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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

De tarde con Los Macorinos (II Y ÚLTIMA)

 

Guitarristas preeminentes en el México acústico, Juan Carlos Che Allende y Miguel Peña, Los Macorinos, acompañaron a Chavela Vargas durante los últimos diez años de su vida. A su lado vivieron experiencias notables que revelan el andamiaje de un oficio y un cariño que trascendió fronteras. Aquí la segunda y última parte de nuestra conversación con ellos, entre café y pastel vespertinos.

“Mi primer trabajo en México surgió en el vuelo de venida, con mi compañero de asiento –narra Juan Carlos–. Era un socio del hotel Marco Polo de la Zona Rosa. Estuve tocando canciones latinoamericanas en esos lares por mucho tiempo. En el Sheraton, luego en el Bellini, la Hacienda de los Morales y allá en la calle de La Paz donde trabajaba Mario Luis Armengol. Así pasé unos diez años hasta que conocí a Miguel. Tú me llamaste mientras tocabas con Tania Libertad y Armando Manzanero en el Camino Real, ¿recuerdas?” “Claro –responde Miguel Peña–. Fue Aída del Río, conductora del IMER, quien me dijo que había visto a un guitarrista en la Zona Rosa que tocaba muy bien. Gracias a ella llamé al Che para que me supliera, luego él me invitó al grupo que tiene con sus hijos y así fuimos colaborando. Tiempo después fui a San Luis Potosí para grabar unos arreglos de Chucho Zarzosa. Allá conocí a Fernando del Castillo, cantante cuenta-chistes fino y ocurrente. Nos hicimos muy amigos. Él me llamó para el trabajo con la señora Chavela Vargas.”

Suena el timbre, Miguel recibe a sus hijos y nietos que están de visita. Su mujer nos ofrece más café. El ambiente es acogedor. Hacemos pausa. Me muestran el cuarto del fondo en donde duermen los guiones de los shows que han hecho con Tania Libertad, Susana Harp, Lila Downs, Eugenia León y Natalia Lafourcade, con quien tocan actualmente. Continuamos: “Fernando me dio un casetito y me puse a estudiar –dice Miguel–. Me dijeron que haría audición frente a conocidos de la señora Chavela. La hice agasajándome, llenando la armonía, queriendo impresionar. Pero eso no era lo que ella querría, dijeron. Entonces pedí que cantaran a capricho, descuadrándose, y que yo los seguiría. Y sí, eso era lo que necesitaban. Me la comunicaron y quedé de verla en el hotel María Cristina.”

Mirando al techo, Peña hace memoria: “Esa misma noche le llamé al guitarrista que ya tocaba con Chavela para decirle que me habían ofrecido su chamba, que la defendiera, que yo no le quería quitar su trabajo. Me dio las gracias por la deferencia. En fin. El caso es que al día siguiente había manifestaciones y no pude llegar al hotel. Tuve que ir hasta Veracruz, jeje. Cuando la vi en su casa estaba echando madres a los jardineros: ‘¡pinches cochinos, ya me echaron a perder mis rosas, salvajes!’, jeje. Luego nos sentamos en su sala y nos arrancamos con una canción y me dice ‘me queda muy alta’, y chin, pues bajando de hasta tono y medio… y luego de un rato cuidándola, sin dejar que se me descuadrara, siempre al pendiente, me dice ‘es suficiente, me gusta su forma de tocar, nomás una pregunta: ¿dónde chingados estaba que no lo conocía?’, jeje.”

Mirando al Che, que escucha entretenido, Miguel remata: “Chavela me dijo ‘consíganse otro guitarrista como usted’, y le dije ‘no, le voy a traer a uno mejor’, jeje. Pero entre mis amigos no había seriedad, yo ya no bebía y me portaba bien. Después de trabajar con José José tantos años se hace uno desordenadito, jeje. Él nos ponía la muestra: ‘tienen que echarse un par de tragos para que salgan calientitos’. Así que busqué a Juan Carlos y se incorporó al trabajo con Chavela.” “Sí –ataja el Che–. Debutamos en el teatro Isaac Albéniz de Madrid con un solo ensayo muy accidentado, pues había gente que nos distraía. Chavela decía un tema, por ejemplo ‘El último trago’, y luego de ocho compases lo detenía. ‘Es suficiente’, decía, pues no tenía sentido ensayar si nunca cantaba igual las canciones. Sus cambios interpretativos respondían a su esencia caprichosa, a su espontaneidad. Era un acertijo. Nos daba la pauta, la ruta, pero nada más.”

Sí, mira, ella sabía que la protegíamos –recuerda Miguel–. Nos decía ‘yo sé cómo canto y cómo me descuadro, a mí no me interesa eso, eso me vale madre, yo sólo quiero decir las cosas como las digo’. La ventaja es que yo había tocado mucho con mariachis, que son como peatones: se atraviesan, jeje. Doña Lola Beltrán, Jorge Negrete, que desde su primer tema entra a tiempo: ‘Ay Jalisco…’, sin la anacrusa de inicio; igual Imelda Miller, Lucha Villa y gentes que se les iba el compás… pero nunca reclamábamos ni íbamos a dejar de cuidarlos.” “Exacto –concluye Juan Carlos, sumándose al contrapunto verbal–: El chiste es la funcionalidad. Con Chavela su forma tan real y tan auténtica para medio cantar lo que decía… Creo que su sabiduría creció con el tiempo.” Dicho esto y tras despedirnos, pensamos lo mismo de Miguel y Juan Carlos: qué Macorinos tan sabios. Ojalá hoy hubiera más jóvenes construyéndose la vida artística por el camino del cuidado, traspasando retos por el centro y sin esquivar dificultades, tal y como ellos lo hicieron. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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