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Kazuo Ishiguro, el Nobel de la globalización

nosotros los ingleses tenemos una importante ventaja con respecto a los extranjeros, y esta es la razón por la que, cuando alguien piensa en un gran mayordomo, casi por definición se ve obligado a pensar en un inglés…

Kazuo Ishiguro, Los restos del día

 

Más que representativo de una lengua, de un país o de un género literario, Kazuo Ishiguro lo es de los autores insignes de la globalización, fenómeno que va mucho, mucho más allá del mestizaje o de la inmigración que obliga a adoptar el “disfraz” del país adoptivo y, necesariamente, su lengua. La globalización tecnológica, que es a la que me refiero –porque el proceso globalizador como tal comenzó hace siglos– ha ductilizado las “identidades nacionales” y abierto ventanas a culturas extranjeras que son incorporadas a las expresiones artísticas de diversos países, lo que ha producido algo factible de definir como homogenización cultural. Ya no es necesario trasladarse a otro país y arraigarse en él para estudiarlo, comprenderlo e incluso vivirlo o amarlo. En ese sentido, la cultura po-pular japonesa es de las más influyentes, particularmente entre los jóvenes. Pero antes de eso, por así decirlo, Oriente se había impregnado de Occidente. El principal efecto de la globalización es una simbiosis intercultural, por lo que no es raro encontrar autores japoneses o coreanos íntimamente tocados por la literatura occidental, y viceversa. Lo mismo aplica para todos los campos del arte.

Cuando se anunció la designación de Ishiguro como Premio Nobel de Literatura 2017, galardón que conquista con sólo ocho libros publicados –siete novelas y un libro de relatos–, a una corta edad en comparación con quienes lo han obtenido en los últimos veinte años, la prensa no vaciló en colocarle el gentilicio “japonés” y establecer comparaciones entre él y Haruki Murakami, el autor más apostado para obtener este premio, cuando lo único que tienen en común son dos cosas: ser apasionados del jazz y mantenerse apartados de los “grupos literarios”.

 

Un japonés que no lo es

Ishiguro, nacido en Nagasaki el 8 de noviembre de 1954, llegó con sus padres a Inglaterra a la edad de seis años, cuando a su padre, oceanógrafo de profesión, le fue ofrecido un puesto en Surrey. Hay quienes creen que los primeros tres años de vida son decisivos para moldear el espíritu de un individuo, en cuyo caso Ishiguro habría llegado ya “moldeado” a aquel país tan remoto del propio, no tanto en términos geográficos como culturales. Leyendo comentarios de prensa que insisten en referirse a él como “japonés”, incluso a compararlo con Yukio Mishima, con quien, desde mi punto de vista, tiene tanta afinidad como podrían tenerla dos escritores netamente japoneses como Haruki Murakami y Kobo Abe (es decir: ninguna), no puedo evitar admirarme, otra vez, por lo arraigado de ciertos estereotipos que no terminan de “desconstruirse” pese al fenómeno antes expuesto. Cuando se le pregunta a Ishiguro por sus escritores favoritos, la larga lista conformada exclusivamente por autores occidentales está encabezada nada menos que por Charlotte Brontë, cosa que, más que sorprenderme, me enternece. La única influencia japonesa reconocida por él es la del genial director de cine Yasujiro Ozu. Pero que se haya criado en Inglaterra apenas tendría alguna injerencia en su formación como lector. El propio Haruki Murakami menciona casi exclusivamente autores occidentales como sus favoritos, a Borges entre ellos, y japoneses, sólo a su tocayo Ryu Murakami y a Natsume Soseki.

Ishiguro, “ese niño japonés”, se educó en las universidades de Kent y East Anglia, donde uno de sus tutores fue Angela Carter, la maravillosa autora del género fantástico. A diferencia de un japonés tradicional, lo apasiona el futbol y no el beisbol. En 1986 se casó con una prototípica inglesa llamada Lorna MacDougall, con la que procreó una hija de nombre Naomi. Ha declarado sentirse distante de su país natal, e incluso ha asumido una postura crítica respecto a lo que denomina “el olvido” de los japoneses respecto al terrible daño causado a los chinos durante la segunda guerra mundial, visión no exenta de compasión hacia las resquebrajaduras emocionales de aquellos, tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki, patente en sus novelas Pálida luz de las colinas y Un artista del mundo flotante, las dos primeras de su producción. Para los europeos, y muy concretamente los británicos, él se encuentra mucho más próximo a Jane Austen que a Kenzaburo Oé, el segundo japonés –y último hasta ahora– en obtener el Nobel de Literatura, en 1994. Una búsqueda rápida en Google lo vincula a autores como Ian McEwan, Margaret Atwood y Salman Rushdie. Y es que incluso en sus novelas “japonesas”, más allá de estar escritas en lengua inglesa, destaca un temperamento puramente británico. Por si no bastara, es autor de una de las novelas más inglesas que llegan a la mente cuando uno piensa en literatura contemporánea de esa nacionalidad: Los restos del día, donde incluso me parece advertir la sombra de Henry James, otro autor muy inglés nacido fuera de Inglaterra –a quien muy pocos se atreverían a denominar “americano” sin reservas– no sólo en el estilo narrativo sino en la continua –pero amistosa– confrontación entre el mayordomo inglés y su patrón estadunidense.

Una sola novela de Ishiguro me hace evocar a autores japoneses, aunque no tenga nada que ver con Japón ni con su cultura, no para quienes no estén familiarizados con las dinámicas del manga y el anime, o con creadores de este género denominados mangakas, o, en su defecto, novelistas que escriben novelas “traducibles” al lenguaje manga, como sería el caso de Yasutaka Tsutsui, o el propio Murakami en Kafka a la orilla. Refiriéndose a Nunca me abandones, alguien evocó las novelas de Philip k. Dick, a lo que yo respondería: sí, con un toque de Kyochi Katayama, otro autor cuyas novelas han sido adaptadas al manga. En términos generales, Nunca me abandones es una bildungsroman con un trasfondo de ficción especulativa. Es la historia de unos chicos de origen incierto que han sido criados y educados en algo del todo semejante a un internado para hijos de burgueses y nobles, pero presenta inquietantes elementos que anulan esa primera impresión: una edu-cación sexual temprana y desinhibida, una suerte de extravagantes rutinas que pudiéramos denominar “ejercicios de conformismo”, así como la perpetua e inquietante sensación de que estos chicos no cuentan con tiempo que perder en aprendizajes más profundos. Poco a poco se va develando que se trata de clones, una especie subhumana cuyo propósito esencial es servir como caja de refacciones para sus originales, y que entre una y otra “donación” de órganos no alcanzarán a vivir más de treinta y cinco años. Lo más perturbador es el hecho de que sus protagonistas: Cathy, la narradora, quien ha logrado espaciar su existencia gracias a su excelente desempeño como “cuidadora” (acompañante, psicóloga) de “donantes” que, a veces, mueren demasiado pronto, además de Tommy y Ruth, con quienes Cathy mantiene una perdurable pero conflictiva amistad que conforma un triángulo amoroso, nunca cuestionan la infinita crueldad de su destino, ni intentan rebelarse ante él… si acaso hacen algún tímido intento por trascender, o aplazar un poco su inminente desenlace.

Nunca me abandones o Never let me go fue la segunda novela de Ishiguro en ser adaptada al cine –la primera fue la multipremiada Los restos del día, dirigida por James Ivory–, espléndidamente interpretada por Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley, bajo la dirección de Mark Romanek, que empezó dirigiendo videos musicales. Pero más allá de comparaciones francamente esperpénticas, como la de Juan Gabriel Vázquez –“si Un mundo feliz hubiera sido escrita por Kafka…”–, Nunca me abandones tiene todos los ingredientes de un manga perfecto; tanto, que no puedo evitar preguntarme si Ishiguro no pensaría en ello al momento de desarrollar cada personaje, cada circunstancia, pero muy enfáticamente el potentísimo elemento psico-emotivo-afectivo sobre el que se asienta la estructura narrativa.

 

El gigante enterrado

El tono gentil, modesto, suave con que Cathy narra su historia, se asemeja al de Stevens, el mayordomo protagonista de Los restos del día. Del mismo modo en que Cathy vuelve cotidiana la monstruosidad de “educar” niños cuya única finalidad consiste en mantener sanos a aquellos de quienes fueron copiados (o clonados), Stevens realiza una brillante disertación sobre su oficio y explica en qué reside la excelencia de los mayordomos ingleses. A través de este personaje, inmortalizado por sir Anthony Hopkins en la pantalla, Ishiguro elabora un exquisito retrato del temperamento británico, y otro tanto en su más reciente libro publicado al español, El gigante enterrado, ambientada en una Inglaterra todavía a salvo de ser conquistada por Guillermo, duque de Normandía, y por la que deambula un anciano y desvariante sir Gawain, el último caballero de la Mesa Redonda, extraordinariamente pare-cido a nuestro Alonso Quijano.

Del costumbrismo de la campiña británica de principios del siglo xx, Ishiguro se desplaza, haciendo cálculos, hacia el siglo séptimo u octavo de nuestra era; y del realismo costumbrista pasa a una fascinante mezcla de novela fantástica y de caballerías, aunque la primera parte es narrada desde la modernidad (no necesariamente postmodernidad), según se infiere por las comparaciones continuamente establecidas entre aquella Inglaterra habitada por britanos, sajones y ogros, y la actual:

No pretendo dar la impresión de que eso era lo único que había en la Inglaterra de aquel entonces; de que en una época en la que florecían civilizaciones esplendorosas en otras muchas partes del mundo, aquí estábamos no mucho más allá de la Edad de Hierro. Si hubieseis podido deambular a voluntad por la campiña, habrías descubierto castillos rebosantes de música, buena comida y gente en perfecta forma física, y monasterios cuyos moradores dedicaban su vida al conocimiento. (El gigante enterrado)

En cada una de sus obras, Ishiguro logra lo que parece difícil cuando no imposible: darle un vuelco a los lugares comunes del amor. Esto pudiera deberse a las circunstancias excepcionales en que se desenvuelven sus perso-najes; la dificultad que entraña hacer patentes los sentimientos por considerarlo contrario al deber profesional, como el mayordomo Stevens que antepone lo que él entiende por “dignidad” a sus propios sentimientos plenamente correspondidos por la ingenua Miss Kenton, el ama de llaves; los efectos de una educación que anula la percepción de la propia humanidad entre Cathy, Tommy y Ruth, que demasiado tarde comprenden la nada sutil diferencia entre el sexo mecánico y el amor, o la conmovedora afinidad de Axl y Beatrice, protagonistas de El gigante enterrado, que pese a haber olvidado sus recuerdos por efecto de lo que denominan “la niebla”, per-manecen aferrados uno al otro sin recordar cómo ni cuánto se enamoraron, y sólo preservan la “sensación” de la presencia de un hijo al que buscan desesperadamente.

 

Ishiguro múltiple

Cuando un autor es comparado con muchos, demasiados en este caso, se debe a que en realidad no se parece a ninguno. Salvo algunos rasgos de estilo, me aventuro a afirmar que no existe un Kazuo Ishiguro, sino muchos, capaces de abordar los más diversos personajes, en distintas épocas y en distintos géneros. Y si bien se trata de un autor británico, no desdeñemos su lado japonés que se manifiesta de manera no muy dis-tinta a la de autores que escriben en esa lengua, aunque desde una “japonidad” culturalmente adquirida y no vivencial. En ese sentido me recuerda a otra Premio Nobel de Literatura, Pearl s. Buck (la segunda persona más joven en ganarlo, a los cuarenta y dos años, y la primera luego de la obligada pausa de seis años tras la segunda guerra mundial), una estadunidense impregnada de la cultura china que escribió intensivamente sobre su cultura adoptiva en su lengua nativa, y que se adelantó a este fe-nómeno globalizador de los autores que, parafraseando a Roberto Bolaño, tienen por única patria su biblioteca

 

 

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