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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

El mal lector

 

Toda novela, todo poema, es autobiográfico. De ahí que Octavio Paz, en su espléndido ensayo sobre Fernando Pessoa “el desconocido de sí mismo”, dijera: “Los poetas no tienen biografía, su obra es su biografía.” Las autobiografías, sin embargo, no son confesiones. El mal lector las confunde. Busca, como un espectador televisivo de un reality show, la historia real que está detrás de un relato o de un poema. Así, dice Amos Oz, en su obra más autobiográfica, Una historia de amor y oscuridad, el mal lector está interesado en saber si Lolita existió y cómo se llamaba; si Nabokov era realmente un pederasta y cuántas veces se cogió a aquella criatura. Al mal lector no le interesan los sentidos profundos de la vida que hay en una obra, sus revelaciones sobre la existencia y sus múltiples y exquisitas, a veces, siniestras correspondencias. No quiere explorar a través de ellas su propia vida, sus grandezas y sus miserias. Le importa el chisme, la “verdadera” historia que hay detrás de una novela o de las evocaciones de un poema: si Dostoievsky, por ejemplo, retrató en Crimen y castigo sus propios sentimientos de culpa cuando, como disidente político, pensó alguna vez asesinar a viejitas usureas o si en Los hermanos Karamazov retrató sus sentimientos de culpa por haber querido asesinar a su padre y luego al zar. “El mal lector –escribe Oz– es una especie de amante psicópata que se abalanza sobre una mujer y le desgarra la ropa” hasta “roerle los huesos con sus ávidos dientes amarillos” después de arrancare la piel y abrir “su carne con impaciencia”. Al final, lo único que tiene es un conjunto de estereotipos con los cuales se siente cómodo: “Los personajes del libro [o las evocaciones de un poema] no son más que el escritor en persona, o sus vecinos, y el escritor y sus vecinos, evidentemente, no son ningunos santos, al fin y al cabo son unos degenerados.” Hace algo más: se relaciona con la obra con cierta morbosidad puritana.

Recuerdo, en este sentido, las palabras de un amigo al terminar de leer mi novela más absolutamente autobiográfica, El deshabitado: “Es dolorosamente impúdica”, es decir, desvergonzada, sin ningún sentido del pudor. En ese momento no vio en ella –lo haría después con la profunda capacidad de un buen lector– el drama de una víctima en sus niveles menos conocidos: el colapso de su vida espiritual, el vacío en el que el absurdo asesinato de un hijo deja a un ser humano, las fracturas familiares que produce, la búsqueda de encontrar, en medio del vacío y la absurdidad, un sentido a la vida para enfrentar la violencia y la criminalidad de un Estado que diariamente las engendra. En vez de exclamar escandalizado: “Qué impúdico es mi amigo”, debió ponerse en el lugar del personaje Javier Sicilia para sentir en su carne la profundidad de ese drama: su angustia, su vacío, su colapso interior, su manera de enfrentar, sus equívocos y sus aciertos, su cansancio, sus fatiga, su soledad. Un vínculo, como dice Oz, no entre el personaje del relato y la vida del escritor, sino entre el personaje del relato y el yo secreto del lector en una situación límite. Interiorizar a ese Javier Sicilia, introducirlo en los sótanos de su alma y sus intrincados laberintos para encontrarse allí con su propio drama y vivir por connaturalidad, cuando no se es una víctima directa de la violencia, lo que muchos vivimos en México. Preguntarse, como lector, a partir del personaje y de su drama, y de cara a sí mismo, sobre la vida, la muerte, el sufrimiento, el absurdo y el sentido.

Ciertamente, sobre todo en obras claramente autobiográficas, hay material para un buen trabajo biográfico, incluso para un estudio psicológico del autor –como Freud lo hizo con la obra de Dostoievsky– y, en consecuencia, para el chisme y las habladurías en el café o en la sobremesa. Nadie escapa al placer que provoca el morbo. Pero eso es, vuelvo a Oz, puro algodón de azúcar. “El encanto del chismorreo está tan lejos del encanto de un buen libro como un refresco con colorante del agua fresca y del loado vino […] el espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el autor, sino el que está entre lo escrito y tú mismo.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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