo, el desempeño de su hijo Luciano Sánchez en batería y percusiones. Colaborador en otros trabajos y en vivo, lo que aporta no tiene que ver con apellidos. Sus ejecuciones lineales, vestidas de canto, aportan una sintaxis holgada cuya filosofía de acompañamiento se acerca a lo orquestal, consciente de la narrativa que lo envuelve. Algo parecido podemos decir sobre la guitarra maravillosa de Alejandro Alfaro, virtuosa desde una perspectiva plástica, insatisfecha en una abstracción que evita pirotecnias gratuitas. De ida y vuelta entre lo etéreo y lo sólido, contrabajo y tuba (ambos a cargo de Carlos S. Vilches), así como el violonchelo de Yoshio Nishikawa, suman un andamiaje dramático consiguiendo para el disco un sentido total en donde cada parte necesita de la otra. Hablamos de la tierra deseada y tantas veces mal entendida llamada unidad conceptual.

Y si se lo preguntaba, lectora, lector, Sueños tiene doce piezas con títulos y temas que surcan al día en un auténtico periplo que, sin desatender al amor, juega con imágenes ligadas al paso de las horas, a divagaciones pasajeras y a provocaciones poéticas bien correspondidas por su banda sonora. Son éstas: “De mañana”, “Soplo”, “Tan sólo un film de carretera”, “Tu cuerpo”, “El imperio de la luz”, “Aparece de noche”, “El imperio”, “Máquina”, “Náufragos”, “Cielo”, “No hay pasto en el mar” y “En el fondo de mi vaso nada un pez”.

En conclusión, no es casual que aprovechando su fértil personalidad y la inercia de El hilo invisible (álbum galardonado con el Grammy a Mejor Disco de Música Clásica en 2016 y en donde comparte créditos con el Cuarteto Latinoamericano), la nueva aventura de Jaramar provenga de un espectáculo de múltiples dimensiones y cruces artísticos, de una brillante fuerza onírica que podremos escuchar en el Teatro de la Ciudad si aprovechando su voz ingresamos al imperio de los Sueños. Queden sus palabras en una conversación reciente como invitación final: “Es un proyecto en el que creo que avancé bastante en mi camino de búsqueda expresiva”. Y sí, estamos de acuerdo. Hoy Jaramar exhibe una confianza que no tiene que ver con su mucha y bien lograda experiencia, sino con el reconocimiento de un poder que le permite indagaciones arriesgadas, sondeos en una nueva “zona de confort” que se ha agrandado a base de esfuerzo y talento. Lo celebramos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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