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Bemol sostenido

A Daniel Viglietti lo conocimos en la ciudad donde nació y vivió sus últimos años: Montevideo, Uruguay. Fue un brevísimo encuentro en 2015, cuando nos ofreció amistad sincera interesado en nuestra visita y la música que hacíamos con un proyecto en particular. Parecía entusiasmado por un camino lírico relacionado con la política, los desaparecidos, el indigenismo y el sufrimiento social. Nosotros lo habíamos escuchado a él, claro, pero menos que a otros cantautores sudamericanos amplificados en México. Así, su nombre y sus canciones se nos mezclaban en el imaginario de un tiempo sonoro que no nos tocó vivir pero que hemos descubierto metiendo reversa, conforme avanzamos.

“Luchador social, cantautor… enamorado de la belleza y de la justicia.” Así lo describió su amorosa viuda afuera del teatro donde hace una semana y media lo velaron. Y sí. No hay mejores palabras para describirlo. Luego de nuestro encuentro montevideano nos pusimos a escucharlo y a apreciarlo más. Tuvimos la oportunidad de incorporarlo a un léxico contestatario que, más allá de anclajes específicos en la historia, nos servirá siempre como recordatorio y guía en tiempos de injusticia, como refuerzo si llega la calma. ¡Qué amabilidad la suya en los camerinos de la Sala Zitarrosa deseándonos suerte antes de salir a escena! Sus palabras en aquel mítico foro nos pusieron a tono. Podíamos fallar, pero mentirnos jamás.

Amigo de preeminentes escritores como Mario Benedetti y Eduardo Galeano, con quienes tramó innumerables encuentros, tertulias, presentaciones conjuntas y entrevistas (Viglietti anduvo mucho en medios impresos y en la radio, incluida Radio Educación en México); interpretado por insignes pares de Hispanoamérica como Joan Manuel Serrat, Víctor Jara, Mercedes Sosa y Chavela Vargas, fue de las voces “acalladas” durante la dictadura uruguaya. Exiliado, preso y apoyado internacionalmente para obtener su libertad por figuras como el notable pensador francés Jean Paul Sartre, el expresidente galo François Miterrand, el escritor argentino Julio Cortázar y el afamado arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.

Hablamos de un juglar bien amado allende las fronteras de su pueblo, convertido en conciencia popular y canto de esperanza. Por ello no sorprende que figuras como el expresidente y hoy senador Pepe Mujica aparecieran a despedirlo con palabras como las siguientes: “Hoy es un día de mirar hacia adentro, hacia los recuerdos… [Daniel] estuvo sembrando semillitas de utopía sobre la visión y el sueño de un hombre un poco mejor, de una humanidad un poco mejor, y pienso que pertenece a toda una época de la que nos van quedando muy pocos.”

Mientras escuchamos uno de los últimos conciertos de Viglietti –ya a los setenta y ocho años de edad– en el Antelfest Piriápolis 2017, pensamos en lo que hoy significan palabras como dictadura, milicia, tortura, prisión, Latinoamérica, Iglesia... Todas han cambiado a base de modificar sus mecanismos cotidianos. Si bien su sentido parece el mismo, operan de maneras harto distintas en las pantallas de hoy. Eso nos cuestiona, igualmente, sobre el compromiso de canciones y creadores contemporáneos, tan incapaces de ideologías. Bien lo dice Mujica: “Ahora tenemos muchas canciones y mucho decir y mucho cantar… pero mucho ruido… es un ruido bárbaro y vale, porque entretiene, pero guitarras y decires como los de Daniel, con los que se podía discrepar pero que con belleza transmitían un mensaje de las cosas permanentes, de las cosas importantes…”.

Y entonces, ¿cómo entrarle a Daniel Viglietti, hijo de la pianista Lyda Indart y del guitarrista César Viglietti? Pues fácil. Lo primero es ordeñar la red en busca de los discos Canciones para el hombre nuevo y Canciones chuecas (qué grandes arreglos). Tras beber su contenido bruto será cosa de extraer el concierto-recital A dos voces, grabado en vivo con Mario Benedetti, y después La canción de los presos, realizado en directo con Eduardo Galeano (de quien se puede encontrar un gran texto relacionado en la revista Nexos). Este es particularmente excepcional, pues está basado en textos de presos políticos escritos en hojillas de tabaco, sacados clandestinamente del Penal de Libertad durante la dictadura. Hecho eso, déjese llevar por sus entrevistas. Mire su lúcido estar. Su voz al hablar.

Lectora, lector, decimos adiós con las últimas palabras de Mujica: “Hago votos, porque a pesar de todo lo que descreo en la humanidad, creo en el hombre, creo que habrá chiquilines Vigliettis que aparecerán por ahí de alguna forma para llenar el vacío que nos queda. El mejor homenaje es remover adentro de nosotros lo mejor que nos pueda quedar en el aliento de vida… gracias Viglietti.” ¡Bravo por el Chueco Daniel! Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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