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Lolita roja
Territorio Lolita, Ana V. Clavel, Alfaguara, Mexico, 2017.
Por E. G.

Pedofilia y pederastia no son lo mismo, aunque la ignorancia y ligereza de quienes dominan los medios de comunicación las hayan vuelto sinónimas. En tiempos en que reina el pánico con respecto a la pederastia, justificado por las nuevas tecnologías que facilitan el acceso a cualquier aberración, se ha llegado a censurar lo que no hace mucho solía ser no sólo natural sino hermoso. ¿Cómo olvidar la reciente polémica, llevada al absurdo, del ama de casa australiana que pisó la cárcel por publicar en Instagram un retrato de ella con sus hijos en una bañera? Duele pensar que la extraordinaria fotógrafa Sally Mann, que realizó algo un poco más osado con sus tres hijas, no hubiera podido regalarnos sus bellísimas fotografías de haberlo intentado hoy.

Esa es una de las razones por las que me atrevo a calificar de valiente –entre otras cosas– a la escritora mexicana Ana Clavel, que con una exquisita sutileza que en ningún momento linda el eufemismo ni la ultra corrección política, autopsia el polémico tema en su más reciente libro, Territorio Lolita, ensayo que, al igual que sus novelas, es un bosque de asombros. Como señala desde el título, el libro parte de la arquetípica figura de Dolores Haze, mejor conocida como Lolita, personaje creado por Vladimir Nabokov que, en estos tiempos en los que la doble moral se ha vuelto triple, oscila entre la devoción de quienes lo reconocen como uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, y aquellos que insisten en juzgar moralmente su obra, y esto, por lo que a mí respecta, resulta más inmoral que escribir sobre un adulto enamorado de una nínfula, término que Clavel privilegia sobre el de ninfeta, popularizado a principios de los ochentas, cuando se dio una especie de boom hollywoodense de niñas –doce, trece, catorce años– protagonizando películas para adultos, tema abordado asimismo en el libro que nos ocupa y que abarca literatura y artes plásticas y visuales.

Aunque Lolita es su punto de partida, Ana Clavel empieza por reconocer que la figura de la nínfula –que se remonta a “las ninfas” de la mitología grecolatina, hijas pequeñas de Zeus– es muy anterior al personaje nabokoviano en el que encuentra su apoteosis. Los preceptos morales fluctúan continuamente, y los niños no pueden sustraerse a ello. Antes de Freud se les consideraba criaturas asexuadas, casi angelicales –o sin el “casi”–, lo cual no significa que estuvieran a salvo de los bajos instintos de los mayores, tal como un gran ausente en este ensayo, el Marqués de Sade, asentara en sus novelas. La niña sin nombre de la Caperuza Roja, que Charles Perrault tomaría prestada a la tradición popular oral, y sufriría otra mutación en manos de los Hermanos Grimm, sería utilizada por aquél para advertir a las muchachas vírgenes contra los peligros de confiar en extraños. Pero antes que Perrault la trastocara en una doncella estúpida que paga con la muerte su transgresión, y a quien los Hermanos Grimm cambian tan ingrato destino, no así su ingenuidad lindando la idiotez, la posteriormente llamada Caperucita Roja no sólo burla al Hombre Lobo –como era referido el Lobo Feroz, ancestro de Humbert Humbert– sino que previamente ha compartido con él un ritual canibalesco y se ha acostado desnuda a su lado, strip-tease incluido. Fue esta faceta desconocida de la Caperuza/Caperucita Roja la que inspiró a la propia Ana Clavel una de sus novelas más inquietantes, El amor es hambre (Alfaguara, 2015), donde una Caperucita contemporánea, chef de profesión, confunde peligrosamente los apetitos carnal y nutricio, creando una muy personal gastronomía.

En el otro extremo tenemos a Alice Liddell, la niña idealizada y múltiplemente inmortalizada por Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Clavel nos introduce a la época victoriana, en donde las mujeres casadas –sinónimo de “decentes” – debían reprimir su sexualidad con la misma enjundia con que sus doncellas de cámara tiraban de las cintas de los corsets que apenas les permitían respirar. Y es en ámbitos represores donde conductas como la pederastia encuentran el escenario idóneo para medrar a sus anchas. Éste, al parecer, no fue el caso de Carroll… y digo “al parecer” porque hoy, más que nunca, se especula sobre el contenido de la parte suprimida de sus diarios que, presiento, lejos de presentarlo como un pederasta en potencia exhibían otra conducta más condenada en la época. Sus retratos de niñas desnudas –de las que no existe una sola de Alice que, al menos en las que se conocen, aparece completamente vestida–, serían hoy ferozmente censuradas. Yo misma, que poseo el libro El hombre que amaba a las niñas, que contiene correspondencia y abundantes fotografías de niñas carrollianas, siento que estoy infringiendo la ley. Su Alice, sin embargo, es un ente pasivo y no activo, como Lolita o la propia Caperucita roja en su versión profana. Y más que objeto de deseo pareciera la sublimación de un amor imposible, incluso casto, como lo son muchos amores literarios y cinematográficos entre un adulto y una niña, que Clavel recoge en este universo de Lolitas y fetiches derivados, como serían las muñecas, otro tema abordado por la autora en su calidad de novelista a través de Las violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007), donde un inventor que experimenta una angustiante atracción sexual por su hija de diez años, crea muñecas sexuadas con fisonomía infantil, que además poseen himen. En este sentido, Clavel se adelantó algunos años a la muy reciente comercialización en Japón de muñecas con estas mismas características que, según su inventor, Shin Takagi, “alivian” los innombrables apetitos de los pederastas.

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