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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

La patria purificada

 

Pocos fueron los artistas que sobrevivieron al holocausto cultural, cuando el Tercer Reich cortó una de las más ricas arterias del arte alemán. Nelly Sachs, más que sobrevivir, zozobró, a punto de refrendar lo expresado por Theodor Adorno respecto a que después de Auschwitz no podía continuar escribiéndose poesía. Nelly demostró que la poesía no sólo era posible, sino un vehículo óptimo para restaurar la cultura masacrada. En 1966, en circunstancias excepcionales, la poeta suecogermana de origen judío compartió el Nobel de Literatura con el israelí Shmuel Yosef Agnon (1888-1970), autor, entre otras, de la extraordinaria novela épica de pioneros emigrantes de la Alemania nazi titulada Only Yesterday (1945). Sería, además, la primera mujer judía en obtener dicho galardón.

Leonie Nelly Sachs nació el 10 de diciembre de 1891, en Berlín, Alemania. Vivió su infancia y adolescencia en Tiergartenviertel, uno de los más elegantes barrios de Berlín. Empezó a elaborar versos muy jovencita, quince años como mucho. Versos de amor, claro. Ese rasgo de su poesía –lo amoroso, lo sentimental– no la abandonaría ni en sus instantes más desgarradores, aunque llegara a transformarse en llanto quieto, pudibundo, avivado de pronto por arrebatos de ardor místico. La máxima inspiración literaria de la joven Nelly fue nada menos que la escritora sueca Selma Lagerlof (1858-1940), primera mujer en obtener el Nobel de Literatura, y con quien iniciaría nutrida correspondencia desde su adolescencia. A Selma dedicó Nelly su primer y único libro de relatos, Leyendas y relatos (1921). Aunque en Lagerloff encontraría la primera inspiración, cimentaría la parte herida de su obra en el Zohar, en la tradición cabalística y en el jasidismo. Su obra es, si se me permite el término, científicamente religiosa. En 1933 moriría su amado padre, lo que silenciaría su pluma por muchos años. El arribo de Hitler al poder en 1930 estuvo a punto de callarla para siempre. Esta desgracia habría de trastocar para siempre su percepción de la vida y, por consiguiente, su sentido de la poesía. Madre e hija fueron recluidas en un campo de trabajos forzados donde morirían varios miembros de su familia. Lograron huir, en condiciones no muy claras, rumbo a Suecia, al parecer por mediación de la mismísima Selma Lagerlof, aunque para cuando llegaron a Estocolmo Selma había muerto. Se instalaron en un edificio del barrio Bergsunds-tran, situado junto al lago Malär, al sur de Estocolmo, sede de la clase proletaria. Aprendió el idioma con sorprendente facilidad y se dedicó a traducir poesía del sueco al alemán. Esta lengua habría de enamorarla hasta la perturbación, a través de su fanática lectura de poetas nativos, como Gunnar Ekelöff y Karl Vennberg. Según sus biógrafos, la imperturbable Nelly no dejó traslucir su angustia y el profundo daño psicológico sufrido a consecuencia de la persecución, sino hasta después de la muerte de su madre, en 1950, año en que se recluyó por primera vez en un sanatorio psiquiátrico.

Nelly publicó su primer libro de poesía a los cincuenta y seis años: En las casas de la muerte, en el que emplea el talante profético del Antiguo Testamento. A partir de aquel primer libro de poemas, Nelly se convirtió en voz emblemática de las víctimas del Holocausto. Le siguieron muchos más, como el maravilloso Vuelo y metamorfosis, de 1959, pero la obra por la que se volvió popular en su natal Alemania es una obra dramática en verso llamada Eli, que se estrenó en la radio germana en 1958. En español aparece compilada bajo el título La pasión de Israel (Grijalbo, España, 1973, Traducción de María Rosa Borrás). Aquí se recrean las escenas, los sonidos, las sensaciones experimentadas por los habitantes de un pueblo durante la ocupación nazi. Eli, a quien se alude en el título, es un niño de ocho años al momento de ser asesinado durante la captura de sus padres. La mayor parte del tiempo se está invocando al niño, a través de lo único que ha quedado de él: una camisa manchada de sangre. Otra de sus temáticas recurrentes es la culpa. La sensación de vivir una vida prestada, usurpada… de haber sobrevivido a costa de la muerte de otros.

Por desgracia, la delicada poesía de Nelly Sachs se ha convertido en una pepita muy difícil de aquilatar, pero el vigor de sus palabras y su dolorosa ternura no dejará indiferente a quien dé con ella en alguna librería de viejo. Murió de cáncer el 12 de mayo de 1970, con apenas unos días de diferencia que el autor con quien compartió el Nobel, Shmuel Yosef Agnon.

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