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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

SOLIDARIDAD DE FACTO

 

Solidaridad viene de sólido, deriva de una raíz que designa fortaleza, estabilidad, resistencia a la deformación. Gracias a ese currículum, lo sólido permite el fortalecimiento de lo fuerte. Y como todo lo sólido se desvanece como los sueños forjados en y con sábanas blancas o estampadas, antes de que se esfume o nos lo fumemos, lo sólido trasciende a la soldadura de objetos materiales como las cañerías y el cableado, las cadenas y los tubos, las rejas y las tuberías. Empero, algunos metales no se pueden soldar con el acero, mucho menos con el hierro, porque bien dice el dicho que aunque también de barro no es lo mismo fiscal que secretario... En fin, una vez entendida la soldadura como unión de dos compuestos que se llevan bien y no hacen chiras, puede venir la consolidación y con la consolidación el vocabulario se eleva al, llamémosle así aunque suene paradójico, terreno inmaterial, es decir a la consolidación de los principios, del prestigio, de la fe. O de lo contrario, la falta de principios, el desprestigio y la incredulidad. Porque lo material puede consolidarse con lo inmaterial: díganlo si no los partidos políticos, que unen ideales de altos vuelos con viles y mundanos intereses, las empresas fiduciarias, los fideicomisos, las deudas a plazo fijo, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el matrimonio, la democracia, la penitencia y otros sacramentos ahora en entredicho. Así pues, aunque hoy algunas palabras designan o bien lo opuesto o bien algo diferente a su significado original, la mayoría de ellas se empecina en adaptar su forma al uso que se les pretende dar, es decir a deformarse sin perder todos sus rasgos ni su aire de familia, como la palabra solidaridad, que viene de lo sólido y aguanta una barbaridad.

Un espécimen invaluable de la teratología política mexicana aprovechó la palabra solidaridad para que fraguaran mejor sus planes de gobierno. Un gobierno, por cierto, habido mediante fraude electoral. Una vez usurpando, al parecer en definitiva, la presidencia de la República, Salinas de Gortari, al igual que con la industria paraestatal –la soberanía nacional y los colores patrios–, retorció la palabra solidaridad dejándola como trapeador a medio exprimir. Aparte de hipotecar el país con deudas y tratados catastróficos, dejó mucha maciza con hueso para sus roedores sucesores, Zedillo, Fox, Fecal y Peña. Y con el programa estrella, Solidaridad, puso lo mismo a pintar, barrer y restaurar mobiliario de escuelas a los padres de familia, que a donar y aportar fuerza y habilidades a los ciudadanos asalariados, mientras al mismo tiempo remataba, abandonaba en manos de cleptómanos o de plano regalaba las empresas productivas a sus congéneres. Así, fue sustrayendo gradualmente, en bien de un grupo ultraprivado, las obligaciones más elementales del servicio público, y bajo el disfraz de la modernización, aceleró el reemplazo del Estado benefactor por el Estado policíaco, tan adecuado para la criminalidad impune propia del capitalismo global.

Lo notable es que quien puso de moda la palabra solidaridad fue la acción de los ciudadanos chilangos, la banda chilanga iluminada con teas de ocote y lámparas sordas y franelas rojas, la banda de los godínez, los ñeros, las seños, los chairos, los chavos y las etcéteras de tenis en plan estelar: solidarios y solos. Solos, o sea mal acompañados por corifeos oportunistas, peripuestos en la página histórica (oficial), hozados cortadores de la misma tela que costó la vida a las costureras, heroicos soldados de la tragedia con pico y pala de utilería. En tanto, los ineludibles siervos patrios del futuro emprendían coloridas carreras políticas y académicas y amistosas, idóneas para el poder de los pendejos, porque honra y fortuna tenían –se apellidaban Lozoya o Ruiz Esparza, por ejemplo, y tenían títulos y poder adquisitivo para contratar abogángsters picudos–, pero no podían esperar a que vinieran un programa como Solidaridad, en cualquiera de sus vertientes, a mantenerles la esperanza llena y el corazón contento, la chimenea encendida y el chirrión por el palito. Porque esta regresión de la modernidad que los inorgánicos dan en llamar desarrollo y transición a la democracia, no sólo agandalló la silla presidencial y las mejores palabras, también derrocó dignidades, abrió fronteras y agencias de cambio y compra de conciencias, y tramó capítulos cuyo desenlace será la consolidación de la familia impune (o lo contrario).

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