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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Los Cabos 6 (I DE II)

 

Del 8 al 12 de este mes tuvo lugar la sexta edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos (LCFF6), cuya identidad –expresada en el lema “ven a ver qué están haciendo los vecinos”–consiste en la exhibición preponderante del cine reciente filmado en Canadá, Estados Unidos y México, filmografía que asimismo integra la sección principal en competencia –la otra es México Primero, de obvia naturaleza. Esa identidad bien definida es el principal haber del LCFF, que no obstante su relativa juventud y el reciente cambio directivo, tiene bien claro cuál es su papel en el espectro mexicano de festivales fílmicos, amplio pero fluctuante hasta lo inestable y, por cierto, abundante en eventos cuya fugacidad, en buena medida, obedece precisamente a que carecen de una identidad definida. Lo que sigue aquí es una ojeada breve a una parte de lo que pudo verse en el LCFF6:

Luk’Luk I (Canadá, 2017), dirigida por Wayne Wapeemuka, es un claro revés a la visión idílica y pueril a partir de la cual muchos consideran a Canadá como si fuera una especie de Arcadia, en donde todos tienen todo, incluida la felicidad. Ubicada en 2010 en la ciudad de Vancouver, en el frío noroeste canadiense, la acción tiene lugar el día en que se define quién se quedará con el oro de los Juegos Olímpicos de invierno, si el equipo nacional de hockey sobre hielo o el de Estados Unidos, acérrimo rival no sólo en ese deporte sino en algo de importancia inconmensurablemente mayor, es decir, la identidad misma de un pueblo que, con demasiada frecuencia y en demasiados asuntos, da la impresión de ser una copia algo deslavada de sus vecinos del sur, por más que dicho parecido duela tanto que la mayoría prefiera negarlo.

Inteligente y sensible, Wapeemuka apenas le concede al hockey unos cuantos minutos desperdigados en pantalla y se concentra en un puñado de personajes que no acudirán al estadio ni habrán de presenciar ese juego en el que, patrioterismo mercantil mediante, quieren hacerles creer que está ventilándose el honor nacional. Un parapléjico solitario al que le roban todo su dinero, una prostituta obesa a la que en razón de su oficio no le permiten ver a su hija pequeña, así como un jardinero alcohólico-heroinómano capaz de pedirle diez dólares para una dosis a su propio hijo, son algunos de los habitantes de los márgenes de una sociedad bastante menos paradisíaca de lo que el neoliberalismo occidental propone como modelo a seguir, y Wapeemuka los retrata con una mirada totalmente alejada del melodrama, no obstante solidaria y cálida.

A Ghost Story (Estados Unidos, 2017), de David Lowery, es una bofetada deliciosa en el rostro de aquellos que cifran la calidad y la suerte de un filme más en los efectos digitales y la postproducción –que suponen obligados a la sobreabundancia y la capacidad de “apantallar”–, que en la concepción del argumento y el desarrollo de la trama.

Para muchos tipos de historias poco importa en realidad la presencia o ausencia de dichos efectos, pero para una cinta como A Ghost Story –“una historia de fantasmas”–cualquiera los daría por infaltables, y es ahí donde Lowery acierta el golpe, pues prescinde casi en términos absolutos de ese recurso y propone como protagonista a un fantasma literalmente ensabanado, con dos recortes ovalados en calidad de ojos. Son el tono y la atmósfera de la cinta, así como la fuerza intrínseca del cuento que se cuenta, los que le confieren la elevada verosimilitud de la que goza, que ya quisieran para sí los fabricantes cinematográficos de toda suerte de monstruos, criaturas y apariciones de un más allá que, por más sofisticada que sea la técnica con la cual se elaboren sus engendros, está destinada a detonar la permanente insatisfacción del espectador, ya muy malacostumbrado a mirar mucho e imaginar poco a la hora de ver una película.

Mis demonios nunca juraron soledad (México, 2017), de Jorge Leyva Flores, tampoco apela –lo cual por otra parte en México es prácticamente inviable– a la inclusión impresionante de digitalizaciones y efectos especiales para darle cuerpo a una historia de apariciones sobrenaturales, en este caso, ambientadas quizá en algún punto del siglo XIX en el campo mexicano, donde un gambusino busca oro más bien inútilmente, y en cambio lo que encuentra es una circularidad desasosegante entre la vida y la muerte o, quizá mejor dicho, entre la presencia real y la ausencia irreal de los demonios a los que alude el título, e incluso de sí mismo.

(Continuará.)

 

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