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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

El español de España

Escondiendo su sonrisa maliciosa tras la taza de café, Vicente Leñero, entonces recién ingresado a la Academia Mexicana de la Lengua, comentó varias veces que así como en América Latina se hacían diccionarios del habla de México, de Colombia, de Argentina, etcétera, así debía hacerse un diccionario del español de España. Ignoro si sus compañeros académicos de número habrán conocido esta propuesta que de tan seria parecería chiste. Y no entiendo cómo ni de ídem les haya pasado por la mente a los peninsulares hacer un diccionario que descifre, para empezar por algo, su habla, el uso cotidiano de nuestro idioma.

¿Por qué no se les ocurre a los hermanos iberos reflexionar sobre su español? ¿Acaso porque fueron sus primeros propietarios y una fe más bien obesa les hace creer que su primacía es garantía de calidad? ¿No perciben sus machacones giros aldeanos, la miseria de su coloquialismo ilustrado ni la rancia inocencia de sus aprioris de conquistadores en colonia? En una escuela de la villa andaluza de Cortegana, el pueblo natal del primer conde de Regla, un estudiante preguntó si me parecía apropiado dedicar un libro, varios libros, al tal conde, o sea a un representante de la tiranía española. Contesté que sí, entre otras razones porque los mexicanos no podíamos sentirnos menos conquistados ni tiranizados que los andaluces, pues cualquier habitante de cualquier territorio dominado por España de cerca o de lejos, temporal o permanentemente, en forma constante o recurrente, periódica o fija, somos españoles. Él y sus compañeros, españoles andaluces. Yo, español de Méjico con jota. Ni más ni menos que los españoles de Cataluña con ñ. Y esta filiación viene de ayer y seguirá no sólo mañana sino durante un buen tramito más. Porque así como el boom latinoamericano, cuya existencia viene siendo negada de un tiempo para acá, así el euro y la integración europea, puesta en jaque por un reino unido con minúsculas que jamás abolió su sistema de medidas ni sacó de circulación su libra; así, todo eso cataliza la putrefacción de nuestros Estados nacionales y constituye un suplemento alimenticio para el vampirismo del capital apátrida: remedio casero para el cáncer contemporáneo del clan, del cuerpo, del barrio.

El escritor Rafael Gaona platicaba que antes de una conferencia presentaron en Madrid a don Alfonso García Robles como oriundo de Méjico, un país donde se había creído que los conquistadores eran entes mitad hombres mitad bestias. García Robles corrigió a su presentador diciendo que todavía lo seguíamos creyendo. El Estado español es la misma hidra monárquica que hace apenas seis siglos echó a quienes se habían aposentado ahí durante ocho siglos; así vistos, dentro de otros dos siglos estos últimos seguirán estando más autorizados para la reconquista que los dominadores contemporáneos, es decir los Franco con sus santas cruzadas, los ateos con un dios omnipresente en sus rabietas, los hijos de Stalin y sus catecismos seudomarxistas, el eurocomunismo y sus consustanciales traiciones; en dos patadas, el Estado español, magma de dogmas que aspiran a ser heterodoxias, a la cola de un viejo continente de vampiros que pretende seguir colonizando el pensamiento con sólidos argumentos líquidos, con leyes embalsamadas a su gusto y con sus éticas, con su justicia venal para el mejor postor: la Europa de la razón pesadillesca, de la moralidad comunitaria que ni moras da, de la democracia que sólo prevalece cuando los indígenas y los migrantes –avatares de Espartaco, Boabdil, Manco Capac– se hacen oír y hacen que su palabra sea ley (y tampoco es que los pueblos la tengan peladita y en la boca, vean a Juárez, por ejemplo, que pasó las de Caín). Así las cosas, entonces, ¿cómo no comprender que sigamos produciendo y reproduciendo el deseo de independencia y libertad quienes no sólo no percibimos los beneficios de la globalización sino que padecemos precisamente lo contrario? Llámense catalanes, vascos, asturianos, cada que estos pueblos han luchado o vuelven a luchar por su independencia no hacen otra cosa que preguntar, con hechos, qué fregados es España y con qué diablos se comen los menjurjes de esta madrastra. ¿Es una nación, un conjunto de naciones, un conglomerado de gobiernos autonómicos que forman un Estado anémico y senil en plena época de vampiros incapaces de verse en el espejo?

Las respuestas se han de ver en nuestras acciones y no en las de la bolsa.

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