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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Las otras vidas

 

Todos hemos tenido, aunque sea, una probadita de otras versiones de nuestra propia vida. Son aquellas que pudimos haber escogido o que se nos escaparon. Cosas que perseguimos apasionadamente y de las que nos desentendimos o fuimos obligados a dejar. Por ejemplo: yo fui, de verdad, un ama de casa muy dedicada, al menos en la cocina. Y quise, pero eso fue una de las que se me negaron, bailar danza contemporánea. Esto segundo fue una necedad: tengo el pie plano, espectacularmente plano, como los del Pato Lucas, como tlacoyos morelenses. Además, la columna chueca. Pero durante unos años en el primer caso y unos meses en el segundo, habité la vida alrededor de esos dos hechos: ser ama de casa, sobre todo cocinera y, más tarde, hacer clase de danza con un fervor digno de mejor causa. O al menos de una causa más realista.

En la cocina fui feliz. Fue antes de los foodies, de la comida minimalista, desconstruida y molecular. No existían los canales de tele dedicados a la comida, ni los chefs célebres. El minimalismo era una torta sin aguacate y el chef más famoso era Chepina Peralta.

La cosa es que, en la secundaria, me cambiaron de escuela a principios de tercero y no me admitieron en otro taller. Había taller de belleza. Veíamos a las chicas uniformadas con batas color salmón y las tijeras de pelo en los bolsillos, pasar con unas cabezas de unicel cubiertas con pelucas que peinaban y podaban. Ese taller no me interesaba. Ni trenzas sé hacer. Ahora mismo mi pelo parece una escobilla y el único día que me traté de ajustar el corte, la regué y quedé peor.

Había taquimecanografía, pero reprobé el examen de admisión. Aún hoy escribo con dos dedos y supongo que cuando sea más viejita me quedarán como los de Carlos Fuentes, quien también escribía con dos dedos y los tenía torcidos debido a la rigidez de las máquinas de antes.

La taquigrafía todavía me parece un lenguaje secreto. Como me mandaron a la porra, aprendí un método menos misterioso y que depende mucho del contexto; consiste en quitar las vocales de las palabras para escribir rápido. Pr n m sl bn. Aquí puse, según el método “Pero no me sale bien”. También puede decir “Para ni sal bueno”. O “Por no sala buena”. Es muy equívoco.

El único taller donde me admitieron fue cocina. Y demostré buena mano. A veces nos dejaban tarea, como traer licuados los jitomates. Como siempre he sido distraída, llegaba con los jitomates enteros. Entonces, subía los tres pisos que tiene el edificio. Era la secundaria “Presidente Masaryk”, una especie de Hogwarts de San Pedro de los Pinos que, antes de ser escuela, fue convento de las monjas del Buen Pastor. El edificio, de ladrillo rojo, es una anticuada belleza, gallarda y un poco tenebrosa. Alguien debería escribir una novela de magia ubicada en esa escuela.

Bueno, subía y arrojaba al patio los jitomates, metidos dentro de cuatro bolsas de plástico. Quedaban con una consistencia ideal.

Con lo salado se puede improvisar. Con el pan, las galletas y los pasteles, no. Un mes sacaba diez (moles, pasteles de tamal, cacerolas de pasta) y al siguiente, seis (galletas, pan y pasteles). El examen final fue una conserva de guayabas; se tenían que hervir en un almíbar aromatizado con canela. Era un kilo de azúcar por un litro de agua y seis varitas de canela que se retiraban antes de envasar. Les puse la tapa de parafina que nos habían enseñado a hacer y el frasco, etiquetado con mi nombre, quedó con el de mis compañeras en una repisa, esperando el momento en el que las puertas de la alacena se abrirían de par en par para ver el resultado.

Troné como ejote: la tapa me quedó mal. Las guayabas estaban llenas de pelusa verde, pero la maestra puso seis en la boleta en recuerdo de mi pastel azteca, que era una delicia.

En la danza fracasé más rotundamente. Mientras todos se movían a la derecha, yo sola me paseaba con cara de confusión por otros rumbos. Me hacía bolas, no podía relajar la cara. Un pato, el Pato Lucas.

Así, muchas cosas: jardinera, fabricante de muñecas de trapo, ilustradora.

Cuento esto porque creo que recordar esas experiencias ayuda a valorar aquello que ignoramos y considerar con respeto todo aquello que está bien hecho.

Cada vez que como algo bien guisado o miro a un bailarín, me lleno de agradecimiento y admiración.

Y en sentido inverso: cuando escucho a un diputado decir sandeces y pienso en su sueldo, se me hace pinole el hígado. Ni modo.

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