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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

De tarde con Los Macorinos (I DE II)

 

La primera vez nos quedamos de ver en el Toks que se halla por el Sindicato de Músicos de Taxqueña, al sur de Ciudad de México. Practicantes de la impuntualidad inversa, todos llegamos quince minutos antes de lo pactado pese a la copiosa lluvia de la tarde. Su amabilidad instantánea confirmó el optimismo de nuestras pláticas telefónicas. Juan Carlos Allende y Miguel Peña, los conocidos Macorinos que acompañaran con sus guitarras a Chavela Vargas en los últimos diez años de su vida (hoy sonando al lado de Natalia Lafourcade), son dos artistas que vale la pena escuchar y, más aún, tratar en persona.

Transparentes y mordaces, los amigos se complementan musicalmente pero también al hablar. Son lobos de mar que cuidan o rompen las formas con maestría según el auditorio de la mesa. Juan Carlos, el Che, no desaprovecha un espacio para la broma y la risa franca. Miguel, por otro lado, regala sinceridades filosas sin levantar la voz ni caer en dramatismos. Uno abre la llave a borbotones. El otro dosifica sus flechas verbales. Con vidas musicales independientes –largas y prolíficas en ambos casos– estando juntos se vuelven lados de la misma y sonorosa moneda que gira para caer de canto. Mientras escribimos esta nota alternamos sus obras. A ratos la de Miguel Peña con los Hermanos Santiago (Sones y Huapangos 1 & 2), a ratos la de Juan Carlos Allende con Los Ibéricos (Códigos). Son espléndidas.

Dicho esto, lo que hoy compartimos, lectora, lector, son los primeros comentarios de Los Macorinos durante un encuentro en casa de Miguel Peña, mientras intentábamos aterrizar proyectos de difícil montura entre café y pastel vespertinos. “Yo vengo de una región donde los hombres están muy coordinados unos con otros –dice Juan Carlos antes de una pausa en la que ríe. De la ciudad de Bahía Blanca al sur de la Provincia de Buenos Aires. Yo primero tocaba como decimos comúnmente ‘de olla’ o ‘de oreja’, por intuición, pero como mi anhelo era incursionar en los organismos sinfónicos, entonces ingresé al Conservatorio y al año y medio ya era titular de la Orquesta Sinfónica como tercer violonchelo. Allí estuve haciendo mis pininos durante más de catorce años, hasta dos días antes de emigrar a México. Acá llegué por la invitación de un colega que quería ayuda con unos arreglos de guitarra clásica, instrumento cuya causa abracé con mucho fervor hasta que me di cuenta de que no tenía muchas posibilidades de subsistir, je je. Entonces descubrí que la música popular me daba alternativas suficientes para divertirme haciendo un trabajo honesto.”

“Yo me crié en México, a donde me trajeron desde chiquito, a los tres años, del pueblo de Navidad, Jalisco, donde nací –comparte Miguel Peña. Como a los doce años me empezó a gustar la guitarra. Mi papá tocaba unos valsecitos mexicanos de Juventino Rosas y cosas que tocaba en mi pueblo. No era profesional pero me enseñaba cómo pisar los acordes. Así empecé a lucirme en las fiestecitas, pero a los catorce ya andaba yo con una palomilla de Tacubaya, que eran bravos, pero la música es milagrosa y nos hicimos amigos. A los dieciséis mi padre me enseñó un poco de solfeo y según yo ya sabía tocar… y un primo me dijo ‘si se te facilita por qué no le entras en serio’, y decidí que quería ser músico. Me imaginaba detrás de un atril tocando chun-cachun-cachun… jeje… y le pedí una guitarra y un amplificador eléctrico a mi papá. Me los consiguió y pedí ayuda a un vecino para que me metiera a los cabarets. Estuve en los peores, como La Bola. De allí me jaló un señor del sindicato charro pagándome veinte pesos por siete turnos de pocos minutos. Así me la pasaba de uno a otro haciendo suplencias. Fíjate qué osadía. Pasé por Las Brujas, El Bombay, El Burro, El Otro Mundo, El Rondalla, El Savoy… Ese fue mi comienzo. Luego conocí a un amigo que me dijo ‘deberías estudiar música’ y que me lleva a la Nacional de Música, cuando todavía daban materias libres. Fui mejorando en la guitarra, en el solfeo, tuve un maestro que me hacía razonar para que yo descubriera la forma de estudiar. Luego anduve trabajando en prostíbulos, fui a dar a uno hasta San Luis Río Colorado. Vivía allí en una casa al lado de donde estaban las muchachas, con puertas de cartón, pero yo estaba feliz pues era lo que me gustaba. Llegamos a Tijuana, Ensenada y luego me regresé sin nada. Lo bueno es que me fui rápido con los estudios y empezó a correrse la voz sobre mí, así que al poco tiempo ya estaba yo con la orquesta de Lupe López, un gran trompetista. Era un referente de entonces, Pablo Beltrán, Ismael Díaz, Pablo Valladares… con Luis Alcaraz padre no toqué porque ya había muerto, pero sí con el hijo. Desde entonces seguí siendo autodidacta, aunque eso nunca es totalmente cierto. Las influencias que encontramos en la vida nos marcan el camino.”

Pasada esta presentación, la próxima semana publicaremos el resto de nuestra conversación, allí donde Los Macorinos comparten anécdotas de su vida al lado de la mítica Chavela Vargas. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

(Continuará.)

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