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Mucha neblina y humo…y demasiada CIA
‘Había mucha neblina o humo o no sé qué’, Cristina Rivera Garza, Literaratura Random House, México, 2016.
Por Eve Gil

Como lectora, casi groupie de Cristina Rivera Garza, comprendo que la recurrencia del “extrañamiento” en su obra es casi definitoria de la misma. Ha escrito una roman a clef que rinde tributo a la extraordinaria cuentista Ámparo Dávila La cresta de Ilión–; un thriller donde un asesino serial de varones deja versos de Alejandra Pizarnik en la escena del crimen –La muerte me da–, y una de las grandes novelas de lo que va del siglo XXI, Nadie me verá llorar… y con base en esto me propuse emprender una lectura tan objetiva como fuera posible de su nuevo libro, duramente criticado en las redes sociales, Había mucha neblina o humo o no sé qué, que, reconozco por principio, me dejó ahíta, confundida, extrañada … pero, sobre todo, muy, muy molesta.

Molesta porque esperaba mucho, tal vez demasiado, de quien lo ha dado todo... por la omnipresencia de la autora en una obra que, se supone, va sobre Juan Rulfo –por mucho que en el prólogo advierta: “ no investigaba una vida sino dos: la de Juan Rulfo […] pero también la mía”; molesta, sobre todo, porque nos devuelve un Rulfo regurgitado, hecho de remiendos e implantes que le son ajenos. Pone demasiado énfasis en lo que menos importa…y no me refiero a su vida privada (que Juan Asencio expuso sin escrúpulos en una biografía muy bien escrita y documentada, pero que hirió profundamente a la familia del biografiado), sino al Rulfo burócrata, al empleado del gobierno, título casi jerárquico que Rivera Garza le endilga con insistencia sospechosa… el que se ganaba la vida como mejor podía para sostener a su familia y, según lo inferido por la autora, sin importar a quién se llevara entre los pies.

Historiadora de profesión, Rivera Garza hizo lo que todo buen historiador: rebuscar hasta el fondo, hasta el infinito y más allá. Y si bien esto debiera resultar loable, Había mucha neblina… no se presenta como un libro de historia, ni como una biografía oficial, y en ese sentido la información excede demasiados límites. El límite del lector interesado en conocer a Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y al que muy poco –¡nada!– habrán de importarle los orígenes y la historia de la Goodrich-Euzkadi, una de tantas empresas donde aquel “chambeó”… y todavía menos la biografía del fundador de la misma, Ángel Urraza, que no tuvo injerencia alguna en la vida del escritor, uno entre cientos de empleados. Todavía no me queda claro qué caso tenía dedicarle una cuarta parte del libro a esta empresa llantera… es como si un biógrafo de Kafka invirtiera tiempo en narrar la historia de los tribunales donde trabajó y los edificios que los albergaron y el arquitecto que los construyó. Pero la obsesión central de la autora, que le lleva más de cien páginas, aligeradas por ejercicios de intertextualidad –o eso creo– parece ser “Rulfo y el dinero”. Hay algo insidioso en la forma en que Rivera Garza detalla las formas en que Rulfo se ganaba la vida, quizá porque en la actualidad pocos escritores mexicanos alternan su escritura con un empleo para ganarse el sustento: las becas les resuelven esa infame necesidad… y de pronto… y de la nada… sale a relucir que El Centro Mexicano de Escritores, donde Rulfo fue becario (una sola vez, por cierto) estaba financiada por…. ¡la CIA! (¿les suena familiar?) La mecenas, Margaret Shedd, era la artífice. Su encomienda, según un tal Patrick Iber, hacer que “Juan Rulfo volviera a escribir y pudiera así competir con la fama de escritores comunistas populares en sus tiempos, como Pablo Neruda ”

Si esto suena perverso, por decir lo menos, me guardaré calificativos para lo que sigue. Aparentemente Rulfo, también extraordinario fotógrafo, fue contratado por la Comisión del Papaloapan para hacer unas fotografías de los pueblos indígenas de Oaxaca. Aunque dichas fotografías, incluidas en este libro, exponen una notoria intención artística, sus contratantes las esgrimieron para exhibir la miseria y el atraso, y justificar la irrupción –a la mala– de la modernidad en aquella comunidad. Cuando Rivera Garza ingresa en el Archivo Histórico del Agua, la empleada a quien solicita dicha documentación le pregunta: “¿Usted quiere ver las fotos del que ayudó al desalojo de los indios del Papaloapan?” La autora no argumenta a favor de Rulfo, ni ante la empleada ni ante sus lectores. Deja las cosas así.

El Rulfo borracho y mujeriego que pintó Ascencio –a quien, por cierto, Rivera Garza no cita jamás, apoyando gran parte de sus apreciaciones literarias en el mejor libro sobre Rulfo, hasta la fecha, Un tiempo suspendido, de Roberto García Bonilla– ya no impresiona a nadie. El casi abstemio y dandi (sic) Rulfo de Rivera Garza, sin embargo, nada tiene que pedirle a algunos escritores actuales, oportunistas, perseguidores de prebendas, cargos públicos y otros beneficios económicos, aunque sea el Estado y no la CIA quien los subvencione. Al margen de las estrafalarias aunque legítimas reinterpretaciones que Rivera Garza hace de la obra de Rulfo, mucho me temo que, al menos yo, no vi a mi Rulfo por ninguna parte. Serían la demasiada neblina, el demasiado humo y una Cristina Rivera Garza repitiéndose –y alargándose, autoplagiándose y perdiéndose– en un laberinto de espejos… hasta el infinito.

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