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Oración para San Jerónimo, patrono de los traductores

El 30 de septiembre pasado fue el día de los traductores y, para celebrar, los miembros de la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACETRADUCTORES, ACETT) publicó una lista de “traducciones canónicas”. La idea es interesante y atractiva, pero el imperialismo español actual no tiene medida del ridículo y el resultado de ese ejercicio absurdo. En la lista de veinte no hay una sola traducción hecha por un latinoamericano ¿Será que no les han avisado que Colón descubrió un nuevo continente, que hay cuatrocientos millones de personas que no son españoles y que lo hablan y escriben? Normalmente son muy parciales las listas que elaboran en la península ibérica, pero de vez en cuando maquillan el asunto con alguna mención para no dejar tan en evidencia su condición imperial.

La lista es absurda por donde se vea, no hay manera de encontrarle alguna razón o sentido. Hay, por ejemplo, traducciones de clásicos: la Divina Comedia –se pone la de Luis Martínez de Merlo– y la Ilíada –Agustín García Calvo– y la Odisea –de José Manuel Pabón–. Siento una enorme simpatía y admiración por el trabajo de Agustín García Calvo y me da gusto que empiece a salir, a más de quince años de su muerte, del ostracismo en que estaba en España (también, en todos lados se cuecen habas, en América Latina donde no lo conoce ni Dios. Supongo que la frase le habría gus-tado). Pero ¿de veras es mejor la de José Manuel Pabón que la de Rubén Bonifaz Nuño? ¿Y la de Martínez de Merlo es mejor que la de Jorge Aulicino?

Tres clásicos históricos escritos en verso, pero sólo uno más de los libros incluidos es de poesía: Amor, duelo, contradicciones, de Erich Fried, traducción de Jorge Riechmann. Vamos, no ponen ninguna, y desde hace unas dos décadas abundan las buenas, de William Shakespeare, porque no habrían tenido más remedio que poner la de Hamlet, de Tomás Segovia, escritor que les incomoda, en parte por su trastierro, en parte por su mexicanidad, fruto de ese trastierro, y en parte por su excentricidad, fruto de ambas cosas. Vaya y pase. Después mencionan la traducción de Madame Bovary (¡Señora Bovary! Qué genialidad). ¿De veras piensan que la de María Teresa Gallego es mejor que la de Jorge Fondebrider? Si es así, es evidente que los españoles no saben español o no saben leer, o ambas cosas.

Incluyen, yo creo que por méritos propios, la versión de Francesc Roca de la Lolita, de Vladimir Navokov, pero ¿es más canónica como traducción que la de Raúl Ortiz y Ortiz de Bajo el volcán, verdadero desafío formal para su traslación al español? O lo que se juzga es el libro original y no su traducción. En los dos casos, grave error. Pero como el batiburrillo de libros que enlistan no parece regirse por un canon, ni por una dificultad de la traducción, ni tampoco por su rareza y su independencia, el lector del listado se queda sin entender nada. No basta decir, como acostumbran a hacer los españoles, con orgullosa cerrilidad, “hagan ustedes la suya”, porque ni el canon, ni la traducción, ni la literatura –incluso ni los países, salvo que terminen adoptando la actitud de Trump– funcionan así. Esa actitud es la que ha traído que en España se hagan las peores traducciones de nuestra lengua y que los latinoamericanos tengan que limpiar muchas veces el desastre. Pero –piensan los señores de la ACETT– no los elogies que vienen y nos quitan el trabajo.

Habría sido más coherente y cierto hacer un listado canónico con puras traducciones latinoamericanas. Se les olvida, por ejemplo, en el caso de México la labor extraordinaria que hizo y hace el Fondo de Cultura Económica, con importante ayuda de esos exiliados de la República que la cultura española quiere olvidar (recomiendo leer el libro de Javier Garciadiego El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México, muy informativo de esa gestión traductora rea-lizada en México. Y ejemplos semejantes se pueden encontrar en Argentina, Colombia y otros países de habla española.

Hay que recordarles también que la generación de traductores nacidos en los años cuarenta y cincuenta en nuestro continente tiene una enorme calidad, tanto que a pesar de esa mirada despreciativa sobre los traductores fuereños en España, algunos como Selma Ancira, Fabio Morabito y José Luis Rivas, Juan Villoro y Francisco Segovia han roto el bloqueo, y que el trabajo aquí de Juan Tovar, Eliza Ramírez, Jeannette l. Clariond, Marco Antonio Campos, Rafael Vargas, Pedro Serrano, Francisco Torres Córdova, Pura López Colomé o José Javier Villarreal, o más jóvenes como Gabriel Bernal, es extraordinario, y en la misma línea cualitativa que lo que han hecho anteriormente Antonio Alatorre, Guillermo Fernández, Gerardo Deniz, Sergio Pitol, Francisco Cervantes y Ulalume González de León.

La lista mencionada, además de ser de una desvergüenza rampante y una deshonestidad evidente, parece hecha por alguien –persona o ente– que mezcla lo que sea, clásicos con novelas policíacas, escritores que son ya, en el buen sentido, un lugar común, y otros que son muy poco conocidos y –eso sí– los menos franceses posibles, no vayan a decir que somos afrancesados. San Jerónimo, apiádate de tus fieles, pues la política imperialista de ese país que quiere recuperar su actitud de imperio aunque por dentro se esté desgajando, es una estrategia muy bien montada, incluida la certificación del “español correcto”.

La nota introductoria señala que es una elección de la asociación, es decir, colectiva, pero no se explica cuál fue el mecanismo de elección, y además se habla de una supuesta polémica sobre si una autora debe ser traducida por una mujer o un autor por un hombre. ¿A quién se le ocurre tamaño dislate? Como suele ocurrir, los gobiernos de los países latinoamericanos suelen mirar para otro lado en cuestiones culturales, pero nunca sabemos para dónde miran porque en realidad están ciegos y dejan hacer a los tuertos; por lo tanto, no promueven los derechos del traductor ni su importancia para un desarrollo social, científico y económico. La consecuencia es que la industria editorial española busca imponer la mala calidad de sus traducciones por puritita prepotencia

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