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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

El Nahual, desapariciones y cegueras

 

La interpretación de El Nahual, de Carlos Talancón, bajo la dirección de Luis Alcocer, que referí aquí, muestra la pluralidad de un texto que se deslinda de su autor y de su intérprete para colocarse en una zona poética que describe un territorio de bajeza y atraso, conformado por la corrupción y la impunidad.

La particularidad que el actor Talancón le da al personaje no es en definitiva la del texto, sino la del intérprete que termina por disolver el texto en una acumulación de rasgos, gestos, giros, posturas y movimientos del cuerpo estrictamente diferenciado en sus territorios: arriba, abajo, piernas y brazos, manos en múltiples combinaciones demostrativas, especulativas, emocionalmente expresivas. El flujo que el actor le da a su discurso lo dota de una naturalidad que le permite obviar el mundo de acotaciones que debería poseer ese monólogo si fuera estrictamente teatral, que no lo es totalmente porque en su despliegue, en muchos momentos de su desarrollo, lo que tenemos es un fluir de la conciencia novelesco, propio del monólogo interior al que Talancón no es inmune porque está habitado también por la poética de lo narrativo (no de la narraturgia, ese ornitorrinco de moda), del cuento a la novela.

Las cualidades del texto y la relación que guarda con su autor no lo son todo. El texto nace en un contexto de profunda violencia, de enorme impunidad, pobreza, desigualdad y en una situación política de aparente lucha contra las adicciones, la delincuencia y el intento fallido de no vincular a las víctimas con situaciones que las culpabilicen y enmarquen sus conductas (criminalizándolas) como causa de la violencia que se ejerció contra ellas.

No tenemos en la literatura reciente una propuesta como la de Talancón, en tanto explora a partir de un personaje/concepto un conjunto de espacios culturales sobre los cuales podría establecerse una relación teórica para emprender su comprensión, pero que desde el abordaje fenomenológico resulta impactante por el desmantelamiento mental que produce esa experiencia que, a lo largo del texto, consiste en convertirse en fantasma, una metamorfosis que no es ajena al teatro de Marlowe y Shakespeare y que se consolida con Wilde y Pinter.

Lo que ha pasado en estas dos últimas décadas es un deterioro creciente de la confianza en las instituciones que deberían ofrecer seguridad y justicia, abatidas por el autoritarismo y la corrupción; en las religiosas, atestadas de conveniencias, pederastia y cada vez más lejanas de las comunidades de creyentes en migración; en las que conforman la galaxia mediática que abarca la televisión, el radio, la prensa y las redes sociales. Todo esto puede decirse con humor y poesía a través del fantasma de un olvidado miserable: fake news, comunidades digitales que ven en sus pequeños círculos, en sus selfies, un mundo a sus pies que sólo les ocurre a ellos; medios televisivos que enfrentan su peor crisis de rating, credibilidad y capacidad de negocio; la radio que continúa, por su inmediatez y costo, como una de las alternativas informativas y de análisis a pesar de las chabacanerías de la radiodifusión comercial. No se diga la prensa, inflamada de cadáveres de las víctimas indefensas, pobres, anónimas, inermes frente a la publicación morbosa de sus tragedias personales, de boletines con información oficial que se oficializa aún más con opiniones de comentaristas que lo mismo hablan como especialistas del cambio climático, que de diabetes, que de la reforma fiscal.

Sin tantos rodeos, la información gráfica y textual sobre las víctimas masacradas es aterradora, pero quien no aparece en ella lo lamenta: el personaje sin nombre de Talancón muestra la importancia de aparecer en ese círculo infernal de los medios que exhiben y condenan, de humor involuntario y sin respeto alguno por los sobrevivientes de quienes no sobrevivieron.

La desconfianza es otro de los ejes temáticos de Talancón, quien aborda lo gregario como bien lo hizo Alex de la Iglesia en la película La comunidad, donde todos son muy lejanos a ese espíritu colectivo y solidario que todos aplaudimos el primer mes de tragedia sísmica, pero que menguaron a merced de la sospecha y la incertidumbre política, y que las autoridades contribuyeron a desmantelar con amenazas y falsas promesas a las verdaderas víctimas del sismo.

La miseria como terreno de la voracidad, de la traición y de un mundo que construye sus reglas a conveniencia. Un texto, El Nahual, que vale la pena leer por separado, fuera de la escena, como un monólogo que anuncia todos los fantasmas que podemos llegar a ser.

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