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Bitácora bifronte
Por Ricardo Venegas

La Academia de Letrán: esplendor y prudencia

 

Según consta en la copiosa bibliografía del siglo XIX, los días más felices de Guillermo Prieto estuvieron marcados por las amenas reuniones de la Academia de Letrán. El anciano, falto de aseo y con una descuidada melena en sus últimos años, recordaba aquellos días de los mejores tiempos de la Academia: de 1836 a 1838. Manuel Payno menciona su desaparición en 1842. Formalmente, la Academia desapareció en 1846. Prieto atribuyó el declive a la devastadora política que, se dice, absorbió a José Joaquín Pesado en 1838 con el cargo de ministro del Interior, entre los que tuvieron oportunidad de colocarse en algún cargo público. Quien no perdonó a Pesado fue Payno, quien le espetó que “mutó de católico liberal a pragmático conservador”. La Academia de Letrán dio su último suspiro habiendo reunido a tres generaciones: la de Quintana Roo y Ortega; la de Carpio y Pesado, y la que va desde José María Lacunza y Fernando Calderón hasta Rodríguez Galván, Prieto, Larrañaga, Navarro, Ramírez y Payno.

Aceptado con calzador entre los lateranos como participante en las reuniones, José Justo Gómez de la Cortina, mejor conocido como el Conde de la Cortina, causó amargas discusiones y agrios desencantos; recibió de Santa Anna la Orden de Guadalupe y le dedicó textos de su autoría. Su apatía por los jóvenes era evidente; de costumbres de alta sociedad y con pretensiones de “pureza del lenguaje” (adoptó como una biblia las normas de la Real Academia), su visión de la literatura se reducía a “escribir bien” y muchas veces echó por la borda los poemas que para él eran descabellados o que salían de sus parámetros; se convirtió en un crítico implacable de la producción literaria de los jóvenes poetas y, como puntualmente señala Campos, “no se dio cuenta, o no quiso, o no pudo tristemente darse, que en esa agrupación estaba el germen de la mexicanización de la literatura, o si se quiere, el alba de la literatura mexicana moderna”. En su soberbia de intelectual y como noble servilista de Fernando VII (gracias a él ocupó diversos cargos), de quien fue su protegido, nunca se dignó a reconocer el talento de los que ahora son considerados los fundadores –independientemente del juicio que se otorgue a la calidad de sus textos– de la lírica nacional. José María Lacunza es quien se anima y le contesta al Conde de la Cortina, le aplaude su celo literario, aunque le advierte que no está bien enfocado; el mismo Prieto reconoce en Memorias de mis tiempos la alegría de aquellos años en que la primera academia se reunió, aunque señala cómo los comentarios ácidos y acres del Conde les “rebajaban las pretensiones del amor propio”. Pese a ello, los “lateranos” fueron verdaderos caballeros ante la patanería del voluble Conde, supieron escuchar para asimilar la lección, entendieron. Para la tradición poética mexicana estos fueron los primeros talleres literarios, este fue el modelo con el que comenzó la escritura del México independiente.

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