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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

José Lazcarro en el Museo Internacional del Barroco

 

El Museo Internacional del Barroco (MIB) –espectacular obra del arquitecto japonés Premio Pritzker, Toyo Ito– abrió sus puertas en febrero del año pasado en la ultramoderna urbanización Angelópolis en la ciudad de Puebla. Desde su gestación, el proyecto despertó la controversia entre los especialistas y las autoridades por el hecho de carecer de un rumbo y vocación definidos. Han pasado casi dos años y la controversia persiste. El MIB cuenta con varias salas temáticas permanentes que intentan ilustrar al visitante sobre el origen del barroco en Italia y su desarrollo en la Nueva España en los siglos XVI, XVIIi y XVIII. A través de propuestas interactivas y pantallas táctiles, el visitante crea su propio recorrido didáctico para adentrarse en la historia y el espíritu del fascinante mundo del barroco. Asimismo, la extensa superficie del edificio está diseñada para recibir exposiciones temporales, como fue la espléndida muestra inaugural dedicada al Tornaviaje y la Nao de China o la evolución de la cerámica desde Bagdad en el siglo IX hasta la actual Talavera poblana. Sin embargo, a la fecha no hay claras señales de la dirección que tomará la vocación museística de este recinto.

Mientras el equipo curatorial se pone de acuerdo sobre el criterio de sus exposiciones, el MIB presenta por primera vez a un artista plástico poblano, el destacado maestro José Lazcarro Toquero (1941). La exposición titulada A la manera de Lazcarro, está integrada por cuarenta y cinco obras que abarcan un amplio panorama de su trabajo de los últimos años, y es un justo y muy merecido homenaje a la importante trayectoria plástica y docente de este creador que ha dejado una huella indeleble en el panorama artístico de Puebla. Lazcarro ha desarrollado una notoria carrera como pintor, grabador, escultor y formador de varias generaciones de artistas tanto en Puebla como en Ciudad de México, donde estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (Antigua Academia de San Carlos), entre 1958 y 1962. Fue maestro titular y fundador del taller de esmalte a fuego sobre metal de la Esmeralda, técnica que sigue trabajando con resultados altamente innovadores y una intención poética. Tuve el privilegio de conocerlo hacia finales de los años setenta cuando dirigía el taller de gráfica del Molino de Santo Domingo, donde fui su pupila por una breve temporada. Conservo en mi memoria la experiencia vivida en ese taller que reunió a numerosos artistas gráficos, muchos de ellos hoy figuras reconocidas. En ese entonces, Lazcarro formaba parte de los transrrealistas, un grupo de artistas interdisciplinarios que conocí y frecuenté en casa de Magdalena Cuillery (QEPD), quien fuera el alma y motor del clan. Por espacio de veinte años trabajó en la Universidad de las Américas de Puebla (UDLAP) donde fundó la carrera de Artes Plásticas y el taller de arte Washi Sokei. El pasado mes de febrero se inauguró el Taller de Grabado que el artista donó a la Escuela de Artes Plásticas y Audiovisuales (Arpa) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). En su larga y fructífera trayectoria ha logrado entretejer como pocos creadores su quehacer artístico con su vocación académica y filantrópica. Fue una gratísima sorpresa reencontrar a Lazcarro en el MIB y recorrer bajo su sensible y erudita mirada el trabajo sólido, consistente y plenamente evocador que ha desarrollado y que lo ha hecho merecedor de numerosos premios y reconocimientos.

En sus inicios, Lazcarro fue un pintor figurativo que fue cambiando de ruta hacia la abstracción matérica. Con el paso del tiempo se fue despojando poco a poco de las texturas y su pintura alcanzó una sublime sutileza mediante las finas capas de veladuras y transparencias que se perciben hoy en sus magistrales composiciones, a un tiempo libres y rigurosas. Una característica fundamental de su trabajo es la incansable búsqueda y exploración de materiales y técnicas, como se aprecia en esta exposición. Esculturas y pinturas establecen un diálogo equilibrado y armonioso, como si se tratara de una sinfonía de formas opuestas y complementarias entreveradas al ritmo y cadencia de sus elegantes campos cromáticos. Lazcarro expresa sus tribulaciones conceptuales y filosóficas a través de guiños metafóricos plenos de signos y significados. Esta exhibición nos muestra a un artista que ha sabido reinventarse constantemente, un creador que no persigue las modas ni atiende a la complacencia del público. La suya es una creación sincera y honesta que emana una belleza callada, una poética de alto valor ético y estético.

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