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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

La identidad de M. Aguéev, autor de Novela con cocaína, fue un misterio desde 1934, año en que se publicaron fragmentos de la misma en la revista literaria parisina Cifras, editada por emigrantes rusos. Cuando se tradujo al español por Rosa María Bassols y se publicó en la editorial Joaquín Mortiz/Seix Barral, en 1984, no sólo seguía sin conocerse quién era Aguéev, sino que se le había atribuido a varios autores, siendo Vladimir Nabokov el más citado. El original estaba escrito en francés, lengua que el autor de Lolita conocía tan bien como el inglés.

Hasta la década de los noventa se develó que el creador del enigmático y complejo personaje de Vadim Maslenikov había surgido de la pluma de un tal Mark Lazarevich Levi, nacido en Moscú, en 1898, en el seno de una familia de ricos comerciantes hebreos. Su biografía ofrece hechos imposibles de imputar a Vadim. Muy joven se traslada a Turquía, donde subsiste como profesor de idiomas (francés y alemán) y, se cree, escribió la novela que tenía en jaque a la escena literaria parisina de los años treinta. A principios de los cuarenta es repatriado a su país natal tras un atentado contra el embajador alemán en Turquía. De regreso en Moscú, se instala en Armenia donde se casa y viviría hasta su muerte, en 1973. Los escasos datos que ofrece su biografía dejan en claro que si algo no le interesaba en esta vida, era la fama.

Pese al título de la novela, la cocaína hace su aparición hasta la última parte. Anterior a ella, nos encontramos con un joven estudiante de derecho llamado Vadim Maslenikov que narra su vida con una crudeza y una ecpatía –lo opuesto a empatía– que, más que a Nabokov o a Dostoievsky (otro autor con el que se le equiparó a menudo), me hace pensar en Brett Easton Ellis. Vadim no tiene empacho en ocultar lo peor de su personalidad, sin justificarse en ningún momento. La forma en que se refiere a su madre, epítome de la cabecita blanca universal, llega a resultar perturbadora. Alberga hacia ella un profundo desprecio cuyo origen no puede ser más fútil: la encuentra vieja, fea y mal vestida. Cuando ella se atreve a pasar por la universidad para entregarle algo que olvidó, llega al extremo de ridiculizarla ante sus compañeros, tan calculadamente crueles con él, con excepción de Burkevitz, un judío pobre y ferviente comunista, que es su perfecta antítesis. La política estaría ausente de la historia si no fuera por las arengas de Burkevitz y alguna mención de los “enemigos alemanes”. Nunca se hace la mínima alusión a la situación del país, ni a Stalin, aunque sí a los adelantos tecnológicos que Vadim refiere de continuo con emoción rayana en el patrioterismo pueril, lo mismo que a la estatua del gran Gogol. Se trata, además, de un incansable explorador de sexo callejero y asiduo a una Casa, especie de hotel de paso, cuyo referente les es familiar a todos los cocheros. Luego de serle detectada una enfermedad venérea que jamás se menciona, Vadim, por diversión (¿inercia?), recoge a una joven prostituta a la que sin duda contagiará…y cuando llega a sentir piedad por ella es apenas un chispazo, un parpadeo. Igual que con su madre.

Los defectos de personalidad de Vadim se agudizan cuando se enamora de Sonia, una mujer casada que, por primera vez, lo hace reflexionar sobre el amor. Está dispuesto a todo con tal de tenerla contenta, incluso arrancarle los ahorros de toda una vida a su abnegada nodriza, extensión de su propia madre. Tras una embrollada ruptura que Sonia detalla en una carta, Vadim ingresa en una especie de cofradía que se reúne exclusivamente para consumir lo que pareciera la panacea: la cokche, “ligera hasta la brujería”. Las detalladas escenas de “la toma” del polvillo por parte de los cófrades, tienen algo de ritual satánico…de escena filmada por Kubrick con lentes de la NASA. Cada paso para por fin aspirar el mágico polvo es narrado con minucia de escalpelo, como si se introdujera al lector a algo absolutamente novedoso, prohibido e inaccesible… y es que en el París de los años treinta, el consumo de esta droga en particular era una extravagancia. Vadim narra también los maravillosos efectos de la droga que le permite, entre otras cosas, descubrir la belleza en la madre que lo abochorna. Asistimos entonces a un veloz proceso de elevación que tiene por destino la inminente caída, acompañada de monstruosas alucinaciones. La vida de Vadim resulta mucho más breve que la de su autor, que viviría en el anonimato absoluto hasta los setenta y cinco años.

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