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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

EL NAHUAL, LA periferia nodal de Carlos Talancón

 

El Nahual, monólogo escrito e interpretado por Carlos Talancón, es un alegato sobre la invisibilidad que resulta de las más profundas desigualdades, de la violencia de todos los días y de un conjunto de visiones nefastas que a diario circulan en los medios de comunicación, que es el mayor territorio de cultivo de la indiferencia, la espectacularización del dolor personal y la desmovilización de las empresas justicieras convertidas en lamentos aislados, inocuos.

El Nahual es la historia de un crimen colectivo y de una tragedia personal, de una catástrofe nacional que resulta de la corrupción, de un cáncer que lo invade todo y ciega las posibilidades de entender las múltiples escalas y escaladas de la violencia. Es un acercamiento sin mediaciones al mundo fantasmático de un personaje que nada tiene, nada tuvo y, sin embargo, pretendía apropiarse del mundo bajo la consideración de que era un microempresario que vendía los pistaches que tostaba en su cuartucho de El Hoyo, la ciudad perdida donde vivía y que ya vimos en la colindancia de esa cinta visionaria titulada La zona (Rodrigo Plá, México, 2007).

La obra es una radiografía dolorosa de ese escenario mórbido que es la nota roja en la prensa mexicana, cuyas primeras planas son una especie de álbum familiar del desastre, registro de la disolución de los que menos tienen, de aquellos que en el marco de su tragedia pueden ser destruidos en su imagen, en la ofensa a los suyos, eternizando el instante de su demolición en público.

El protagonista, sin nombre, fue asesinado víctima de una confusión planeada por el buscado Chuy, quien cambió el número de su vivienda para no ser localizado por los sicarios que lo buscaban, y que en su lugar encontraron a este hombre que sólo se dedicaba a tostar y vender pistaches, a quien dejan convertido en fantasma después de confundirlo con el estafador. Lo balean y sus restos espirituales van a dar a una comunidad cultural, por llamar de algún modo al conjunto de rasgos, personajes y personas que lo hicieron viable y visible para los “malos” al final de este cuento.

Dice el personaje, en abierta queja contra la exclusión y definitiva soledad: “No son seis muertos, son siete, ¿y el séptimo?, ¿dónde está?, ¿usted lo ha visto, señor? (Ríe dolorosamente.) Es que no chinguen, ya el colmo es no tener ni siquiera el pinche privilegio de salir en El Metro… Pero no tener ni el pinche privilegio de una notita... eso si qué poca madre. Y eso que revisé en todos los periódicos. En El Gráfico... nada. La Prensa... nada. Y por último dije, en El Metro, cómo no se me había ocurrido, a huevo que ahí al menos una notita... ni madres. (Pausa.) ¿Y qué pasó con el güerito que vendía pistaches y cigarros? Pues quién sabe... como si nunca hubiera existido.”

El Nahual muestra un mundo amplio y doméstico que forma parte de la nota roja, con una identidad –siniestra, pero identidad al fin–, para algunos seres cuya única posibilidad de trascendencia es aparecer un día en la nota roja después de ser sospechoso de algo toda una vida. En palabras de su propia madrastra: “La verdad... le voy a hablar claro. Yo creo que su ahijado andaba metido en cosas raras, por algo lo mataron, ¿no?” “Ay, no diga eso, si mi ahijado se veía bien buena gente.” “Pus por eso mismo, comadre, mi larga experiencia me ha enseñado que ésos que tienen cara de buena gente, ésos son los peores.”

En mancuerna con Luis Alcocer Guerrero en la dirección y con la música de Rodrigo Castillo Filomarino, Talancón dar vida a un grupo nutrido de personajes (la opinión pública alrededor de la muerte) que el actor borda en su dramaturgia y Alcocer termina de tejer sobre la escena.

La invisibilidad de los muertos se explora en este montaje sostenido en la actuación y en un texto poderoso poéticamente, donde humor, humor negro e ironía, construyen ese monumento al olvido y la impunidad que es la realidad política de nuestros días, donde ninguna salida obedece a las “soluciones” por “decreto”. Dice sobre sí mismo ese sujeto sin nombre: “Por cierto, cómo se llamaba ese güey?” “Pues... ve tú a saber.” (Al púbico:) Tengo los nombres de todos los que han muerto así, a lo pendejo, y de los que nadie supo ni madres... y un chingo... sólo es cosa de abrir bien los ojos y uno se da cuenta que el aire está plagado de ánimas... […] a lo mejor yo soy sólo un actor y el aire es el mismo aire de siempre y el sol el mismo sol de siempre, y otros niños seguirán naciendo y seguirán riendo y seguirán jugando ahí donde otros cayeron, y de esos que cayeron no permanecerá sino el olvido.” u

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