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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Morelia 15 (III Y ÚLTIMA)

 

El año pasado, la decimocuarta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) presentó diecinueve largometrajes mexicanos de ficción, quince de ellos en competencia, para una cifra superior al diez por ciento de toda la producción fílmica mexicana de 2016. Está cantado que dicha producción –más específicamente el largo de ficción– disminuirá este año que corre, pero no de manera tan drástica como su presencia en el FICM15, donde la cifra total llegó apenas a doce filmes: siete en la sección competitiva y el resto en calidad de “estrenos mexicanos”. Algo pasó, y no en términos cuantitativos, para que la competencia se redujera a la mitad. Si se miran en conjunto los catorce del año anterior, comparados con los siete de éste, no es difícil elucidar ese “algo”: se trata de la calidad o, mejor dicho, de su escasez.

 

Pobreza y paradoja

Empero, y de manera que encierra una paradoja difícil de aceptar pero potencialmente positiva, ese bajón de calidad puede ser benéfico a la larga porque implicaría el abandono gradual –aunque uno lo quisiera inmediato– de ciertas fórmulas fílmicas que le habían funcionado de maravilla a sus perpetradores, claro, sólo festivaleramente hablando: tómese un guión escueto casi hasta la anorexia, desnudo de diálogos para que nadie note nuestra impericia al darle voz a cualquier personaje que no hable como hablamos los que concebimos la película; un conjunto de actores de preferencia no profesionales para que no vayan a enmendarnos la plana o a mirarnos con disimulada sorna en pleno rodaje; una cámara tan pachorruda que uno duda si no padecerá de catatonia, o una tan nerviosa que quizá lo que tiene sea mal de Parkinson; un montajista que no da balance ni ritmo ni cosa que se le parezca, en otras palabras que no edita porque sólo sabe acumular secuencias una tras otra; hágase virtual abstracción del diseño sonoro, creyendo que basta con que todo se oiga claramente y voilà!, tenemos hora y media, y en casos de rudeza innecesaria más aún, de oportunidades para dos cosas: la primera, ganar cuando menos una mención en alguno de los muchos festivales disponibles, y dos, curar de insomnio al espectador.

Respecto de lo último, se corre el riesgo de cultivar ojerizas o de plano francos odios contra el universo llamado “cine mexicano”, pero esto es cosa que parece tener sin el menor cuidado a no pocos cineastas, sobre todo si ya se cobró –lo cual suele suceder, muchas veces con generosidad, antes de que la película haya sido terminada y no al momento de ver cuánta gente pagó un boleto por ver aquello–; si ya se exhibió, así sea nomás en el coto no representativo de aceptación masiva que es todo festival; si ya se ganó uno o quizá más laureles para poner en el cartel –sobran los que incluyen, como si fuese un mérito, el hecho simple de haber participado en este o en aquel certamen– puesto que, finalmente, con todo lo anterior se abrió la puerta para sorrajarle a los desavisados el siguiente Valium cinematográfico.

 

Y QUE PIERDEN LOS PETARDOS

Volviendo al punto: con todo y paradoja, parece positivo que la mencionada escasez –de cantidad pero sobre todo de calidad– haya sido el signo característico de la sección de largometraje mexicano del FICM15, por la razón sencilla de que esta vez nada ganaron los petardos, lo cual por otro lado era difícil teniendo en el jurado a alguien insobornable –fílmica, conceptual y narrativamente hablando, claro está– como Béla Tarr. Casa caracol, de Jean-Marc Rousseau Ruiz, y Cuadros en la oscuridad, de Paula Markovitch, las dos muestras más claras, es decir las peores, de ese cine soporífero al que se hace mención líneas arriba, fueron saludablemente ignoradas lo mismo por el jurado que por el público, y si bien este último se decantó por el clasicismo entre acartonado y atelenovelado de Los adioses (Natalia Beristain), para infortunio de Karina Gidi que aquí brinda lo que sin duda es su mejor desempeño cinematográfico, los ganadores fueron filmes claramente apartados de ese dizque minimalismo, purismo o como quiera llamársele, del que tanto se abusa todavía. Sin renunciar a la etiqueta “cine de autor”, Ayer maravilla fui, de Gabriel Mariño y Oso Polar, de Marcelo Tobar, no consisten en la evidente y costosa confección de un capricho personal interesante casi nada más para quien lo cometió, sino en búsquedas ya formales, ya narrativas –algo similar puede decirse de El dibujante (Arturo Pérez Torres) y Sinvivir (Anaïs Pareto Onghena)–, de las que no se sale ora rabiando, ora bostezando, lo cual en estos tiempos cinematográficos mexicanos es cosa que se agradece u

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