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Cinco cumbres a revisión
'Cinco cumbres de la poesía mexicana', Evodio Escalante, Universidad Autónoma de Nuevo León/ Los Bastardos de la Uva, México, 2017.
Por Ricardo Venegas

Como un corte de caja, el crítico Evodio Escalante entrega al lector sus Cinco cumbres de la poesía mexicana. Los pasos de Acuña, Othón, Gorostiza, Sabines y Bonifaz Nuño recorren este volumen de ensayos en los que el crítico cuestiona, entre otras cosas, la supuesta ignorancia del romanticismo mexicano. Es cierto que la muerte prematura de Manuel Acuña le impidió dejar una obra sólida, amplia y garante de su escritura, pero lo es también que a los veinticuatro años el poeta de Saltillo ya había logrado una gema: “Ante un cadáver” –que evidencia el magisterio de el Nigromante–, y confirma con creces su vocación poética y su discernimiento innegable del romanticismo europeo y de una nueva manera de urdirlo en la lírica mexicana. Los poetas del convulso siglo XIX comenzaron el gran proyecto de literatura nacional a partir de la imitación, es cierto, pero no se trata de viles copias de poetas franceses o españoles, o bien, tendríamos que preguntar con Escalante: “¿se podría sostener de verdad que ni Ramírez, Altamirano, Prieto, Acuña, Flores ni Rodríguez Galván ‘tenían conciencia de lo que significaba realmente el romanticismo’?” A muchos críticos se les olvida que no es ético ni estético pasar revista a una generación de poetas del XIX evaluando sus textos con un criterio de taller literario del FONCA. Si Acuña no logra la excelencia tampoco es un poeta que pasa de largo por la tradición; el ensayista advierte que el "Nocturno a Rosario “sigue siendo un poema sumamente efectivo”; si el saltillense no fue un ideólogo consumado y se indigestó con la ciencia, si tuvo una notable ausencia de lecturas, si no sabía contar sílabas, o si a su juventud le faltó la madurez del camino andado, son temas que no opacan el brillo de sus momentos más lúcidos, que tampoco el suicidio le negó. Es innegable también que la crítica apabullante contra Acuña se convirtió en una moda que parece otorgar un prestigio manido y cuestionable, que consiste en condenar lo que muchos han soslayado por décadas y por artes nemotécnicas, y no por indagaciones serias, pero entre más se investiga la vida y obra del poeta, aumentan sus méritos. Leído y elogiado por César Vallejo y por Menéndez y Pelayo, Acuña es cada vez más el joven decadentista mexicano que nunca llegará a viejo.

Otro autor luminoso del XIX en Manuel José Othón. En la casa-museo del poeta, ubicada en la capital de San Luis Potosí, podrá encontrar el visitante su máscara fúnebre y algunos objetos pertenecientes al autor del Idilio salvaje, entre cuyas pertenencias se podrá apreciar la cartera y los mechones de pelo de varias bienamadas. Católico y renuente al modernismo, descrito por Escalante como enemigo de todo lo que se oponga a su credo, el bardo potosino es reacio a las definiciones de sus detractores; para él “la belleza siempre ha sido y será eternamente moderna”. En palabras de José Emilio Pacheco, “al ser la negación de toda escuela, al exigir a cada poeta el hallazgo de su individualidad, el modernismo es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Es notorio que el propio Othón es un poeta de la negación, pero también es el poeta de la naturaleza (que no fue su única faceta), y quizá uno de los que mejor representan esa apropiación del paisaje a través de la cual la poesía mexicana busca sus propios derroteros y quiere abandonar la imitatio. Hugo Gutiérrez Vega lo supo: “Hay en el Idilio salvaje el deslumbramiento de los sentidos, la interpretación de un delirio amoroso, la soledad de un paisaje hostil, el abandono y el olvido. Para Othón, la naturaleza, madre nutricia, crecía en los inmensos bosques. Buen alumno de Virgilio, de los mexicanos árcades de Roma, Ipandro Acaico y Clearco Meonio (los Arzobispos Montes de Oca y Pagaza, latinistas notables, muy correctos traductores y olvidables poetas) y de los soporíferos y muy bien hechos, Carpio y Pesado, cultivó una visión bucólica.” Es Othón varios poetas a la vez. Por una parte, es “el feliz continuador de una tendencia que se beneficia de los prestigios establecidos”, pero es el mismo que escribe “El Canto de Lodbrok”, los “Sonetos a Clearco Meonio” o “La noche rústica de Walpurgis”, porque también es el cantor del desgarramiento. La amplia bibliografía con la cual Escalante rescata lo siniestro –y el enorme peso que tuvo en Othón la literatura de Edgar Allan Poe–, da cuenta del porqué con el Himno de los bosques, a la edad de treinta y cuatro años, fue nombrado miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua el 31 de marzo de 1892.

En esta nómina de poetas se llega a José Gorostiza y al gran poema de la metáfora y de la metafísica: Muerte sin fin, en el cual “se declara que Dios es algo así como el vaso ‘que nos amolda el alma perdediza’”, y del cual sorprende el hallazgo de nuevas líneas (el mecanuscrito que conserva uno de los herederos del poeta deja en evidencia que el texto conlleva otra lectura al encontrarse seccionado en veinte títulos). El gran poema ante el vaso de agua no vuelve a leerse igual.

Más adelante aparece el fenómeno que representó Jaime Sabines en la lírica nacional, un poeta que se burla de los poetas, de sus formalidades, exquisiteces y falsedades. La sala del Palacio de Bellas Artes, repleta de admiradores, atestigua que ni Octavio Paz y quizá ningún otro poeta podrá repetir la hazaña de afecto y aprecio de sus lectores. En la generación de Sabines también aparece el magisterio de Rubén Bonifaz Nuño, conocedor como pocos de la tradición clásica grecolatina, cuya poética tiene arraigo en lo sublime, un poeta que sabe de lo que habla: “Nunca el tema es de por sí poesía/ sino sólo desolada materia:/ el informe desamparo que el arte/ amuralla contra el filo del tiempo.” Cinco cumbres de la poesía mexicana, nuevo recuento y pase de revista, invitación a releer, lectura ineludible y guía de reencuentros.

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